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El que pinte será madreado

Acción Poética
(Especial)

EL ÁNGEL EXTERMINADOR
Ignacio Trejo Fuentes

Hace décadas, Gabriel García Márquez publicó un texto en torno a un enigmático mensaje-petición que se podía leer en las paredes, sobre todo de terrenos baldíos, en una zona de Coyoacán. Rezaba: "Yolanda, dame un beso". Al escritor le sorprendió la abundancia del texto, y a partir de ahí se dedicó a hablar de los grafitti que había encontrado en distintas partes del mundo. Cerró su artículo sumándose al emisor originario: "Ya, Yolanda, dale ese beso".

Por mi parte, y también hace lustros, me topé con una declaración de amor pintada en muros de la colonia Condesa: "Verónica, te amo". Su proliferación extrañaba, acaso debido a que el sector no era ni es proclive a esas manifestaciones. En la Roma, tenía yo una bellísima novia llamada Verónica, azafata ella, y un día la invité a recorrer la ahora Condechi para que viera cuánto era mi amor por ella, y funcionó. Preguntó: "¿Y de veras tú hiciste todas esas pintas pensando en mí?". "Claro", dije, "por ti soy capaz de eso y muchísimo más". Mi caravana con mensaje ajeno funcionó milagrosamente, y nos amamos enfebrecidos.

En la Ciudad de México y zonas conurbadas es posible constatar que el grafiteo (no sé cómo llamar a esa práctica) se ha convertido en una plaga demencial. Zonas como Iztapalapa no pueden escapar a ella, y se ven paredes completas de comercios y casas habitación, pequeños edificios y bardas pintarrajeadas casi siempre con pésimo gusto (aunque suele haber algunos trabajos que sugieren algo de arte), y eso entripa a los propietarios de inmuebles, porque más tardan en gastar su dinero para pintar de nuevo sus paredes que éstas en volverse símiles de los suéteres que usaba el exportero Jorge Campos o de la cara del payaso Cepillín. Ante esta desagradable y delincuencial práctica las autoridades no pueden poner algún remedio: alguna vez se ofreció un enorme espacio en las inmediaciones del Estadio Azteca para que "los artistas al aire libre" se soltaran el pelo; fue notable, pero inútil. Y es que quienes pintarrajean las paredes reclaman para sí el mote de "artistas", lo que provoca ira en los agraviados: "¿Y por qué no mejor te pintarrajeas las nalgas?".

No sé por qué, pero son las ciudades más grandes las víctimas frecuentes de los grafiteros, tal vez porque la muchedumbre propicia el anonimato y, con ello, la impunidad. Por eso, enfurecí una vez que estuve en mi amada Oaxaca City y vi que las bellísimas casas y los fastuosos edificios coloniales habían sido no solo pintados burdamente, sino muchos incendiados. Pensé también: "Pinches facinerosos, píntenle el culo a su madre". Y es que los agresores de la ciudad se decían "luchadores sociales".

Debe reconocerse que algunas pintas (no esos rayones coloridos y delirantes) son muy ingeniosos. Casi siempre son declaraciones amorosas que supongo de buen fin, aunque hay otras amenazantes: "Cuídate, pinche Tacho: te voy a matar" (leído en paredes de Tacubaya). Otras son solo intrigantes: "Delfina estuvo aquí" (en bardas de Nezayork); ¿quién habrá sido la susodicha y a qué se debía su declaración?). En una calle de Tacuba puede leerse esto absolutamente poético: "Tengo ganas de que me las quites". Y, en una pared: "No chocar".

Pero quizá la muestra de ingenio grafitero más aguda la encontré, junto con el novelista mazatleco Juan José Rodríguez, en una cantina de rompe y rasga del puerto de Veracruz (ahora, a cualquier inofensivo rinconcito de reunión los jóvenes le llaman "antro"). En una de las columnas de los reducidos sanitarios, podía leerse, en inglés: "Dios ha muerto", firmado por F. Nietzsche. Abajo, también en inglés: "El que realmente ha muerto es Nietzsche", rubricado por Dios. Y al último, escrito en sabroso y contundente jarocho: "Chinguen a su madre los dos", firmado por Yo. Fue una lástima que Juanjo o yo no tuviéramos cámara fotográfica (aún no había teléfonos mágicos) para registrarlo.

Hablo de esto porque acabo de toparme, en una de las bardas que flanquean el Anillo Periférico de Iztapalapa (bajando el llamado Trébol, a la izquierda, con rumbo a Chalco), con un anuncio-advertencia por lo menos perturbador: "A quien pinte, se le madreará".

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