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El pastor de las ovejas descarriadas

EL ÁNGEL EXTERMINADOR
Juan Alberto Vázquez

Luis Urbina se convirtió al cristianismo por una vía poco convencional, pero en ocasiones muy recurrente. Debido a su avanzado y deplorable estado, tras largos años consumiendo alcohol y drogas, llegó a dormir en la calle, donde le dio parálisis en las piernas y “el sida y la cirrosis”, según relata al reportero. Algún buen samaritano lo rescató y depositó después en un centro de rehabilitación cristiano, donde conoció “la palabra del señor”.

Hoy mantiene un comedor en La Merced, donde semanalmente ofrece un ágape comunal a más de 100 necesitados, a los que primero somete a una sesión de oraciones, sermón y alabanzas.

La vida del pastor Luis bien podría haber sido filmada por Ismael Rodríguez y estaría siendo proyectada los domingos por la noche en alguno de los canales donde corren colecciones de cine mexicano. Undécimo y último hijo de una familia humilde, Luis retiene las imágenes de su padre borracho de tiempo completo y de su abnegada progenitora, que no conoció otro camino que el de buscar los milagros para sacar adelante a un charco de plebes, realizando tareas como lavar ajeno o atendiendo un puesto de periódicos, a sabiendas de que tenía que conseguir los recursos para alimentar una oncena.

De ese modo, Luis creció en un hogar con escaso amor y recurrentes necesidades. Muy pronto se le vio compartiendo la calle en la zona de Santa Úrsula Coapa, al sur de la Ciudad de México, educándose a su manera frente a un rebaño de jóvenes tan necesitados como él. A temprana edad se inició en el alcoholismo y después comenzó a robar en tianguis y mercados sobre ruedas. Se volvió experto en el hurto y al tiempo comenzó a tejer una red de compradores que adquirían lo mal habido. Años después, ya coordinaba a una decena de cacos que merodeaban por los grandes tianguis citadinos mientras Urbina crecía en el negocio de hacer crecer los contactos entre rateros y compradores.  

Eso le generó altas utilidades ya sin salir de casa. Épocas doradas para beber y drogarse a plenitud. El paso siguiente, aprovechando la cercanía de su vivienda con el Estadio Azteca, fue abrirse hacia la reventa, con la que finalmente llegó a amasar cantidades considerables. Ahí estaba el bisne.

“Recuerdo mucho una ocasión en que fui a la final del futbol en Celaya. Conectado con la red de revendedores locales, invertí mucho en boletos y gané bastante más: cerca de 300 mil pesos que en dos noches celayenses derroché en tugurios y sitios de dudosa reputación. Una noche estaba rodeado de muchas mujeres y a la mañana siguiente amanecí solo en un cuartucho de hotel. Sin un centavo, además”.

AMÉN

Pero todo eso quedó atrás. Luis Urbina no solo se recuperó en el centro cristiano al que fue llevado, sino que ahí mismo descubrió la facilidad que tenía para ayudar en las terapias de otros caídos en desgracia como él. Al paso del tiempo, los mismos redentores que lo sacaron del infierno propio en el que se consumía lo invitaron a prepararse y después de dos años de rigurosos estudios con la Biblia y las materias señaladas, fue elevado a la categoría de pastor.

De eso ya han pasado 10 años

Después de su preparación, de la que ya pasaron cerca de 10 años, salió lleno de energía y enfocado en una sola y gran misión: ser el salvador de gente que vivía en la calle. En pocos años tuvo alrededor de seis comedores comunitarios, que mantuvo con ayuda de un par de mecenas que en su momento le cortaron la ayuda. Por eso es que ahora “solo” se quedó con sus viajes bimestrales a la sierra de Oaxaca, donde acude a llevar ropa y víveres y a ofrecer las lecciones de la biblia. Además de su tradicional jornada de los jueves en el barrio de La Merced.

Ese día de la semana comienza desde muy temprano con la compra y preparación de los alimentos que llevará al centro de la ciudad. La vez que a este reportero le tocó ser testigo, el pastor y otros miembros de su iglesia cocinaron arroz rojo con zanahorias y un guisado de salchicha con cebolla, jitomate y pimiento. De beber agua de horchata y como postre una galleta, además de que a cada comensal se le entregan dos tortillas, servido todo en trastos desechables y adquirido en su totalidad con recursos propios del Luis Urbina. Si no llegó gente suficiente, quienes así lo deseen pueden repetir, incluso hay quien lleva tupperware, por lo que el pastor invariablemente regresa con las ollas vacías.

El religioso arriba a la plaza de La Soledad, en pleno barrio de La Merced, a eso de las tres de la tarde. Coloca su bocina, comienza a dar una desordenada misa, a cantar alabanzas y dar palabras de aliento a cerca de 30 menesterosos que, sentados, parados, o inhalando solventes, escuchan sin mucho ánimo o aplauden cuando una loa lo requiere, incluso sueltan frases incoherentes a mitad del sermón. Al terminar la misa, que dura cerca de 40 minutos, el pastor y sus ayudantes sacan las ollas y de milagro los cerca de 30 oyentes se convierten en más de 100 invitados a la cena del señor. Todos se forman, plato en mano, y van recibiendo su ración.

UN ESPECTÁCULO CONMOVEDOR

El pastor sabe que a muchos de sus invitados no les interesa convertirse al cristianismo, sino solo quitarse el pendiente de la alimentación de ese día, para después regresar al vicio. Pero eso no le genera mayor rencor, pues sabe que si puede salvar una existencia cada tres meses, su misión estará cumplida. Al final de la comilona la mayoría se retira, unos pocos le agradecen y el pastor se aleja unos metros, pues una joven mujer que ejerce la prostitución, con la que ya ha tenido acercamientos, le llama y reitera con timidez sus pretensiones. El dulce pastor Luis sabe que estos momentos son importantes y se empeña en convencerla para que tomen un taxi de una vez y ya luego él la trasladaría a uno de los albergues con los que trabaja y como ya hizo con otras trabajadoras sexuales redimidas por su encanto. Por esa labor, hay que decirlo, ha recibido amenazas de muerte de parte de los padrotillos locales.

Pero él no se asusta. Dice tener al señor de su lado y no quiere que nadie caiga en el infierno del que él salió.

Así pasen 100 años.

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