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El rastro que deja el teléfono

Sin el rastro del teléfono la policía española echó mano de procedimientos más clásicos para dar con los terroristas.
Sin el rastro del teléfono la policía española echó mano de procedimientos más clásicos para dar con los terroristas. (Guadalupe Rosas)

EL ÁNGEL EXTERMINADOR

EL PEZ SOLUBLE


Jordi Soler


A partir de un suceso aeroportuario que contaré a continuación, me dio por preguntar al director de operaciones especiales de una importante línea aérea francesa, a quien conozco por pura coincidencia, si era posible que el personal de la compañía te localizara, por medio de tu teléfono móvil, en un sitio recóndito del aeropuerto, con la finalidad de avisarte que tu avión se va, y que te están esperando todos los pasajeros. Pregunté esto porque hacía unas semanas me encontraba yo en un recóndito retrete del aeropuerto Charles de Gaulle, en París, solventando un asunto que prefería tener resuelto antes de subir al avión cuando, del otro lado de la puerta de mi compartimiento, una voz varonil preguntó: “Monsieur Soler”. “Oui”, respondí yo, severamente mosqueado. “Dese prisa o su avión lo deja”, sentenció la voz en francés con mucha autoridad.

El director de operaciones especiales de la línea aérea es también, durante un mes al año, director de un festival literario francés y es por esto que estaba en contacto con él, y que pude contarle en una cena mi experiencia en el retrete del Charles de Gaulle, una experiencia que precisamente tenía que ver con el departamento, el de operaciones especiales, que él dirige. Ahí me explicó, a mí y a otros escritores que también estaban en la mesa, y que desde luego se interesaron en ese caso entre lo tecnológico y lo escatológico, que efectivamente algunas líneas aéreas, la de él por supuesto, pueden rastrear a su clientela a un nivel de detalle que llega hasta el más recóndito retrete.

Cuando contaba esto el director del festival, y de las operaciones especiales de la aerolínea, recordé el caso, en España, de la aprehensión de unos terroristas de ETA (cuando esta banda terrorista todavía operaba), que habían tomado la precaución de apagar sus celulares para evitar que la policía, igual que hoy hacen las líneas aéreas, diera con ellos a partir del rastro electrónico que dejaban sus teléfonos. Esto pasaba hace algunos años porque hoy, como ha demostrado Edward Snowden, la CIA, y supongo que también la policía, y en un descuido las líneas aéreas, pueden rastrear un teléfono aunque esté apagado, y la única manera de librarse de ese rastreo es quitándole la pila.

Sin el rastro del teléfono la policía española echó mano de procedimientos más clásicos para dar con los terroristas. La cosa empezó cuando encontraron un Ford Focus abandonado con 115 kilos de explosivo, temporizadores, detonadores y un mando a distancia, material suficiente para montar una masacre, y para determinar que ese automóvil pertenecía a los terroristas a los que, desde hacía semanas, iban pisándoles los talones. Inmediatamente averiguaron que el coche era alquilado y que había recorrido 730 kilómetros, desde una agencia en Lisboa, hasta un pueblo cerca de Sevilla, coordenadas que coincidían perfectamente con la investigación. También se averiguó, por una serie de objetos que había dentro del automóvil, que en su paso por Sevilla habían comprado el diario ABC y ciertos medicamentos en una farmacia. Dentro del coche también había una peluca color castaño y varios libros cuyos títulos perfilaban a los terroristas y, me parece, el estado anímico en que se encontraban. El arte de la guerra, de Tzun Tzu (una obviedad para esos hombres de quehacer bélico); El arte de la estrategia, de Dale Carnegie (otra obviedad inspirada en la obviedad anterior); La ansiedad, del psiquiatra Enrique Rojas (un texto capital, supongo, cuando alguien siente que la policía le insufla su aliento en tu nuca); El alienista, que es una novela de aventuras escrita por Caleb Carr; El principito, de Saint-Exupéry (quizá con la intención de recuperar cierta paz infantil) y La Metamorfosis, de Kafka.

Los terroristas del Ford Focus, y la biblioteca excéntrica, no llevaban, como se ha dicho, sus teléfonos prendidos; de otra forma la policía los hubiera pescado rápidamente. Los medicamentos que compraron en la farmacia de Sevilla, y que ahí revueltos con la biblioteca de viaje, fueron esenciales para su posterior captura, eran dos. Había un paquete de Saxal, un medicamento que alivia varios tipos de alergia, y otro de Aerius, que sirve para controlar, de manera parcial, el exceso de gases que produce el cuerpo. Con todos estos elementos la policía empezó la pesquisa de los terroristas y al final, nunca explicaron de qué forma, dio con ellos; seguramente cometieron un error, encendieron un teléfono, o alguien los reconoció por las fotografías que habían pasado en la televisión y los denunció. Pero si las cosas hubieran sucedido en otro orden y los terroristas hubieran sido aprehendidos, antes de que hubieran tenido que abandonar el Focus y sus efectos personales, con el método del teléfono y el GPS que aplican las líneas aéreas, los archivos policiacos contarían hoy con esta imagen impagable: un hombre con peluca castaña, leyendo en un parque El alienista o El principito, siendo aprehendido por terrorismo en el momento justo en que deja escapar una cadena incontrolable de flatulencias.

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