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Yo también fui parricida… intelectual: Gustavo Sáinz

Gustavo Sáinz
(Mored)

PEPE EL TORO ES INOCENTE
Jairo Calixto Albarrán

Fallecido el maestro Gustavo Sáinz, recupero una entrevista realizada con motivo de sus 50 años de edad. Aparecen recuerdos, fantasmas, motivaciones y sueños de esta figura toral de la literatura mexicana, acariciando la posibilidad de regresar a su patria, luego de años de autoexilio.


Hoy siento una gran necesidad de cambio. Estoy en un impasse, que a veces siento inherente a los cincuenta años; y es curioso porque nunca pensé que esta edad como algo tipificado y de rompimiento. Más bien pensaba que era a los treinta años cuando, como dicen los psicoanalistas, se identifican los síntomas de las crisis existenciales; pero a lo mejor yo voy retrasado y es hasta ahora, que cumplo medio siglo, el momento de experimentar transformaciones radicales. De hecho he pensado en regresar a la ciudad de México, de una manera que se podría calificar de aventurada; soy un desempleado sin nada realmente seguro. Espero que el fondo de resistencia que la universidad y el Estado me proporcionen por mis años de trabajo sean suficientes hasta encontrar un nuevo trabajo.

9125 días de 'Gazapo'

Es una sorpresa pensar que un libro puede mantenerse vigente durante veinticinco años (incluso en 1990 se ha reeditado dos veces). No puedo explicar qué es lo que gusta de esta novela, si la estructura, el tema, si el lenguaje o su importancia histórico-cultural-literaria (relativa importancia). Pero el hecho es que está presente, tú entras a cualquier librería y encuentras ejemplares de Gazapo porque es un texto vivo; y eso me causa desasosiego pues uno se pregunta hasta qué punto el escritor tiene control sobre lo que dice y hasta qué punto lo que dice es independiente de él y forma parte de un área irracional o demasiado conciente.

Yo y mis exorcismos

Entonces no realizo este trabajo para ganar el Premio Nobel o el Villaurrutia: escribo para exorcizar problemas particulares, para cautivar, seducir personas determinadas; todo lo que viene después es producto del azar, de las complicidades de amigos, editores, libreros... Pero a la vez, eso que escribo, y como es susceptible de ser alterado, pues no termina con el punto final de un proyecto narrativo, es el comienzo de uno nuevo. Es decir que no estoy conforme, y busco nuevas técnicas, maneras de contar, métodos de aprensión, a ver si encuentro eso que quiero contar, que no sé qué es, bien a bien. O eso que yo presiento que es la literatura y que nadie con exactitud sabe lo que es.

De la onda

Los historiadores de la literatura, los críticos, necesitan de categorías para definir su trabajo. Durante algún tiempo, los medios de comunicación, han considerado a los escritores nacidos alrededor de los años cuarenta, como escritores de la onda. Pero a parte de esa condición temporal, lo más característico de todos nosotros es que somos totalmente distintos. Esta clasificación curiosa, excluyó a otros autores nacidos en esa época Homero Aridjis, por ejemplo. René Áviles, José Agustín, Parménides García Saldaña y yo hemos sido frecuentemente confundidos, aunque no tengamos ningún libro que se parezca entre sí. Creo que no puedes unir a un grupo de escritores por los temas (el tema de la juventud era común entre nosotros, pero también lo es para escritores posteriores), mucho menos inventar a un grupo como el de los ateneístas, contemporáneos o estridentistas; ni a René Avilés, Agustín, Parménides y a mí se nos ocurrió firmar un manifiesto o una revista literaria, a pesar de haber sido amigos muy cercanos. Además en nuestro círculo de amistades entraban todo tipo de escritores de mayor o menor edad y propósitos diametralmente distintos a los nuestros, como Vicente Leñero. Si hay algo que realmente nos une es esa vocación por la búsqueda y la experimentación; que si nos equivocamos o no, todos nosotros seguimos arriesgando, continuamos haciendo bailes narcisistas o como se le quiera llamar, mientras que otros escritores se han callado o han llegado a la madurez (je, je).

Nosotros crecimos con el modelo del escritor-hombre social, que habla de política de artes plásticas, de teatro, de literatura y que se ejercita a sí mismo haciendo su propia literatura, como Voltaire, Jean Paul Sartre, Octavio Paz y Carlos Fuentes.

El diablo y el libro

"El novelista es gemelo de Luzbel" dijo alguna vez Carlos Fuentes. El novelista es entonces tentador, el curioso, el condenado. ¡Qué atinada era esa versión! Por eso mi novela se llama A la salud de la serpiente, es decir, yo brindo por el diablo. Y el papel del escritor es el de restablecer la memoria del mundo, de su cultura. Cioran dice que los libros deben ser peligrosos por despertar polémicas, e implica la vitalidad del libro. No se puede crear alrededor ejercicios laudatorios infinitos, hay que criticarlos también para colocarlo en su justa realidad. Cuando Fuentes fue Krauzificado eso no acabó con él, ni siquiera contestó nada porque es muy sabio. (Incluso una vez dijo que por las mañanas se desayunaba a sus críticos). En un texto muy temprano de Octavio Paz dice que Carlos Fuentes va a ser incinerado y que como Ave Fénix resurgirá de sus cenizas. Esto para decir que el escritor es una especie de tótem social, al cual a veces hay que escupirle, gritarle y otras veces ir a venerar, a ver si dice algo que cambie tu vida radicalmente.

Los parricidas

Al regresar a México me podría encontrar a la deriva por no estar incorporado a ningún grupo, pero bien puedo hacer el mío propio y que sea competitivo con los demás. Es estimulante que haya tantos, mucho mejor que estar en un lugar que a nadie le importe la cultura o la literatura. Ese era uno de mis grandes temores cuando estaba por decidir si me iba a vivir a la provincia, estar alejado de las polémicas, las contradicciones, la constante ebullición de la cultura que hay en una ciudad como la de México.

Además ya aparecieron los parricidas intelectuales de mi generación y eso es muy interesante. Yo, en su momento, también fui parricida, de aquellos libros solemnes de la narrativa mexicana; no es que desprecie libros como La sombra del caudillo o El águila y la serpiente de Martín Luis Guzmán, al contrario, son textos maravillosos, pero me extrañaba mucho que los personajes de este escritor hablaban como andaluces o madrileños, es decir, que la novela no me diera toda la gracia, toda la picardía de las letras de la canción mexicana, del corrido; yo notaba una especie de esfuerzo por diferenciar la cultura del pueblo de ésa de yo soy culto, de hablar latín y ustedes no conocen el diccionario de la Real Academia. Entonces mis libros fueron contralibros de esos trabajos, yo trataba de plantear la aprehensión de la realidad en términos distintos a como lo hacían estos escritores. Y ahí tienes que yo encuentro detractores y un público que me apoya en la realización de ese crimen: Maté a todos los escritores serios con la característica principal de todas mis novelas: la antisolemnidad (espero que con los años no se haya vuelto solemnidad de nuevo). Mis novelas siguen arriesgándose en cuanto a su forma.

Como conclusión yo diría que el escritor mexicano existe, que está en constante peligro, está arriesgando más de lo que personalmente le pertenece, está en una lucha que seguramente va a perder, pero que de todas maneras va a tener que emprender; su única opción es cumplir con su destino que es el de la escritura.

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