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La pipa de la paz

La pipa de la paz
(Nostragamus)

EL PEZ SOLUBLE
Jordi Soler

"La pipa de la paz" es un concepto tan manido, una frase tan asentada en nuestra lengua que ya nadie se detiene a reflexionar antes de decirla. La imagen viene de los indígenas que habitaban ese territorio que hoy es Estados Unidos, y que seguramente se repetía por todo el continente americano, en las zonas donde se fumaba, porque era factible cultivar, o conseguir el tabaco. Pero es sin duda esa cultura masiva que han diseminado los grandes estudios de Hollywood los que han popularizado ese ritual que, por otra parte, es altamente civilizado: dos hombres (nunca mujeres porque eran muy machos en aquella época) limaban sus diferencias alternando las caladas que le daban a una humeante pipa. Fumar del artefacto que te ofrece tu enemigo, y ofrecerle tu instrumento de fumar al hombre que te quería aniquilar hace cinco minutos, es un acto de generosidad, y de confianza mutua, capaz de limar efectivamente las diferencias, y más de dos deben haberse hecho amigos después de compartir la pipa. Pero el detalle, el sentido profundo de este ritual lo cuenta Lewis Hyde en un famoso libro de título The gift.

Cuenta Hyde que en la época en que se gestaba aquel país, cuando los indígenas, apaches, pielrojas, navajos y sioux, colisionaban contra los inmigrantes europeos, fundamentalmente ingleses, se repetía constantemente la escena de la pipa de la paz. Llegaba un contingente de ingleses a uno de esos pueblos ligerísimos que tenían, por ejemplo, los apaches. Un pueblo portátil, armado con tiendas blancas, con tipis, que no pesaba todo junto probablemente lo que pesa una sola casa de piedra. Los ingleses, supongo, debían ver aquellos pueblos como un campamento, como un asentamiento susceptible de ser erradicado para plantar ahí un pueblo con casas de piedra. Un pueblo como Dios manda, deben haber dicho los puritanos, mientras veían desde la cima de una colina, el valle poblado de tiendas blancas. No veían, desde luego, que para los apaches aquellas casas eran su vivienda permanente, ni entendían que un pueblo portátil podía durar así, portátil, muchos siglos. "Para siempre", en la cabeza de un puritano inglés, quería decir una casa de piedra, y lo permanente era aquello que no podía moverse, porque para cosas portátiles y fantasmales, ya tenían bastante con su imaginería religiosa. En cambio los apaches estaban precisamente en las antípodas, su universo religioso estaba fundamentado en cosas muy concretas, como el sol que calienta, la lluvia que hace crecer la cosecha, y el puma que si se enfada te arranca la cabeza.

Bueno, pues ahí tenemos al emigrante inglés, mirando sin inocencia y con suficiente codicia el valle donde está asentado el pueblo apache. Da por hecho, repito, que las tiendas son volátiles y las casas de piedra son para siempre. Un pensamiento que es muy sólido en la superficie pero que en el fondo es una ilusión, una peligrosa ingenuidad. El patriarca de ese grupo de inmigrantes ingleses (digo inmigrantes porque son emigrantes que han llegado al punto geográfico donde van a quedarse) es recibido por el gran jefe de la tribu apache, un viejo sabio, arrugado y añoso, que de inmediato percibe las intenciones del inglés y, para empezar de cero esa relación que le ha caído, no del cielo sino de la cima de la colina, declara la paz con una humeante pipa. El gran jefe fuma con deleite, con una gran bocanada de naturaleza política, e inmediatamente después ofrece la pipa al inmigrante que, entre alagado y desconcertado la acepta y da a su vez otra bocanada, también política. Los dos se funden, dentro del tipi, en ese pacto sahumado por el tabaco que el jefe ha traído a caballo desde Virginia.

El acto siguiente es el detalle al que me refería hace unas líneas, el jefe da a entender a señas al emigrante inglés que esa pipa en la que acaban de fumarse una bocanada de paz, es un regalo, que se lo puede llevar cuando salga de la tienda para reunirse con su pequeña tribu inglesa. El inglés se despide del jefe y sigue su camino por la pradera.

Días más tarde, cuando llega fumando en su pipa al siguiente asentamiento apache, es recibido por el gran jefe de ese lugar que, al ver que el inglés va fumando en una pipa de su pueblo, asume que ya ha dialogado, y hecho la paz, con otro jefe apache. El inglés se sienta, ahora en la tienda de este otro jefe, y le ofrece fumar en la pipa que le dio el jefe anterior. El jefe da una calada y, como dicta el protocolo apache, se queda con la pipa y entonces el inglés, que no entiende el ritual, pide al jefe que le devuelva su pipa, gesto que el jefe no entiende porque sabe que no es su pipa sino la pipa que va circulando entre todos los apaches y sus invitados. La pipa que circula es una idea propia de esos hombres que vivían en pueblos portátiles, que circulaban por diversos valles; no es una idea que entienda el puritano inglés, acostumbrado a delimitar su propiedad privada con cuatro paredes de piedra. El desencuentro estaba servido y ya sabemos cómo acabo la cosa. m

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