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Los poetas del erotismo

El sexódromo.
(Sandoval)

EL SEXÓDROMO
Verónica Maza Bustamante

Después de publicar la semana pasada en este espacio una entrevista con la escritora Guadalupe Nettel sobre el lado erótico y libertario de Octavio Paz, varios lectores me agradecieron haberles recordado sus poemas amorosos. En mis redes sociales comenzamos a compartir aquellos poemas que nos alborotaban el alma. Reuní muchos, así que hoy comparto con ustedes algunos de ellos. En ciertos casos son solo fragmentos; los invito a que busquen el trabajo de cada autor para que se sigan solazando con sus palabras.

Para Federico Serrano, va uno más del personaje que nos inspiró esta semana: Octavio Paz.

Entre tus piernas hay un pozo de agua dormida
 bahía donde el mar de noche se aquieta, negro caballo de espuma
 cueva al pie de la montaña que esconde un tesoro
 boca del horno donde se hacen las hostias
 sonrientes labios entreabiertos y atroces
 nupcias de la luz y la sombra, de lo visible y lo invisible
 (allí espera la carne su resurrección
 y el día de la vida perdurable).
 
Patria de sangre,
 única tierra que conozco y me conoce,
 única patria en la que creo,
 única puerta al infinito.

El 'Compa' Picke Rivera me recuerda a Francisco Hernández, a quien yo también llevo clavado en el corazón… y más allá.

 Extraño tu sexo. Piso flores rosadas al caminar y extraño
           tu sexo.
 En mis labios tu sexo se abre como fruta viva, como voraz
           molusco agonizante.
 Piso flores negras al caminar y recuerdo el olor de tu sexo,
 sus violentas marejadas de aroma, su coralina humedad
 entre los carnosos crepúsculos del estío.
 Piso flores translúcidas caídas de árboles sin corteza
 y extraño tu sexo ciñéndose a mi lengua.

Armando Hernández-Mendoza encuentra la deliciosa veta erótica de Jaime Sabines, que va más allá de sus amorosos versos.

No es nada de tu cuerpo
 ni tu piel ni tus ojos ni tu vientre
 ni ese lugar secreto que los dos conocemos,
 fosa de nuestra muerte, final de nuestro entierro.
 No es tu boca —tu boca
 que es igual que tu sexo—,
 ni la reunión exacta de tus pechos,
 ni tu espalda dulcísima y suave,
 ni tu ombligo en que bebo.
 Ni son tus muslos duros como el día,
 ni tus rodillas de marfil al fuego,
 ni tus pies diminutos y sangrantes,
 ni tu olor ni tu pelo.
 No es nada de tu cuerpo,
 ni una brizna ni un pétalo,
 ni una gota ni un grano ni un momento.

 Es solo este lugar donde estuviste,
 estos mis brazos tercos.


A ese lector imprescindible llamado Alejandro Ríos le gusta mucho Mario Benedetti.

Una mujer desnuda y en lo oscuro
 tiene una claridad que nos alumbra
 de modo que si ocurre un desconsuelo
 un apagón o una noche sin luna
 es conveniente y hasta imprescindible
 tener a mano una mujer desnuda.
 
Una mujer desnuda y en lo oscuro
 es una vocación para las manos
 para los labios es casi un destino
 y para el corazón un despilfarro
 una mujer desnuda es un enigma
 y siempre es una fiesta descifrarlo.

 A mi amigo de toda la vida Cornelius Walraven le emociona este fragmento de 'Rayuela', de Julio Cortázar.

Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua.

Rulo Cerati Robles vota por alguno de Caro 'Victrix', de Efrén Rebolledo. Comparto “Ante el ara”.

Te brindas voluptuosa e imprudente,
 y se antoja tu cuerpo soberano
 intacta nieve de crestón lejano,
 nítida perla de sedoso oriente.
 Ebúrneos brazos, nunca transparente,
 aromático busto beso ufano,
 y de tu breve y satinada mano
 escurren las caricias lentamente.
 Tu seno se hincha como láctea ola,
 el albo armiño de mullida estola
 no iguala de tus muslos la blancura,
 mientras tu vientre al que mi labio inclino,
 es un vergel de lóbrega espesura,
 un edén en un páramo de lino.

Juan Pablo Clemente me sugiere “Preludio para desnudar a una mujer”, de Vicente Quirarte. Opto por “Los bares del sur”.

De gitana los ojos;
las ojeras, victoria de la noche.
De renovado mármol la epidermis.
Mascarones de proa, los dos pechos
navegan por el mar de los sargazos
entre ardidos, piratas y sedientos.
Los zapatos celestes, grande y honda la herida
del taconear ligero y de la falda
que, igual al escote de la blusa,
busca el ojo cerrado del ombligo.
Y esa risa alevosa, envolvente, cantarina,
chorro de luna llena
en el sol con muletas de los antros.
Engalanada para la sed del viernes,
tomas posesión. A los peones ordenas
el trópico en un vaso
y ese ron que comienza el tiroteo
inunda de llamas dulces tus entrañas.
Mides, con regla de señora, tu dominio,
reina de los plebeyos de la barra,
ángel entre los torvos y sirenas.
Estela de los bares, tú no esperas:
veinte cerillos prenden tu cigarro
cuando ya lo ha prendido tu bocaza,
en pie de alta guerra tus carmines.
Acódate y acábame. En tu primer cigarro,
une a todas las divas de mi infancia.
Concédeme la gracia
de guardar en mis ojos tu antebrazo
donde quince lunares se congregan
para trazar la forma del caballo
donde espero llevarte
a cabalgar la noche.
 
Que después la mañana nos disuelva.

Y uno más, por capricho, de la ardorosa Gioconda Belli.

Quiero morder tu carne,
hacia ese centro donde te empieza el cosquilleo,
irte besando, mordiendo,
hasta llegar allí
 a ese lugarcito
 —apretado y secreto—
 que se alegra ante mi presencia
 que se adelanta a recibirme
 y viene a mí
 en toda su dureza de macho enardecido.
 Bajar luego a tus piernas
 firmes como tus convicciones guerrilleras,
 esas piernas donde tu estatura se asienta
 con las que vienes a mí
 con las que me sostienes,
 las que enredas en la noche entre las mías
 blandas y femeninas.
 Besar tus pies, amor,
 que tanto tienen aun que recorrer sin mí
 y volver a escalarte
 hasta apretar tu boca con la mía,
 hasta llenarme toda de tu saliva y tu aliento
 hasta que entres en mí
 con la fuerza de la marea
 y me invadas con tu ir y venir
 de mar furioso
 y quedemos los dos tendidos y sudados
 en la arena de las sábanas.


elsexodromo@hotmail.com

@draverotika

Facebook:La Doctora Verótika

Después de publicar la semana pasada en este espacio una entrevista con la escritora Guadalupe Nettel sobre el lado erótico y libertario de Octavio Paz, varios lectores me agradecieron haberles recordado sus poemas amorosos. En mis redes sociales comenzamos a compartir aquellos poemas que nos alborotaban el alma. Reuní muchos, así que hoy comparto con ustedes algunos de ellos. En ciertos casos son solo fragmentos; los invito a que busquen el trabajo de cada autor para que se sigan solazando con sus palabras.
Para Federico Serrano, va uno más del personaje que nos inspiró esta semana: Octavio Paz.
Entre tus piernas hay un pozo de agua dormida
 bahía donde el mar de noche se aquieta, negro caballo de espuma
 cueva al pie de la montaña que esconde un tesoro
 boca del horno donde se hacen las hostias
 sonrientes labios entreabiertos y atroces
 nupcias de la luz y la sombra, de lo visible y lo invisible
 (allí espera la carne su resurrección
 y el día de la vida perdurable).
 
Patria de sangre,
 única tierra que conozco y me conoce,
 única patria en la que creo,
 única puerta al infinito.
El Compa Picke Rivera me recuerda a Francisco Hernández, a quien yo también llevo clavado en el corazón… y más allá.
 Extraño tu sexo. Piso flores rosadas al caminar y extraño
           tu sexo.
 En mis labios tu sexo se abre como fruta viva, como voraz
           molusco agonizante.
 Piso flores negras al caminar y recuerdo el olor de tu sexo,
 sus violentas marejadas de aroma, su coralina humedad
 entre los carnosos crepúsculos del estío.
 Piso flores translúcidas caídas de árboles sin corteza
 y extraño tu sexo ciñéndose a mi lengua.
Armando Hernández-Mendoza encuentra la deliciosa veta erótica de Jaime Sabines, que va más allá de sus amorosos versos.
No es nada de tu cuerpo
 ni tu piel ni tus ojos ni tu vientre
 ni ese lugar secreto que los dos conocemos,
 fosa de nuestra muerte, final de nuestro entierro.
 No es tu boca —tu boca
 que es igual que tu sexo—,
 ni la reunión exacta de tus pechos,
 ni tu espalda dulcísima y suave,
 ni tu ombligo en que bebo.
 Ni son tus muslos duros como el día,
 ni tus rodillas de marfil al fuego,
 ni tus pies diminutos y sangrantes,
 ni tu olor ni tu pelo.
 No es nada de tu cuerpo,
 ni una brizna ni un pétalo,
 ni una gota ni un grano ni un momento.

 Es solo este lugar donde estuviste,
 estos mis brazos tercos.
A ese lector imprescindible llamado Alejandro Ríos le gusta mucho Mario Benedetti.
Una mujer desnuda y en lo oscuro
 tiene una claridad que nos alumbra
 de modo que si ocurre un desconsuelo
 un apagón o una noche sin luna
 es conveniente y hasta imprescindible
 tener a mano una mujer desnuda.
 
Una mujer desnuda y en lo oscuro
 es una vocación para las manos
 para los labios es casi un destino
 y para el corazón un despilfarro
 una mujer desnuda es un enigma
 y siempre es una fiesta descifrarlo.
 A mi amigo de toda la vida Cornelius Walraven le emociona este fragmento de Rayuela, de Julio Cortázar.
Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua.
Rulo Cerati Robles vota por alguno de Caro Victrix, de Efrén Rebolledo. Comparto “Ante el ara”.
Te brindas voluptuosa e imprudente,
 y se antoja tu cuerpo soberano
 intacta nieve de crestón lejano,
 nítida perla de sedoso oriente.
 Ebúrneos brazos, nunca transparente,
 aromático busto beso ufano,
 y de tu breve y satinada mano
 escurren las caricias lentamente.
 Tu seno se hincha como láctea ola,
 el albo armiño de mullida estola
 no iguala de tus muslos la blancura,
 mientras tu vientre al que mi labio inclino,
 es un vergel de lóbrega espesura,
 un edén en un páramo de lino.
Juan Pablo Clemente me sugiere “Preludio para desnudar a una mujer”, de Vicente Quirarte. Opto por “Los bares del sur”.
De gitana los ojos;
las ojeras, victoria de la noche.
De renovado mármol la epidermis.
Mascarones de proa, los dos pechos
navegan por el mar de los sargazos
entre ardidos, piratas y sedientos.
Los zapatos celestes, grande y honda la herida
del taconear ligero y de la falda
que, igual al escote de la blusa,
busca el ojo cerrado del ombligo.
Y esa risa alevosa, envolvente, cantarina,
chorro de luna llena
en el sol con muletas de los antros.
Engalanada para la sed del viernes,
tomas posesión. A los peones ordenas
el trópico en un vaso
y ese ron que comienza el tiroteo
inunda de llamas dulces tus entrañas.
Mides, con regla de señora, tu dominio,
reina de los plebeyos de la barra,
ángel entre los torvos y sirenas.
Estela de los bares, tú no esperas:
veinte cerillos prenden tu cigarro
cuando ya lo ha prendido tu bocaza,
en pie de alta guerra tus carmines.
Acódate y acábame. En tu primer cigarro,
une a todas las divas de mi infancia.
Concédeme la gracia
de guardar en mis ojos tu antebrazo
donde quince lunares se congregan
para trazar la forma del caballo
donde espero llevarte
a cabalgar la noche.
 
Que después la mañana nos disuelva.
Y uno más, por capricho, de la ardorosa Gioconda Belli.
Quiero morder tu carne,

hacia ese centro donde te empieza el cosquilleo,
irte besando, mordiendo,
hasta llegar allí
 a ese lugarcito
 —apretado y secreto—
 que se alegra ante mi presencia
 que se adelanta a recibirme
 y viene a mí
 en toda su dureza de macho enardecido.
 Bajar luego a tus piernas
 firmes como tus convicciones guerrilleras,
 esas piernas donde tu estatura se asienta
 con las que vienes a mí
 con las que me sostienes,
 las que enredas en la noche entre las mías
 blandas y femeninas.
 Besar tus pies, amor,
 que tanto tienen aun que recorrer sin mí
 y volver a escalarte
 hasta apretar tu boca con la mía,
 hasta llenarme toda de tu saliva y tu aliento
 hasta que entres en mí
 con la fuerza de la marea
 y me invadas con tu ir y venir
 de mar furioso
 y quedemos los dos tendidos y sudados
 en la arena de las sábanas. m

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