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Miércoles , 16.01.2019 / 07:00 Hoy

Poses para la foto

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EN EL TONO DEL TONA
Rafael Tonatiuh

“Detrás de cada selfie publicada,
existen treinta borradas”:
la Ley de la ‘Selfie’

No hay nada más hipócrita que posar para una foto

Cuando sabes que nadie te está mirando, sales a la calle y caminas todo guango y encorvado y eres normal, pero en cuanto sacan una cámara de fotos te yergues, metes la panza y pones cara de candidato en campaña. Si la foto es en grupo, todos sonríen y se abrazan cual cariñosos camaradas, pensando que cuando esa foto se vea en el futuro, la gente dirá: “Mira qué felices eran, se ve que se querían mucho, y qué guapos”, sin ponerse a pensar que esa foto es un homenaje a la falsedad.

Si es una foto de fiesta, todos abren los ojos y la boca, como si estuvieran cayendo por la Montaña Rusa (no sé de dónde sacaron que abrir la boca, como si estuvieran gritando de terror, es divertido en estos tiempos violentos).

Si son fotos del ambiente de trabajo, abrazas a quien te cae gordo, mientras susurras: “Pinchi Godín que solo viene a la chamba a dormir y tomarse el agua del garrafón. Se parece a mí. Cuando se vaya a comer voy a abrir su cajón para chingarme todas sus plumas, sus galletas y a ver si encuentro algo de valor”.

Cuando son fotos de dos, señalas a la persona de a lado, como diciendo: “Miren junto a quién estoy, junto una persona brillante, extraordinaria, triunfadora… ¡porque tuvo la suerte de posar junto a mí, que sí soy una celebridad! ¡Dios lo bendijo con la oportunidad de tener un documento gráfico que prueba que me conoce!”.

Posar como símbolo sexual

La cámara fotográfica es como una droga psicodélica que te hace creer una bomba sexual. Ilusamente piensas: publicar una foto mía es publicidad de mi belleza, quién sabe si con mis ojitos pispiretos no le gustaré a alguien que esté apetecible; entonces, cual actor de telenovela, empiezas a representar personajes sexys haciendo caras y poses sensuales, como si no supieran que eres un monstruo sin Photoshop en la vida real.

La ‘selfie’

Si nadie quiere tomarte fotos, porque das más miedo que la Ley de Seguridad Interior, no importa, para eso se inventó la selfie.

No existe nada más pesadillezco que las caras que hacen las niñas para las selfies. Unas ponen sonrisa de inocencia (como si las hubieran cachado cagando en el baño) y son más aterradoras con braquets. Es una cara que tiene prohibido hacer la Gordillo, por un reglamento del Código Penal.

La cara que más me trauma es la de “zorro discado”, que consiste en sonreír como si hubieras fallecido, y un taxidermista te jalara los cachetes con unas cuerdas, por dentro y hacia arriba. Se asemejan a esos perritos de peluche azules que venden en las farmacias y tiendas de regalos. Sus sonrisas penetran tu inconsciente y te provocan pesadillas tipo película de terror japonesa.

Son caras que las mujeres serias nunca pondrían, por ejemplo, Carmen Aristegui, Angela Merker, la Poni; son de millennials tipo Yuya, La Mars y la Malala (aunque dicen que ésta última nunca usó la aplicación con nariz de perrito, sino que se pinto la nariz).

Aplicaciones al pasado

La cara de zorro disecado no la aprendieron las niñas de sus madres, sus abuelas o tatarabuelas: mujeres luchonas que se levantaban a las cinco de la mañana para ir al mercado, rifándosela con los perros salvajes callejeros.

En las fotos familiares de antaño, los hombres eran bigotones y las mujeres llevaban rebozo. Algunas personas posaban de pie, otras sentadas, pero siempre con el semblante serio, quizá porque nuestros antepasados no tenían la tecnología de los actuales dispositivos electrónicos, pero si hubieran conocido los filtros, otro gallo cantaría.

Cuando Zapata y Villa se tomaron la foto en la silla presidencial, pudieron celebrar su triunfo con el filtro de corona de flores, derivando la revolución en el movimiento hippie, porque la cucaracha ya tiene mariguana qué fumar. Quizás María Félix, con su clásica pose con la ceja levantada, le pondría orejitas y nariz de perrito y hubiera adelantado el perreo. Pedro Infante pediría likes a sus canciones, levantando los pulgares, con sombrerito y lentes de gángster, chentándose a Frank Sinatra. Pedro Armendáriz, usando la aplicación “embellecedor de rostro”, terminaría pareciéndose a Pedrito Sola con exceso maquillaje, sentando las bases para las bodas entre personas del mismo sexo.

Lo cierto es que las nuevas generaciones nacerán con cara de emoticón. Para evitarlo, inventemos nuevas caras al posar para las fotos.

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