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Un recuerdo de Charlie

Ilustracion de Charlie Hebdo.
(Nostragamus)

EL ÁNGEL EXTERMINADOR
Carlos Pérez Bucio


Una bola de patanes en todos los países y en todas las lenguas andan diciendo que lamentan lo ocurrido con el Charlie Hebdo pero que era un periódico racista, intolerante, misógino, colonialista, islamófobo y no sé cuántas tonterías dichas con muy mala fe y con mucha arrogancia, que en este caso rima con ignorancia.

El de Charlie Hebdo ha sido un periodismo con los cojones bien puestos para defender los valores republicanos establecidos (liberté, egalité, fraternité) y los ampliados (laicité) en un país en donde se considera rancio, de mal gusto, todo aquello que pueda herir la sensibilidad de las minorías o abollar el ideal de una sociedad multicultural en la que todos son felices, diferentes pero iguales (de jodidos, porque la multiculturalidad aplica solamente en las zonas más pobres).

Tuvo que suceder lo que sucedió para que entonces sí, todo el mundo saliera a decir “somos Charlie” y la clase política francesa se parara el cuello recuperando de la manera más oportunista un combate que nunca fue el suyo. Charlie Hebdo luchó solo contra los fanatismos, la intolerancia religiosa y la violencia machista que se instaló para quedarse en los suburbios de inmigrantes.

Conocí a Charb en el 2007. Yo vivía en Saint-Denis, suburbio comunista de inmigrantes en París, y asistía a las reuniones mensuales de mi Asociación de Defensa de Laicos, Ateos y No Creyentes.

En ese entonces todavía se discutían las secuelas de los motines étnicos de 2005, Sarkozy había asumido el poder  y Charlie Hebdo se defendía en tribunales de una demanda por incitación al odio racial promovida por asociaciones de musulmanes, con el respaldo de organizaciones católicas ligadas a la extrema derecha. En tal contexto, mi Asociación de Defensa de Laicos, Ateos y No Creyentes creyó oportuno invitar a los de Charlie Hebdo a dar una plática sobre aquella demanda en curso (el affaire de las caricaturas de Mahoma que reprodujo en gesto solidario con el danés Jyllands-Posten) y demás asuntos relacionados con la laicidad. Acudieron al llamado Charb, redactor adjunto, y Liliane Roudière, publirrelacionista.   

La plática que nos dieron puso el acento en la libertad de prensa frente a las religiones. La línea editorial era muy clara: en una república laica no tiene cabida lo sagrado; representar una cosa o una persona es un elemento fundador del lenguaje. Cito libremente a Philippe Val, director de Charlie Hebdo entonces, a propósito del profeta del islam: “En los países que han alcanzado la libertad de expresión podemos representarlo como se nos venga en gana, tal y como hacemos con Jesús, Buda, Moisés, Confucio o Sarkozy. Si cada religión quisiera imponer sus prescripciones a todo el mundo, jamás podríamos comer, beber, dormir, dibujar ni rasurarnos ni vivir. Las prohibiciones que dictan las religiones conciernen únicamente a sus fieles”.

A Charb le preocupaba que el combate del semanario contra el islamismo fuera malinterpretado: estaban conscientes de que al asumir la defensa de la laicidad corrían el riesgo de que la izquierda, supuesta aliada, los acusara de racismo; además, les inquietaba que la extrema derecha utilizase la posición de Charlie Hebdo para justificar la xenofobia. “No queremos a esos idiotas cerca de nosotros”, dijo Charb refiriéndose al Frente Nacional. “La gente cree que tenemos una obsesión con el islam, porque es lo que se ventila en medios, pero en realidad le hemos dedicado más páginas al Papa que a Mahoma. Casi todas las demandas que hemos recibido han sido promovidas por fundamentalistas cristianos. Nos acusan de blasfemia y racismo antiblanco. Lo de blasfemia es cierto, pero no constituye un delito. En todos los procesos hemos salido victoriosos”. Acto seguido, me extendió un ejemplar especial de colección, Charlie Blasphème, que ataca por igual a extremistas de las catedrales, las sinagogas y los minaretes.

La conversación con Charb iba iba para largo, así que me ofreció seguir la tertulia en los mismísimos cuarteles generales del Hebdo.  Llevé algo de mi trabajo publicado en MILENIO Diario para mostrarles. Me recibió Liliane y me condujo hacia donde estaban Cabu, Jul y, por supuesto, Charb, quien me saludó como si me conociera de toda la vida.   

Jamás había visto a tanto talento reunido: estaban Wolinski y Cabu, además de mi favorito, Honoré. Los experimentados pero aún jóvenes Tignous, Luz y Riss, quien ha hecho muchas de las portadas más manchadas del Charlie, y Catherine, una joven de trazo ágil. También la periodista Luce Lapin y otras caras que recuerdo apenas. Philippe Val era una especie de mandamás buena onda, exigente con su equipo pero justo.

¿Cuál es el límite? En humor, me dijeron, todo se vale siempre y cuando sea gracioso. Suscribo.  

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