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Lunes , 15.10.2018 / 12:23 Hoy

Partes nobles y ardientes

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EL TONO DEL TONA
Rafael Tonatiuh


“Todos los hongos se pueden comer,
pero algunos una sola vez”:
el micólogo

Hace unos días me empezó a dar comezón en las ingles, una situación que suele ocurrirme cuando camino mucho: en las marchas, procesiones y, sobre todo, cuando salgo de vacaciones y recorro paisajes y ciudades desconocidas.

Normalmente se me quita con talco y crema humectante, aunque otras veces he tenido que ir al médico a enseñar mis partes nobles, en tiempos anteriores a los médicos de las farmacias de genéricos y similares, que son económicos y siempre te encuentran una enfermedad.

A principios de siglo

En los albores de la década del 2000, una vez (tras un prolongado jaloneo de un prepucio que no fue circuncidado en su momento) amanecí con el pene irritado.

Aquella vez comí en una pozolería; ingresé al sanitario para caballeros a hacer pipí. Al ver los hielos rebosantes en el inodoro, no pude evitar ceder a la tentación de refrescar mis partes nobles, colocándolas sobre aquella gélida masa, sin ponerme a razonar en la cantidad de fluidos anónimos y privados con probables infecciones que estaban ahí acumulados.

La cosa ardió (literalmente). No quería ir al Seguro, pues hay que levantarse muy temprano para agarrar ficha (y una vez un doctor me puso muy incómodo: era fornido, bronceado, con la camisa abierta para mostrar su pecho peludo, y me preguntó: “¿Has tenido relaciones sexuales últimamente?”. “Bueno, hace un par de semanas, con una chica…” “¿Estás seguro de que era una chica?”, preguntó).

MILENIO estaba en la colonia Tabacalera, Distrito Federal. José Luis Martínez me dijo que se trataba de una infección y me recomendó acudir a un sanatorio barato, que estaba cruzando San Cosme.

El médico que me curó me recomendó circuncidarme, y él mismo se ofreció a hacerme la operación por cinco mil pesos.

He visto a personas que se han hecho la circuncisión, ya grandes, haciendo caras espeluznantes de dolor durante el mes que tarda en cicatrizar. No acepté la oferta. Además del costo, no quería padecer ardores en el pipirrín. Ni modo, nunca sellaré mi pacto con Israel (a pesar de que he leído la Torah, el Talmud, el Zohar, la Kabalah Mística, la Cábalah Hermética y la Cábalah Oritita Mismo).

El Día Internacional de la Mujer

Fui a consulta un 8 de marzo, día en que la mujer reivindica la igualdad y el respeto a su persona. No era un día apropiado para enseñar mis partes nobles y ardientes a una dama. Acudí al consultorio de una farmacia de genéricos y similares, rezando para que no me tocara una doctora.

Afortunadamente no había gente en la antesala, aunque el doctor (por suerte era varón) estaba atendiendo a un compañero del periódico (lo supe porque se escuchaba todo por la endeble pared).

Cuando salió el paciente, nos saludamos y despedimos. El doctor era un anciano parecido al Tata (personaje de Jorge Arvizu). Al sentarme frente a su escritorio, me dijo: “¿Usted también es de MILENIO? No sé qué pasa con ustedes, que nunca se mueren, siempre regresan. Dígame”.

Le externé mi preocupación: “Mire, doctor, desde hace varios días tengo como un salpullido en las ingles, me pongo crema y talco y no se me quita. Le aclaro que no he tenido contacto sexual ni con mujeres ni hombres ni mascotas ni nada. Me arde más del lado izquierdo que el derecho, lo cual, según el Adam Kadmon cabalístico, se debe a que tengo debilitado mi Chokmah, el pilar de la sabiduría. No sé si me infecté por no lavarme las manos al ir al baño, aunque lo dudo, pues nadie se ha muerto por no lavarse las manos. Por otro lado, podría ser la azúcar elevada o cáncer de próstata”.

En ese momento tocaron la puerta. Contesté: “¡Está ocupado!”, le dije al doctor que como la sala de espera estaba vacía, seguramente no sabían si había un paciente en consulta. El doctor agregó: “Además, no se escucha si hay alguien dentro del consultorio. En cambio aquí se oye todo lo que dicen allá afuera”.

Tras examinarme, el doctor concluyó: “Son hongos”.

¡Qué hongo!

Me puse la pomada fungicida que me dio el doctor y me dio comezón, lo cual me pareció ilógico e injusto, pues se supone que les debe dar comezón a los hongos, no a mí (es como si yo tuviera una relación sexual y el orgasmo lo sintieran los hongos, no yo).

Los hongos sobre mi cuerpo son tan independientes como el Bronco y Margarita; son paracaidistas, parásitos que viven a costillas de mi humedad. Se supone que deben morir sobre mi piel y sus cadáveres ser desechados al bañarme. Algo me olía mal (y no era mi cuerpo).

¿Y si el doctor me mintió? ¿Y si no quiso decirme que tenía cáncer de próstata o espermatorrea, aquella enfermedad secreta del principios del siglo XX? ¿Y si el doctor me dijo cualquier mamada porque en realidad nunca había visto nada parecido?

Mi amigo el chamán

Pedí el consejo de la medicina alternativa. Cuando le expuse mi caso al sabio curandero, expresó: “¡Mufififí mojó mojó, añaña ñanga, Kuñamañanga!”, es decir: “¡Esos hongos son superponedores! No los mates, quítatelos con un rastrillo, luego los guardas en unas bolsitas de plástico y los metes al congelador. Después de dejarlos toda la noche te los comes y tendrás un viaje revelador”.

Hice lo que me indicó. Surgieron las notas del“Submarino Amarillo” de entre los muebles, en forma de pelotas de colores fosforescentes. Apareció el ET con cara de David Bowie, luciendo un traje de pachuco que cambiaba de tamaño y de colores, quien me dijo: “El film justifica los medios” y desapareció.

No entendí nada pero me gustó el viaje. Lamentablemente ya no me han vuelto a salir de esos hongos, a pesar de que ya tiré todas las toallas.

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