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Lunes , 24.09.2018 / 09:47 Hoy

Prince, ese 'sexymotherfucker'

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PEPE EL TORO ES INOCENTE
Jairo Calixto Albarrán

Era increíble que en ese suspiro de cuerpo que lo contenía, Prince pudiera exportar tanta energía, fiereza, sensualidad, gimnástico discurso y vigor para tocar esa guitarra que hizo palidecer de envidia al propio Eric Clapton. Pasaba del autismo y la timidez en la vida cotidiana, a la extroversión, la desmesura y la provocación.

Hoy que lo sabemos tristemente muerto, luego de habernos marcado con la impronta de sus creaciones musicales en las que bien se puede decir que trataba a las notas como putas en un serrallo, uno se sigue preguntando en qué extraño plan de universo es más importante conservar vivos a los reguetoneros que a maestros como Bowie y Prince.

Lo primero que se supo de Prince fue por su película Purple Rain que era como un manifiesto contra la familia, la propiedad privada y el estado pero en su versión de la lucha de clases en color morado. Luego de controversias con la voracidad con las grandes compañías disqueras se convertiría en “el artista antes conocido como Prince” y pasó a ser representado por un símbolo que resumiría uno de sus postulados andróginos: “No soy hombre, tampoco mujer, soy algo que nunca vas a poder entender”.

En Purple Rain iba trepado en una moto púrpura mientras huía de la autodestrucción de su familia disfuncional. Con un aspecto de clon groovy de Mr. Spock, vestido cual drácula chic, cubierto de encajes y satines en un ejercicio cursi pero barroco, lidereaba una banda de rock-funk-rithm & blues mientras se ligaba a la suculenta Apolonia Kotero (reina del corset, ya muy olvidada, que un día apareció con su banda Apolonia Six –llamada así por estar compuesta por tres chicas con sus respectivos seis desbordantes pechos— en Siempre en Domingo, cuya carrera fílmica comenzó al interpretar “a la chica del bikini” en una película de los hermanos Almada titulada La mafia de la frontera y cantado ese himno a lo desmecatado llamado “Let’s go crazy”.

Con sus obras primigenias, Prince emprende una evaluación como sobreviviente de la crisis de valores de la clase media afroamericana, mientras se mudaba en lascivo duende de la noche, Mesías del Sexo antes, pero sobre todo en icono indispensable para sobrevivir a la noche medieval de los reagnomics.

Prince Roger Nelson, nacido en Mineapolis, Minesota, tierra de vikingos y valkirias, en 1958. El, víctima de los complejos de Narciso, se esforzó siempre por confeccionar una demostración de lo atrabiliario de sus metamorfosis, y de que los alcances de su celebridad de icono del deseo y la provocación no requería de nombres para pastar en el jardín de los objetos de culto y la geografía de las referencias.

En los años ochenta, tiempo de oscuridad reaccionaria e hipócrita, encrustamientos neoliberales, leyendas yuppies y revoluciones conservadoras, la cultura popular genera tres personajes fundamentales: Michael Jackson, Maria Madonna Veronica Louise Ciccione y Prince. El primero representaba la comercialización musical a ultranza, el Rey del Pop era una creación artificial hecha de conformismos sociales y cirugías plásticas, un clown puesto al servicio de la publicidad y la exaltación de dudosos valores convencionales que resguardaban sus apetitos pederastas.

En cambio, tanto la Chica Material y Prince plantean, desde las grandes carpas y el espectáculo hollywoodense patrocinado por Pepsi o Coca-Cola, una visión del mundo que explora los espacios de la frivolidad sí, pero también de lo sórdido y lo subterráneo, de la realidad de carne y el sexo, de la invocación de demonios y pecados.

Mientras la sociedad norteamericana rogaban por una nueva estabilidad fresa y robótica atrapada en los 50, Madonna y Prince tenían un modelo hecho de deseos, rebeldías y aventuras en videoclip pobladas de gozosos peligros y lascivas provocaciones. Habían aprendido a ser ricos y famosos caminando por el wild side que exigía Lou Reed.

Prince se construyó la imagen de menudo espectro diabolique a través de los canales de la lujuria y la testosterona que van encadenados a una propuesta sonora de tintes cachondélicos pero funkadélicos. En la música del maestro el sexo es el personaje protagónico: cómo hacerlo, vivirlo, gozarlo, azotarlo, mamarlo, escrutarlo, degustarlo, objetarlo, deglutirlo, ejercerlo, torturarlo... y hasta rechazarlo... Una tarea que el artista ha decidido tomar en sus manos a la manera de un viacrucis de la padroterapia intensiva, de la pasión salivosa donde el romance y el amor son invitados periférico. Sexo obsesivo, abrasivo, cachondo, automático, sintomático, ecléctico, open mind, gutural, que no requiere de más viagra que la fe de los cuerpos en su temperatura, todo bajo los efluvios de las técnicas funk-soul-rock-pop-jazz-blues que Prince tiene perfectamente amaestradas cual perros de Pavlov que al ladrar despiden sensualidad, suciedad, zoociedad y calistenia de la sicalipsis.

Luego de decepciones y cansancios propios del nuevo siglo, con su aspecto de hijo guapo del señor Spock, Prince no cejó en la producción de nuevas obras que no dejaron de ser deslumbrantes y ambiciosas. Portentos inesperados en el que el gurú se olvida de experimentaciones marchitas, manierismos sonoros y vuelve a los orígenes con los recursos de un reclutamiento de orgasmos, lambidas, penetraciones, seducciones perras, anabólicos sexuales y erotismos hiperactivos. Al utilizar los viejos artilugios emanados de la fusión del funk, jazz, punk, rock, pop y soul, obliga a sus escuchas a salir a la calle en busca de emociones fuertes y vivencias excluidas del paraíso judeo-cristiano, con el alma colmada de sicalipsis.

Prince murió en un conciliábulo de absurdos, agarrándonos desprovistos de escudo protector. Un infame instante de incredulidad que desembocó en miríadas de recuerdos embalados en canciones del maestro (su guitarra, su voz y los paraísos artificiales que se ahí manaban) algunos de los cuales podrían estar penados en varios estados de la Unión Americana.

Vívido instante en el que evoco un programa de radio de hace mucho, cuando apareció una alta autoridad de la estación a regañarnos porque habíamos puesto la canción “Orgasm” que cierra el disco Come del terror de Mineápolis, de los primeros que tuvo la advertencia en la portada: Perenteal-Advisory-Explicit Lyrics. Se puso como loca porque seguramente nunca había oído lo que era un orgasmo y por poco nos corre. Hoy es representante del open mind más progre.

Un mundo sin Prince, ese sexymotherfucker, será más aburrido y predecible, y mientras aparecen las toneladas de canciones que deben estar en su guarida, Paisley Park, no estaría mal seguir sus instructivos y dejarnos ir al ritmo de “Let’s go crazy”.

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