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Padres, dejen a los profesores en paz

Donde mejor podemos ver esta ineptitud frente a la vida es en el lugar más virtual de todos: la escuela.
Donde mejor podemos ver esta ineptitud frente a la vida es en el lugar más virtual de todos: la escuela. (Especial)

EL ÁNGEL EXTERMINADOR
Daniel Herrera

Es momento de aceptarlo: somos débiles y consentidores y estamos criando una generación completa que, con absoluta comodidad, se quedarán bajo nuestro amparo el mayor tiempo posible.

Y esta protección que les damos, porque se nos ha dicho que esa es la nueva forma de crianza posmoderna, los inutiliza para lidiar con lo que sucede más allá de la puerta del hogar. Con los resultados que estamos obteniendo no me sorprende que los veinteañeros acercándose a los treinta no sólo huyan, con justa razón e inteligencia, a la paternidad. Si no que incluso nos ven a nosotros, los que ya estamos en los cuarenta con una mezcla de decepción y lástima.

Tampoco quiero la compasión de los millennials, váyanse al carajo, pero sí comprendo que los más listos entienden cuál es el camino que no deben seguir: el que les hemos trazado con tanto ahínco.

¿Qué sucederá con nuestros hijos cuando salgan a la vida y tengan que lidiar con este mundo de mierda? Pues nada bueno, supongo.

Es probable que algunos, en este momento, mientras leen, tienen también sus opiniones: “este imbécil cree que vive en un mundo de pastel”. “Este tarado no sabe que en México existen más de 20 millones de pobres”. Sí, sí, lo sé. Estamos hundidos en la pobreza y lo que comento aquí apenas se puede aplicar a unos cuantos millones. Y sí, todos estamos indignados, como aquellos que ya dejaron de leer esto.

Para todos los demás, un par de millones, seguro, quienes, con titánicos esfuerzos, decidimos mantener a nuestros hijos suponiendo que ellos pueden vivir en un mejor futuro, para todos nosotros, esto que escribo es una casi una plegaria para permitir que nuestros hijos se tropiecen bien y caigan de cabeza y se tengan que sobar por ellos mismos.

Donde mejor podemos ver esta ineptitud frente a la vida es en el lugar más virtual de todos: la escuela.

Ese espacio, tan golpeado y ensalzado al mismo tiempo, es uno de los más importantes en la vida de cualquiera. También lo fue para nosotros en su momento y lo es, ahora mismo, para nuestros hijos. La escuela, que en un minuto es la cima de una montaña y al siguiente es parte del infierno con todo y rechinar de dientes, es donde los hijos pueden experimentar, de forma controlada, la realidad.

Si, también algunos dirán que hay escuelas horribles con maestros abyectos que a la menor provocación les meten mano a los niños. Y sí, creo que deberían romperles los dedos, uno por uno, a ese tipo de inmundicias que aprovechan su posición de poder para satisfacer sus más puercos deseos. Pero, una vez más, millones de niños y adolescentes asisten a clases todos los días y pasan el día sin que, por fortuna, sufran un ataque de tal tipo.

Me atrevo a afirmar que, en la mayoría de las escuelas privadas y muchas públicas de este país, los profesores se preocupan, en mayor o menor medida, por completar, de alguna forma, supongo y con resultados variables, los programas de estudio.

Ya con eso, es probable que un alumno clase mediero promedio mexicano pueda alcanzar cierto tipo de conocimientos, que una gran mayoría de los niños y adolescentes del país no podrán conseguir.

Bien, el problema es cuando los padres decidimos que nuestros hijos no están seguros en la escuela, o peor aún, están indefensos ante los abusos terribles que cometen los demás, sobre todo los profesores, quienes, oh, malvados, han decidido calificar, de alguna forma, los conocimientos que ellos mismos impartieron durante varios días. Y ahí vamos, corriendo a cuestionar al profe porque se le ocurrió evaluar al vástago insufrible de cierta forma, con un resultado desfavorecedor para quien hacemos esfuerzos descomunales, como es salir de la cama y luego de la casa y meternos en un trabajo ocho horas todos los malditos días.

Es un hecho que todos nosotros nunca conoceremos bien a nuestros hijos, porque, lo sabemos, jamás son los mismos en casa que en otros lugares.

Supongo que lo anterior no sorprende a nadie. Entender que jamás dilucidaremos por completo a nuestros propios hijos es el primer paso para dejarlos en libertad. También me parece ideal que, conforme crecen, deben hacerse cargo de sus propios errores y, en la medida de lo posible, entregarles su vida para que la resuelvan como puedan.

Por eso no comprendo a los padres que han decidido husmear en todo lo que hacen sus hijos. Incluso presentarse en la escuela para expresar dudas acerca de cómo hacen el trabajo los profesores. Primero, hagamos el siguiente razonamiento: los profesores son mujeres y hombres que decidieron, contra toda lógica, dedicar su vida a educar y cuidar a hijos ajenos. En serio, ¿alguien quiere pararse en la escuela a decirles que lo están haciendo mal? Incluso los malos profesores, malos en el sentido de que no hacen bien su trabajo, no en el sentido de maldad pura; decía entonces, que incluso ellos se paran todos los días a hacer ese trabajo que la gran mayoría de la población decidió nunca realizar. Vamos, que si alguien quiere soportar y lidiar con mis hijos, en un ambiente controlado como es la escuela, lo único que puedo hacer es agradecerle con el corazón.

Ahora, supongamos que de verdad un profesor de una escuela privada odia a un alumno. Es la idea más estúpida que he escuchado en mi vida. ¿Quién puede creer que un adulto ha resuelto dedicar algunas horas de vida a odiar a un niño o a un adolescente? ¿Se fijan lo tonto que suena? Vamos, es como si el profesor estuviera en cualquier lugar, digamos en su auto, cargando gasolina, y de pronto apretara el volante del auto y dijera: “ese Ramón va a ver, lo detesto tanto que lo reprobaré”, y después de eso soltara una carcajada maligna. Seamos realistas, estoy seguro que los niños y adolescentes le pueden caer mal a los maestros, pero es absurdo pensar que los profesores deciden odiar a alguien tanto como para, como para, pues para reprobarlos, porque más allá no se puede hacer nada.

Ahora, en un escenario pesimista, supongamos que un maestro ha decidido odiar a un alumno. También debemos suponer que es un adolescente de 14 años, una edad infernal, sin duda. Bien, pienso que lo mejor que puede sucederle a ese adolescente es recibir ese odio gandalla, levemente violento, porque los profesores ya no les pegan a los alumnos como antes. Después de entender que el maestro lo detesta, pues no le queda otra opción más que lidiar con eso. Resolver el problema, con inteligencia y habilidad. Correr hasta la escuela a enfrentar al profesor, sólo convertirá al adolescente en un inepto debilucho. Un poco de rudeza le dará la inteligencia necesaria para resolver los mismos problemas más adelante.

A lo que voy es que debemos dejar a los profesores hacer su trabajo. Si nuestro hijo decide reprobar todas las materias, es porque no puede o no le gusta la escuela. Debemos comprender que es en ese lugar en donde podremos descubrir esa otra parte de la personalidad de nuestros hijos, incluso aunque no nos guste lo que veamos. Al final, los maestros están de nuestro lado, a pesar de que no siempre lo demuestren.

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