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Casi el paraíso batmaniaco

Batman
(Apache Pirata)

PEPE EL TORO ES INOCENTE
Jairo Calixto  Albarrán

El hombre murciélago cumple 75 años. Y como en El caballero nocturno, de Frank Miller, abrumado por sus rencores, cargando con sus angustias y remordimientos, con los huesos lacerados y el alma descuartizada, se niega a ser un héroe fatigado.

Batman, reducido a su mínima expresión, es un resentidazo social y una criatura vengativa como cualquiera a la que le hubiera ocurrido una tragedia como la de él, pero al ser portador de una máscara tras la que refugiaba su doble vida, aquello lo covertía en una pieza electrizante, seductora. Era darkie, siniestro, hiperviolento, fetichista, como bien dice el venerable le Grant Morrison en Supergods, autor de culto y creador de una de las historias que rompieron drásticamente con el género de la novela gráfica e inauguraron territorios del desvarío, la prestidigitación moral y el diseño artístico bárbaro: Arkham Asylum.

En la nueva película de Batman se enfrentará con Superman, un personaje con el que ha tenido una relación digamos que tensa. Clark Kent es un working class heroe, mientras que Bruce Wayne es un pobre niño rico. Batman es un ser de la oscuridad que repta en la sordidez y el desamparo; Superman es la claridad, la morigeración. El primero se desliza por el lado torcido de la ley; el segundo siempre va conforme a derecho. 

Bruce Wayne y Clark Kent vienen de la tragedia y recalan en dos territorios distintos: el murciélago en la densa Ciudad Gótica de arquitectura abigarrada, correosa, donde se agazapan los corazones turbulentos; el de Kriptón en la esbelta y fría Metrópolis. 

Pero Batman y Superman son uno mismo, y sus personalidades quedan ensambladas y remachadas por la angustia de saberse huérfanos, condenados a luchar por una justicia carente de ideología, ajena a los abanderamientos sociales (ambos combaten los síntomas de la maldad y la villanía, no los resortes que los proyectan desde las arterias del capitalismo salvaje), y sin asideros filosóficos más allá de los libros de autoayuda. A diferencia de Superman y sus archienemigos que tienen el superpoder de corromper a las autoridades, Batman carece de capacidades especiales y maravillosas; sus únicos recursos son la disciplina y la inteligencia pero, sobre todo, un alma descompuesta que se conecta directamente con ciertas manifestaciones de la hiperviolencia sadomasoquista.

A diferencia de Superman, que llega al mundo con su herencia genética de poderes sobre humanos y cuya educación wasp en la granja de los Kent lo lleva a luchar por la justicia y la libertad, Batman escoge el rol de trabajador de las causas justas solo por negarse a ir a un psiquiatra a hacerse un lavado craneal que lo deje en paz consigo mismo.

Batman tiene los más perrones archienemigos: El Guasón, en la interpretación sublime de tres genios: Jack Nicholson, César Romero y el irónico marchito Heath Ledger; El Pingüino, encarnado por dos maestros: Danny de Vitto y Burguess Meredith (a la sazón, el gruñón entrenador de Rocky Balboa); Gatúbela, cuya sensualidad supera a la Supergirl, a Loise Lane y Lana Luna, sobre todo porque ha cobrado vida a través de Julie Newmar, Michelle Pfieffer y Halle Berry, dos espectaculares y la  última un desastre; El Acertijo, cuyo papel más memorable estuvo a cargo del legendario John Astin, mejor conocido como Homero Addams, mientras Jim Carrey lo desprestigiaba.

En cuanto a Bane, la verdad es más aterrador en el videojuego que ha llevado a Batman a niveles estremecedores, Arkham Origins, que en la última cinta de la serie de Nolan.

Batman cumple 75 años y todavía no le duelen las corvas.

‘CASI EL PARAÍSO’

Educado en una familia de liberales y comunistas, menosprecié al escritor Luis Spota como lo menospreciaron las mafias culturales de la última mitad del siglo XX. Y es que tampoco se ayudaba: muy cercano con el poder, complaciente con los políticos priistas, derechoso sin medianías y, además de todo, presidente de la Comisión de Boxeo del DF, era difícil tomarlo en serio. Sobre todo cuando escribía un libro cada ocho días destinado a alimentar la industria del bestseller, en su mayoría piezas desechables, predecibles y sin gracia. No obstante, tiene una novela fundamental que data de 1956 y que sin dudar se lleva de calle a la abultada producción literaria nacional —hoy publica, la verdad, cualquiera que tenga una historia aburrida y sin punch, quizá con buena factura pero condenada al elogio de la élite, el elogio de la secta y los snobs, y para consumo hipster— y que responde al nombre emblemático de Casi el paraíso.

Desprovista de un tejido complejo pero que hace la radiografía despiadada de la burguesía mexicana alemanista, superficial, cursi y aspiracional, nos cuenta la historia de un vivales, un Pito Pérez con estilo y glamur que se hace pasar por príncipe, el gran Ugo Conti, que recala en esta patria nomás descubrir al primer contacto que está hambrienta de ser engañada, saqueada, sometida, caricaturizada, corrompida…

Un novelón intenso que describe cómo este distinguido antihéroe que pasa de ser el hijo de una puta a transformarse en un hijo de puta con gazné y modales aristocráticos que cruza el pantano y lo deja peor.  El arribismo propio de quienes a fuerza de audacia toman los atajos para alcanzar fortuna. El elogio de quienes hacen de la mentira una de las bellas artes.

Spota, con el ánimo que luego perdió en el mar de las zalamerías, nos guía por el mundillo cagantillo donde socialités y políticos hacen licuado, a la manera de un fresco rudo en el que se desprecia ese circo de vanidades y apariencias al que luego atisbamos en las secciones de sociales. 

Pero el apetito de Spota es tal que no se conforma y se arroja al otro México de los intelectuales y artistas que juegan al tremendismo. En una escena grotesca pero deslumbrante, Ugo Conti termina en una reunión en casa de Diego Rivera, donde se fraguan revoluciones y complots. Allí, el príncipe reflexiona sobre esta extraña zoología fantástica: “Debe ser el uniforme de los bohemios mexicanos —recordando a los existencialistas de París que tampoco se bañaban y que de andar mal vestidos hacían una moda; y de portar harapos, un uniforme. Ellos también rivalizaban entre sí, para ver quién era el peor ataviado. Las otras gentes, las que se llaman bien, compiten igualmente por el pequeño orgullo de que su ropa sea la mejor y la más cara, la misma porquería en los dos extremos”.

Con humor sobrecargado de cinismo e intemperancia frente al dudoso espectáculo que contiene, Casi el paraíso posee una estructura de telenovela pero argumentos fieros que desarman a ese México posrevolucionario que también animó la pluma de Carlos Fuentes. Quizá la diferencia radicaría en que Spota no se extraviaba en laberintos y llamaba a las cosas por su nombre, mientras Conti jugaba con la mente de la folclórica burguesía que rendía a sus pies, como un gato de angora con una bola de estambre. El lo sabía: “No hay nada peor que una puta cuando se vuelve decente”.

Casi el paraíso al final se decanta por la moral en vez de mantenerse en el cinismo donde habitan los impunes. Luego Spota quiso revivir a su príncipe maldito en Paraíso 25, pero ya nada fue igual.

Ahora, cuando lees esta novela escrita hace décadas, parece que acaba de ser editada y que sus contenidos fueron inspirados por el México de nuestros días cuajado de papalords, hipsters, ladies de Polanco, radical chics, anarquistas que no conocen a Bakunin, prófugos de Oceanografía, políticas que van a MILF y una zoología nada fantástica de arribistas que nutren nuestro livin’ la vida loca.

Ugo Conti hoy, no se dejaría una pa’ comadre.


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