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Todos los paraísos en una vida

Sam Shepard
(Ilustración: Tacho)

EL ÁNGEL EXTERMINADOR
Daniel Herrera

El día que murió Sam Shepard, dos amigos escritores, que, curiosamente, no se soportan entre ellos, vamos, que no pueden verse ni a cinco cuadras de distancia, afirmaron, cada uno por su lado, que Sam podía hacer lo que se le daba su reverenda gana porque era Sam, Shepard. El Sam Shepard.

No es que quiera sumarme a esta afirmación de fan con tanta ligereza, pero es complicado no hacerlo.

Sam Shepard es conocido por ser casi un hombre renacentista, no solo fue actor, también dirigió cine, escribió obras de teatro y guiones de cine, publicó por lo menos diez libros más los que se acumulen, músico y amante de Patti Smith. Muchos no lograremos realizar ni siquiera una décima parte de lo que hizo Shepard en una vida.

Es el rostro de Sam tan conocido que incluso aquellos que no saben mucho de cine o que les da igual quién es quién podrían reconocerlo. El actor/dramaturgo/director/escritor/músico actuó en Magnolias de Acero, en el Informe Pelícano, en Hamlet 2000 o en Mátalos suavemente. Llama la atención la tendencia a aparecer como actor secundario, por ejemplo, el personaje Robert Rayburn, patriarca de la familia Rayburn en la serie Bloodline. Pero esto nunca rebajó la calidad de su trabajo.

El asunto es que yo acá vengo a hablar de sus libros, porque de sus obras de teatro la verdad que es complicado, no solo porque hizo más de 30 obras, sino porque a lo más que puedo aspirar desde esta ciudad es a leer, muy lejos me queda el teatro de Shepard.

Como a muchos escritores de mi generación, su obra literaria me deslumbró en la juventud. Crónicas de motel fue un golpe demoledor y me dejó dándole vueltas a las pequeñas historias durante varios días.

Por ejemplo, recuerdo sin recurrir al libro el texto que habla de su padre viviendo alejado de todos en el desierto. Pude imaginarlo sin ninguna dificultad en medio del desierto texano-coahuilense. Aunque cuando voy al texto original resulta que está ubicado en Nuevo México. Parece que retrata a un personaje de alguna película, pero la foto al final del relato nos revela que al parecer su padre es de esas personas que no se llevan bien con la gente.

Crónicas de motel es una suerte de pequeños recuerdos, poemas y reflexiones sobre el desierto y la soledad. Algo así como un extraño diario de Shepard que también incluye su vida en California y el complejo mundo del cine.

Años después logré encontrar CruisingParadaise. Un libro de relatos, unos más cortos que otros, salpicados con textos en donde solo leemos diálogos que logran construir una historia y además la descripción minuciosa de los personajes. Esto, pienso, tiene que ver con la claridad de su prosa y la descripción parca en las emociones de sus personajes. Siempre con cierto autocontrol, casi estóicos, nunca exagerados. Shepard controlaba con gran habilidad la combinación de circunstancias extrañas con diálogos realistas. Un ejemplo no literario pero que funciona como maestro para cualquier escritor es Paris, Texas, la película de culto escrita por Shepard.

En 2003 publicó El gran sueño del paraíso. 18 cuentos que siguen la misma temática que los anteriores. Los personajes atrapados en una vida que no necesariamente es la que más desean pero que es todo lo que tienen. Recuerdo con especial cariño el cuento que le da título al libro. La historia de dos amigos ancianos que ya no tienen nada por esperar, sólo la visita diaria al Denny’s favorito. Hasta que uno de los dos decide salir del círculo social en el que viven.

Hay un libro más que es relativamente fácil de conseguir en español. Habrá que decir que para encontrar los libros de Shepard se necesita un poco de esfuerzo. Tampoco son inconseguibles, pero es poco probable que estén en los estantes del Sanborns.

Decía, entonces, que Rolling Thunder es otro libro que he podido leer del autor. Es un diario, pero también un cuaderno de apuntes que escribió mientras giraba con Bob Dylan por Estados Unidos y Canadá durante 1975 y 1976. La idea de esta gira era convertir el escenario en un lugar a donde pudiera acudir todo tipo de músicos o escritores o pintores para participar en una renovación del espíritu de los sesentas.

Ahí se podía encontrar, además de Dylan, a Joan Baez, T-Bone Burnett, Mick Ronson y Roger McGuinn, pero también al poeta Allan Ginsberg y al desconocido entonces, Sam Shepard, quien estaba encargado de escribir los diálogos de una supuesta película que se rodaría durante la expedición.

El film no sucedió, pero sí apareció este libro, una joya porque relata con emotividad y sencillez las situaciones que se viven en una gira multitudinaria. Sam explora el carácter de casi todos los integrantes del grupo y además explica lo complicado que es seguir el ritmo a tanto artista genial. 

Shepard no soporta demasiado las exigencias de los viajes y se aleja justo antes de que el grupo cruce la frontera hacia Canadá. No todos los rockstars son iguales.

Hacia el final del libro el autor narra el encuentro que tuvo con Dylan un año antes de salir en la Rolling Thunder. Estrenaba una obra de teatro, Geografía de un soñador de caballos, y la noche no pintaba nada bien. La función era exclusiva para los críticos y para Bob. Las emociones y el nerviosísimo se prenden de Sam como perro de pelea. Huye a un cuarto solitario y no desea ver al público. Al final regresa al teatro y es testigo de cómo Bob Dylan sale de ahí dando gritos: “¡No tengo por qué ver esto! ¡No he venido aquí para ver esto!”

No es esta anécdota lo que más me agradó de ese fragmento del libro, sino las reflexiones que hace respecto a la escritura.

Se pregunta si vale la pena colocar una palabra delante de la otra y después exponerlo. Algo que comenzó de forma por completo íntima, termina frente a los ojos de los demás para que lo amen o lo destrocen. Él habla del teatro, pero queda claro que se puede aplicar a todas las actividades artísticas.

No sé si vale la pena hacerlo, si servirá de algo para el futuro o si la vida de cientos cambió con sus obras. Sé que la mía sí lo hizo hasta cierto punto y también que por más dudas que experimentó nunca se detuvo. Incluso poco antes de su muerte.

Patti Smith publicó una íntima carta en The New Yorker el día que se anunció la muerte de Shepard. En ella cuenta cómo fue la última vez que lo vio hace poco, y lo que hicieron: trabajar, casi todo el tiempo.

Por fortuna para nosotros, Shepard nunca dejó de hacer lo que siempre hizo desde joven y eso es suficiente para seguir poniendo una palabra tras otra.

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