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Sábado , 20.10.2018 / 19:31 Hoy

Que se vayan los viejos

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EL ÁNGEL EXTERMINADOR

Ignacio Trejo Fuentes

Me enteré, de oídas, que en la Universidad Nacional Autónoma de México tiene la intención de deshacerse de los profesores viejos para dar preferencia a los jóvenes. Al principio pensé que era solo en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, de la que soy egresado y, ahora, profesor. Pero en las campañas (las vi en televisión) de los candidatos a ser rectores el asunto fue lugar común: que se vayan los viejos.

De entrada me parece muy bien, porque existimos profesores anquilosados, montados en rancias ideas didácticas, vitales. Sin embargo, pongo un pero: los viejos poseen algo que los chavos no pueden tener, por razones obvias: experiencia. Por ejemplo, en la FCPyS (en adelante le llamaré la Fac) dan clases Froylán M. López Narváez, Armando Rojas Arévalo y algunos más que sobrepasan los setenta años de edad; hay “viejos” como Alberto Dallal y José Woldenberg. Armando Rojas Arévalo ha sido reportero estrella y sigue dándole, aunque como columnista: cubrió la fuente de la Presidencia y de secretarías importantes; reportó, por ejemplo, el asesinato de atletas israelíes en los Juegos Olímpicos efectuados en Múnich. Froylán es una enciclopedia viva (ahora escribe en MILENIO Diario y hace programas de radio).

Hay jóvenes brillantes y merecedores de todos los respetos. En esta casa editorial trabajan varios surgidos de las filas de la Fac: Jairo, los dos Iván, Humberto… por lo tanto, mi idea es que se mantenga el equilibrio entre pujanza y experiencia.

Sé que lo siguiente sonará pretencioso y chocante, pero he enseñado en universidades de Estados Unidos, Europa y Medio Oriente: en Israel fui profesor en la Universidad Hebrea de Jerusalén, donde estudió y enseñó ni más ni menos que Albert Einstein. Y tengo propuestas de universidades mexicanas y de otros países para incorporarme a sus plantillas de enseñantes, pero soy necio y tonto y me mantengo fiel a la Fac, a la UNAM. Y esto me hace recordar un episodio nada grato cuando debí ir a Jerusalén.

Por sugerencia de la coordinadora de Ciencias de la Comunicación (ex alumna mía) informé de mi viaje, y una burócrata menor de cuyo nombre no me interesa acordarme dijo que de ningún modo podía irme, porque faltaban algunas semanas para que el semestre académico concluyera. Le expliqué que todo estaba calculado, que mis amigos escritores y periodistas cubrirían mi ausencia, coordinados por mi (entonces) profesora adjunta Ixchel Cordero Chavarría. La burócrata aseveró que Ixchel no tenía méritos para hacerse cargo de la cátedra; le demostré lo contrario llevándole, al día siguiente, un libro que mi adjunta y yo hicimos al alimón, Autoentrevistas de escritores mexicanos, publicado por Conaculta en su serie Periodismo Cultural, donde participan autores de la talla de Rubén Bonifaz Nuño, José de la Colina, Gustavo Sainz, José Agustín, Manuel Echeverría, Emmanuel Carballo, María Luisa Mendoza. La señora (que por supuesto no sabía nada de eso) se montó en su tocayo, el burro, e insistió en el impedimento, señalando que de no obedecer me serían retirados los ocho pesos que me pagaban y que sería eliminado de la nómina de profesores. Enojadísimo ante su ignorancia y su actitud soberbia, le dije que yo amaba a mi universidad, pero que si ella, la UNAM, no me quería, podían ir ambas, la burócrata y la Universidad, a donde les platiqué. Me fui a Israel, y al volver me enteré de que no me habían suspendido los pagos ni me eliminaron de la Fac: algunos sensatos (Carola, Dallal, Lucía) habían abogado en mi favor y ahí sigo, dando mis clasecitas y ganando ocho pesos a la quincena.

Escribo todo esto porque ya alineo en la Selección Sub 70, es decir soy viejito. E insisto, no me importa: me voy a otra universidad o me quedo en casa escribiendo libritos. ¡Ah, pero con una condición irrenunciable!: que el primero que se vaya sea el rector, por viejo.

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