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Los recitales que 'La Tigresa' nunca imaginó

EL ÁNGEL EXTERMINADOR
Karina Vargas

En el segundo encuentro del Festival Verbo, que abarcó del 26 al 28 de marzo en el Teatro Fru Fru, se reunió a un público variopinto atraído por el misticismo del lugar y la oferta de una poesía cero elitista.

Ganadora, entre otros reconocimientos, del trofeo Musa de Radiolandia en 1963, el corazón del ex presidente Gustavo Díaz Ordaz y pequeñeces como la cama que compartió Carlota con Maximiliano de Habsburgo, Irma Serrano, mejor conocida como La Tigresa, se reencontró por casualidad con sus lazos consanguíneos en el Festival Verbo de poesía que albergó el teatro de su propiedad. Prima de la poetisa Rosario Castellanos y representante destacada de la música ranchera a nivel nacional en la década de los 60, legó a la cultura popular una extravagancia que solo divas como Lyn May, Sasha Montenegro o Wanda Seux han podido igualar.

Excentricidad que se puede observar al recorrer los pasillos del recinto Fru-Fru, de donde destacan siluetas forjadas en bronce, pigmentos dorados, estatuas brillosas, retratos afables, terciopelo rojo, espejos que sustituyen muros y una Tigresa en un arco central representando el ojo que todo lo ve y todo lo encuera. Como en su erótica adaptación de Naná de Emilio Zolá, en 1976, con la que causó conmoción ante el público conservador de aquella época, que no parece haber cambiado tanto con el tiempo y de los que seguro pensó “¿Qué me miran moch@s idiotas?” como lo advertía en la cinta Martina.

Así, rompiendo tabúes y paradigmas, combinó a la perfección este lugar víctima del olvido y la redención con la meta que Fausto Alzati, líder de la logística del Festival Verbo, se propuso al imponer a la poesía como un lenguaje universal del que cualquiera es parte en la cotidianidad y de la que nadie escapa aún, con el pretexto de la exquisitez. Al cuestionarlo sobre la intención primera de ocupar este lugar, responde “hacerlo aquí tiene muchas ventajas de logística, por su ubicación y el cupo que ofrece, nos pareció atinado esto último por lo que el festival requería para este año, en el que se duplicó la cantidad de gente con la que contó la emisión anterior de Verbo, además la estética del lugar es un fenómeno, las estatuas, el lobby, el telón, las sillitas y el escenario”.

Ambiente impregnado por rimas que en lugar de declamarse cumplieron con el apelativo de “tirar verbo” se rodeó de gente escéptica a la lírica y cercana al ritmo, que coreó, aplaudió y ovacionó a la poesía de una manera completamente ajena a la experiencia de un encerrón bibliotecario o la de ojear tomos “culturales” de la elite intelectualoide. Alzati describe el inicio de este festival anteponiendo su práctica de escribir y su inclinación a este género, “a mí me invitó una asociación civil llamada Más libros, mejor futuro para participar en varios eventos de poesía alrededor de toda la República y comenzaron a funcionar muy bien, entonces me dijeron 'hagamos un festival de poesía' y comenzamos a ver lo que se estaba haciendo en México y nos pareció que teníamos que darle mucho más dinamismo y vitalidad, presentarla de una manera que lograra ser más atractiva y no se viera como una obligación”.

Ante esta problemática sobre el valor de la poesía, añade: “la poesía en particular se ha recluido más, porque lo que te dicen es 'no entiendes mi poema, estás muy pendejo, para eso tienes que leer a estos siete weyes antes de poder entender mi pedo y si no me entiendes y no me veneras estás pendejo'”, asumiendo que este género literario es para Fausto: “un lenguaje que atraviesa toda mi experiencia, tengo un nombre, los objetos tienen un nombre, para referirnos y entendernos hablamos, entonces el lenguaje está ahí todo el tiempo y la poesía permite jugar con ello, darle vuelta y usarlo de maneras diferentes”.

Mientras el olor de lluvia y hierba quemada abruma el espacio que entregó a poetas como La  Mala Rodríguez, Ajo, Rojo Córdova, Lukas Avendaño o Ashauri López, preciso en el acierto del Festival Verbo de competir con el mercado literario y “presentar cosas de una manera atractiva”, porque “todo lo que es lectura en general te dice que te va a hacer bien o te va a hacer mejor persona y se vuelve un discurso mata pasiones, yo no quiero que me haga bien, yo quiero que mi impulso de placer me lleve a ello”, declara Fausto Alzati. Refuerzo mi entender sobre la cultura como algo que vivimos y sentimos, al igual que la Tigresa vivió y sintió a la política, cerrando un fin de semana dedicado a la relegada poesía, que indirectamente sirvió también para revivir un poco de la prosa kitch que Irma aún ostenta.

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