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El penalti

El penalti
(Waldo)

EL PEZ SOLUBLE
Jordi Soler

Cuando era un niño vivía en un edificio donde también vivían tres futbolistas, que fueron muy famosos en su época y que hoy, como el futbol es un deporte cuyas estrellas se renuevan continuamente y a gran velocidad, ya no recuerda ni Google. La obra de los futbolistas queda en la memoria de quienes los vieron hacer un gesto inolvidable o, desde finales del siglo XX, en YouTube, de manera que, esos tres futbolistas que eran mis vecinos, por haber jugado en una era en la que no había internet, sobreviven exclusivamente en la memoria de quienes los vimos jugar.

Uno era Dante Juárez, El Morocho, un crack argentino que jugó en el Necaxa a finales de los años cincuenta y principios de los sesenta, según mis cálculos pues, como he dicho, no ha quedado rastro suyo en internet, aunque sí queda el de su hijo, que se llama igual, jugó en la Universidad de Nuevo León y, además, fue mi compañero de gamberradas infantiles durante aquellos años. El Morocho contaba con la medalla de haber derrotado 4 a 3 al Santos de Pelé, en 1961, y este resultado glorioso produjo una fotografía que los Juárez habían ampliado al tamaño de un póster y colgado en un lugar prominente de la sala. En esa fotografía, que a mí me parecía el no va más del prestigio, aparecían, en plano rigurosamente americano, abrazados y muy sonrientes, Dante Juárez y el rey Pelé.

El otro futbolista era Juan Rodríguez Vega, un astro de la selección chilena que había llegado a México fichado por el Atlético Español, y se había instalado a vivir, por pura mímesis futbolística, en el edificio donde vivía su colega Dante Juárez. Juan Rodríguez tenía una esposa que se llamaba Gina y dos hijos: Juanito, que era nuestro amigo, y Claudia, su hermana, que estaba como un tren. Juan tenía también un automóvil Camaro azul cobalto que nos arrancaba tantos suspiros como su hija Claudia. Así vivíamos, suspirando entre Claudia y el Camaro azul.

Después de Juan Rodríguez llegó otro seleccionado chileno, el defensa central Alberto Quintano, que hizo durante seis años una efectiva mancuerna con Kalimán Guzmán en el equipo Cruz Azul. Los tres futbolistas que había en el edificio, dos en activo y una leyenda retirada, ejercían un importante magnetismo sobre otros futbolistas. Cada vez que Gina, la mujer de Rodríguez Vega, organizaba una cena con los colegas de su marido, nos avisaba quién venía y nos permitía un momento de fisgoneo. Así vimos a Carlos Reinoso, otro crack chileno, en el momento en que presentaba a sus amigos a Verónica Castro, su nueva novia, y también vimos al rey Pelé, por fin en persona después de contemplarlo tanto tiempo en la foto de los Juárez, comiendo unos canelones que había preparado Gina para la cena.

En 1974, en el Mundial de Alemania, Rodríguez, Quintano y Reinoso, los tres cracks que conocíamos, digamos, personalmente, se fueron a jugar con la selección chilena y, como México no había calificado para ese Mundial, nos dio por apoyar a La Roja, con el privilegio añadido de ver los partidos en la misma casa de Juan Rodríguez Vega, con su mujer y sus hijos. Quiero decir que mientras Juan se batía en el Estadio Olímpico de Berlín, yo lo veía batirse cómodamente sentado en el sillón de su casa, bebiéndome una Coca-Cola de su refrigerador. La selección chilena no pasó de la primera vuelta, jugó solo tres partidos, aunque es verdad que estuvo en un grupo complicado: el Mundial era en Alemania y a los chilenos les tocó con Alemania Federal, Alemania Democrática y Australia. Las cosas no pintaban bien desde el principio, pero en el partido contra una de las dos Alemanias, el árbitro pitó un penalti que, si se transformaba en gol, llevaba a los chilenos a la siguiente ronda. En cuanto se anunció el penalti se hizo un espeso silencio en casa de Juan Rodríguez Vega, un silencio que se espesó todavía más cuando el locutor anunció que era el mismo Juan Rodríguez Vega, el dueño del sillón que yo ocupaba, quien iba a tirar el penalti. No recuerdo haber sentido más presión antes de un penalti, probablemente ni aunque fuera yo el que lo tirara, lograría los niveles de tensión que compartíamos, hace precisamente cuarenta años, los que veíamos aquel partido en la televisión del futbolista. Juan Rodríguez Vega colocó el balón en el manchón de penalti, la cámara hizo un acercamiento de sus manos colocando con esmero la pelota. Luego caminó ceremoniosamente hacia atrás, dio cuatro o cinco pasos y se detuvo a reflexionar, a pensar cómo iba a tirar, por qué ángulo iba a meter el balón. Gina, la mujer de Juan, se mordía los nudillos, mientras Juanito movía nerviosamente la pierna izquierda y Claudia afrontaba aquel momento dramático con una hermosa palidez. Yo estaba sentado en el filo del sillón, mirando alternativamente a la pantalla y a la familia sufriente. Sufrí con ellos cuando Juan corrió hacia el balón, disparó con fuerza y falló el penalti. Qué desastre.


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