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Perdón por las disculpas

Tonazo
(Karina Vargas)

EN EL TONO DEL TONA
Rafael Tonatiuh


"Perdona a tu enemigo,
no hay nada que lo enfurezca más".
Oscar Wilde

El perdón son dos mitades de un total matemático: la parte que pide perdón y la parte perdonadora. No es fácil pedir perdón ni perdonar, pero cuando ese acto se realiza cabalmente, se restaura la salud de los participantes, se equilibra el universo y se descorcha una botella para celebrar.

La medicina tradicional ayurveda de India, contempla las emociones como parte del cuerpo humano y sabe que no es saludable andar por la vida arrastrando un sentimiento de culpa y una disculpa que se le debe a alguien. Además de riñones, las personas tenemos sentimientos, y cuando éstos son negativos, sufrimos una enfermedad que nos hace disfuncionales, dicha enfermedad queda magistralmente retratada en el personaje del reverendo Dimmesdale, en la estupenda novela La letra escarlata, de Nathaniel Hawthorne, cuya salud se consume carcomido por la culpa, de ahí el éxito terapéutico de los oídos prestos a la lengua que confiesa sus infamias: sacerdotes, psicólogos, prostitutas, cantineros, desconocidos de las redes sociales, cualquier oreja es buena para evacuar la cruda moral y sentirse reestablecido.

Me parece estupendo que Enrique Peña Nieto pida disculpas a los mexicanos, si eso beneficia su estado de ánimo y su salud y mejora las relaciones con sus gobernados, aunque yo le recomendaría poner mayor atención a la manera de pedirlas. Pedir perdón por la casa blanca mientras se promulgan las leyes del Sistema Nacional Anticorrupción no suena sincero, sino a discurso político (ojalá, al finalizar el año, no tenga que pedir disculpas porque el Sistema Nacional Anticorrupción no metió al bote a Javier Duarte, Moreira, Romero Deschamps ni la pandilla que conocemos).

Es indispensable saber pedir perdón. Llamarle a las seis de la mañana a una persona que se acuesta tarde para solicitarle disculpas, neta que no es la mejor manera de obtenerlas. Pedir perdón en un acto público tiene tufo a demagogia, muy distinto sería pedir disculpas desde una fiesta, bajo el calor de las copas o por cadena nacional a las tres de la mañana, al no poder dormir por la culpa, eso convence. Lo peor es que si sus disculpas no tienen credibilidad, el Sistema Nacional Anticorrupción, cual golpe de banda de billar, tampoco la tiene (habría que pedir disculpas por el mal timing para pedir disculpas). Además, como bien observara mi amigo Eduardo Limón, pedir disculpas mientras te presumes inocente es una contradicción. ¿De qué te disculpas, si según tú no hiciste nada? Con todo, aplaudo que el presidente mínimo pida perdón, pues dar la cara es difícil, requiere autocrítica y humildad.

Hace poco, mi amigo René González precisó: “Perdonar, del latin per, que significa “con insistencia, muchas veces” y donare que significa “donar, dar”. El prefijo per intensifica el verbo que lo acompaña, donare. En inglés for-give; en francés par-donner; en italiano per-donare, en alemán ver-geben. Etimológicamente perdonar es regalar siempre. El perdón viene de la generosidad, bien escaso en estos tiempos inicuos”.

Perdonar es gratificante, Jesucristo lo recomienda, la psicóloga Helen Schucman (intermediaria mediúmnica de Jesucristo) escribió su Curso de milagros basado en el perdón. Perdonar es maravilloso, pero no es fácil (no es que sea defensor de la venganza, pero lo deseable es que quien pide perdón, mínimo sufra un poquito con una razonable y merecida penitencia).

Una condición para que se lleve a buen término el acto del perdón es la autenticidad en el arrepentimiento de quien hizo una fregadera, pues si esto no ocurre, difícilmente se concederá el perdón (o se concederá de mala gana, con la clásica advertencia “te perdono, pero no lo olvido”). Incluso los grandes maestros de la gandallez, dotados de un cierto encanto, son expertos en el arte de fingir arrepentimiento, por eso andan por el mundo cometiendo tropelías y pidiendo perdón, como modus vivendi.

La mejor manera de pedir perdón está en el cuarto paso de los 12 de Alcohólicos Anónimos: “Reparar directamente el daño causado a cuantos sea posible, excepto cuando al hacerlo implicase un prejuicio para ellos o para otros”. Allí está el meollo del verdadero perdón: reparar lo que se hizo. Si yo fuera cura, en vez de mandar a rezar padresnuestros y avesmarías,  mandaría a los penitentes a tratar a hacer algo tangible que restaure el daño que causaron. Que Peña Nieto pida perdón está chido, pero estaría más chido que la convirtiera en Casa del Actor, Casa de la Cultura o casa para indigentes. Mientras deje las cosas igual, sus disculpas no sonarán muy sinceras.

A mí también me llegó la hora de disculparme. Durante mucho tiempo me he victimizado, cuando la verdad es que yo soy el que ha convertido en víctimas a muchos de mis semejantes. A medio 2016, acepto que le debo disculpas a un chingo y dos montones de personas, pero comenzaré por quienes defraudé, estafé y traicioné su confianza: mi hermano Toño y mis compañeros de MILENIO Diario (a éstos últimos les he hecho padecer con mi impuntualidad, teniendo que hacer mi trabajo, pues a la hora que llego ya está todo terminado, y me expongo a que me descuenten el día, lo cual tampoco está chido). Difícilmente confiarán en mi palabra y me tomarán cual Pedro y el Lobo de las disculpas, pero aportaré algo para reparar mis faltas.

Una vez, en un bar, le dije a mi amigo Shay (oriundo de Tel Aviv), que me sentía culpable por algo que le había hecho a mi papá y me respondió: “No mames. Eso es muy judío”. Intrigado, leí el Antiguo Testamento (aunque no todo) y conocí una historia aleccionadora: Jacob, quien se convirtiera en importante patriarca, estafó a su hermano Esaú comprándole su primogenitura por un plato de lentejas (el rústico cazador no sabía que con ese trato renunciaba a una doble ración de la herencia paterna) y haciéndose pasar por Esaú le robó la bendición que su anciano y ciego padre Isaac, tenía deparada para su verdadero primogénito. Cuando el hermano agraviado buscó venganza con 400 hombres armados, Jacob, arrepentido, le envió doscientas cabras y veinte machos cabríos, doscientas ovejas y veinte carneros, treinta camellas paridas con sus crías, cuarenta vacas y diez novillos, veinte asnas y diez borricos, como muestra de arrepentimiento, lo cual, a pesar de que fue una descarada compra de perdón, funcionó.

Yo de momento no tengo ni tres perros ni dos gatos que ofrecerles, pero los quiero, estoy arrepentido y me comprometo ante los lectores a dispararles una ronda de tragos (y a llegar temprano, of course). Quizás mi propuesta suene ligeramente prosaica, pero es más productiva que las disculpas de un político.

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