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Por andar de loca

amarrado
(Fotoarte: Tacho)

EL ÁNGEL EXTERMINADOR
Ignacio Trejo Fuentes


Toño despertó con un dolor de cabeza insoportable; se sentía todavía borracho y no podía explicarse por qué estaba tirado sobre la alfombra de la sala de su lujoso departamento. Se levantó con trabajos, y sus primeros pasos fueron tambaleantes, como de ciego. Fue a la cocina y bebió jugo de tomate; se preparó un té. Intentaba que su cabeza, un remolino, se pusiera en orden para saber qué le había pasado. Fue a la puerta con intenciones de pedir ayuda a algún vecino, pero no pudo abrirla: la moderna cerradura estaba sellada, y al buscar las llaves en sus bolsillos se dio cuenta de que no solo no estaban éstas, tampoco las de su auto y la billetera. Se alarmó, y fue al teléfono para pedir auxilio a su amigo Servando.

Mientras aquél llegaba, recorrió el departamento y vio, alarmado, que su equipo modular, su gigantesca pantalla plana de televisión y muchos objetos más, y su dinero, habían desaparecido. Y empezó a recordar, entre brumas.

Como solía hacer cada fin de semana, se metió a un bar frecuentado por homosexuales, en la Zona Rosa, pidió un trago y empezó a mirar alrededor en espera de una señal que indicara que alguien estaba dispuesto a conversar con él, a beber, y lo que siguiera. La recibió de una mesa contigua, donde un hombre joven, de ojos verdes, fornido, de bigote y pronunciadas patillas, brindó con él a la distancia. Al rato estaban en confianza, haciéndose elogios mutuos, tomándose de la mano, hasta que Toño propuso ir a otro lado, menos ruidoso, más íntimo. Salieron del bar y, en el auto del invitador, fueron hasta su departamento, en la calle de Havre. El invitado hizo algún comentario de la belleza de la unidad habitacional, de su evidente buen gusto y comodidad. "Es solo una vecindad moderna", bromeó Toño. Al entrar, presumió a su invitado la modernidad de las cerraduras: las llaves no eran comunes y corrientes, sino una especie de tarjeta que, explicó, operaba por un mecanismo electrónico, de modo que era imposible abrir la puerta por otros medios.

Se instalaron en la sala, Toño puso música (que se oía como si brotara de cada rincón) y empezaron a bailar, luego a besarse, a prepararse para el momento espectacular de la velada: ir a la cama.

Pero Toño ya no supo más, hasta que despertó con la cabeza hecha añicos, sintiéndose morir, sobre todo cuando descubrió que había sido atracado y, conjeturó, drogado. Cuando llegó su amigo Servando acompañado de su novio, fue imposible abrir la puerta, de modo que debieron ir por un cerrajero que tampoco pudo hacer gran cosa, hasta que convinieron en que desmontara toda la chapa y su mecanismo. Luego llegó un experto a reparar la cerradura, y fueron a la delegación correspondiente a levantar un acta por robo e intento de asesinato. El médico del lugar corroboró que Toño había sido obligado a tragar, con su bebida, una dosis de somnífero tal que de milagro había sobrevivido.

Regresaron al departamento, y los amigos recomendaron a Toño tener más cuidado, no juntarse con desconocidos. Dolorido, triste, frustrado, el atracado y casi muerto soportó estoico la retahíla de reproches velados. Pero no pasó un mes cuando volvió a las andadas: en la misma Zona Rosa, aunque en un bar distinto, se dispuso a reanudar su cacería de hombres, y pidió su copa y se puso a mirar en rededor. Y ahí, entre los parroquianos, vio al tipo a quien había llevado a su departamento y que lo había asaltado. Fue hacia él y le reclamó airado, al tiempo que pedía el auxilio de la gente de seguridad. El tipo se dio cuenta de inmediato de lo que pasaba y salió corriendo del lugar, y Toño se puso a perseguirlo en la calle con una agilidad casi inverosímil por su sobrepeso. Lo alcanzó y pudo derribarlo, con lo que dio tiempo para que llegara una patrulla policiaca. Sin soltar a su asaltante, Toño dio cuenta de los hechos a la policía, y dijo que había presentado una denuncia en la delegación. En la patrulla ambos fueron hasta allá, y el agente del Ministerio Público ordenó que el hombre fuera detenido y Toño puesto en libertad. Le advirtió: "Este sujeto ya se chingó. Lo vamos a investigar y a condenar. Luego le avisamos para que ratifique la acusación y reclame sus pertenencias".

Como pasaron los días sin recibir noticia, Toño fue a la delegación, acompañado de un abogado, para averiguar cómo iba el asunto. Y se enteró que, por falta el pruebas, el asaltante había sido liberado sin ningún cargo en contra. Toño se sintió morir de nueva cuenta, sobre todo cuando su abogado le dijo, a rajatabla: "Te ganaron el brinco, amigo. Ese cabrón se mochó con las autoridades. A la mejor les pagó con tu propio carro".

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