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El partido del siglo

EL ÁNGEL EXTERMINADOR
Hugo García Michel

Para mi padre (Q.E.P.D), a quien le debo mi amor por el fut.

Cuando mi papá compró aquella serie de boletos para el Estadio Azteca, decidió dividirla en tres partes: una para él, otra para mi hermano Sergio y otra para mí. Como yo era el más chico de los tres, me tocó solo una terceta de partidos. Claro, mi jefe se agenció los mejores, entre ellos el de la inauguración y la gran final. No recuerdo cuáles le tocaron a mi brodi mayor y a mí me designaron el de México contra El Salvador, otro de cuartos de final y uno de semifinales. ¿Quién iba a decir que a final de cuentas el más afortunado iba a ser yo?

Era 1970 y en México se jugaba la novena edición de la entonces Copa Jules Rimet. A mis 15 años atestigüé cómo México aplastaba a los salvadoreños 4 por 0 y cómo, en los octavos de final, Uruguay eliminaba a la Unión Soviética con un gol ilegítimo (entonces yo era un simpatizante acérrimo de la hoz y el martillo y el gol me pareció un golpe artero, producto de una confabulación capitalista de la  FIFA y la CIA contra los intereses del proletariado internacional representado por la patria de Lenin). Sin embargo, mi indignación de precoz bolchevique tenochca desaparecería en el último juego que me había tocado, el de una de las dos semifinales, en la cual se enfrentarían Alemania e Italia.

Como “El partido del siglo” sería conocido desde entonces aquel encuentro del 17 de junio, pero yo no imaginaba lo que me esperaba. Recuerdo las gradas repletas de alemanes e italianos —y de mexicanos que le íbamos a los germanos, ansiosos por cobrar venganza de los pinches azurri que le habían endilgado un humillante 4  a 1 a México en aquella infausta tarde en La Bombonera de Toluca, cuando Ignacio El Cuate Calderón, portero y actor de fotonovelas, se tragó cuatro pepinos anotados por Angelo Domenghini, Luigi Riva (dos) y Gianni Rivera. El gol mexicano lo había anotado el puma José Luis La Calaca González.

Pero regresemos al Azteca y a aquella semifinal que habría de resultar de ensueño. El ambiente en la tribuna alta era increíble, como de estadio europeo. Banderas, cantos, gritos, porras, relajo. No existían las actuales barras y eso hacía que todos conviviéramos tranquilos, a pesar de las puyas que muchos les gritaban a los tifosi, aquellos aguerridos seguidores de la escuadra italiana, y que más bien causaban gracia.

El juego fue cosa de otro mundo, como si alguien hubiera echado en mi refresco dosis de mezcalina, LSD y éxtasis. Porque fue todo un viaje, en especial los frenéticos tiempos extras. Hay que decir que los primeros 90 minutos no fueron algo extraordinario y que todo pudo resolverse a favor de Italia en ese tiempo. Sin embargo, las verdaderas emociones comenzaron ya en tiempo de reposición, en el momento en el cual el defensa alemán Karl-Heinz Schnellinger se lanzó con todo para rematar con el pie derecho un servicio desde la izquierda y empatar de manera angustiosa el marcador a uno. Fue la primera explosión de júbilo, pero aún nos esperaba lo mejor.

Los dioses fueron generosos con todos los que allí estábamos y para los dos tiempos extras nos regalaron un espectáculo inenarrable, sobrehumano, elegiaco. Ver aquella sucesión de jugadas extraordinarias, aquellas volteretas vertiginosas en el marcador, aquellos jugadores con alma de acero como Franz Beckenbauer —a quien apodaban El Príncipe (el mote de El Kaiser vino más tarde) y quien jugó gran parte del encuentro con un brazo vendado al cuerpo—, Uwe Seeler, Wolfgang Overath, Gerd Müller y por el lado italiano leyendas como Luigi Riva, Sandro Mazzola, Gianni Rivera, Giacinto Facchetti. ¡De poca madre! El arte en su más pura expresión. Un orgasmo total que duró 30 minutos. No, corrijo: un orgasmo total que ha durado 44 años y que quienes tuvimos la suerte de vivirlo jamás podremos olvidar.

Primero, fueron los alemanes los que marcaron, al minuto 4 del primer tiempo extra, y se pusieron 2 a 1, gracias a un golazo de Müller. Pero casi de inmediato empató Italia con gol de Tarcisio Burgnich y poco antes de finalizar el periodo, se fueron arriba 3 a 2 con anotación de Luigi Riva. El segundo lapso extra fue demencial, vertiginoso, más cuando Alemania volvió a empatar, al minuto 110, otra vez por intermediación de Müller y apenas 60 segundos después, El Bambino de Oro, la estrella del Milán Gianni Rivera, clavó el cuarto pepino en la redes teutonas, al rematar un pase cruzado de Roberto Boninsegna. Los últimos 9 minutos nos tuvieron, a los más de 100 mil espectadores, al borde de la butaca. Vino entonces el pitazo concluyente del árbitro peruano-mexicano Arturo Yamasaki y con ello la mayor explosión de júbilo de los aficionados de la squadra azurra. Marcador definitivo: Italia 4, Alemania 3. El juego del siglo.

De ese modo, los peninsulares lograron pasar a la final, en la cual Brasil los aplastó 4 a 1 y con ello vengó, de algún modo, el ultraje sufrido por nuestros verdes roedores.


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