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El ojo y su prótesis 

Nostragamus
(Nostragamus)

En esa película excéntrica y brillante que se titula Historia de Lisboa (Lisbon Story, 1995), el cineasta Wim Wenders propone la filmación de una película virginal, cuyo contenido no haya sido visto por nadie, ni siquiera por el ojo del que la ha filmado, y para lograr semejante desafío (porque quién está detrás de la cámara ve, normalmente, lo que está filmando), se le ocurrió ponerle al camarógrafo la cámara colgando por la espalda, para que al desplazarse fuera registrando lo que sucedía detrás sin que él pudiera verlo. Así solucionó Wenders el problema de hacer una película que no hubiera visto absolutamente nadie. El proyecto es,  desde luego, opinable, ¿para qué sirve una película que no ha sido vista  por nadie? Sirve para demostrar que es posible hacerla, que existe y que está  guardada dentro de una lata que contiene secuencias de la realidad que nadie ha visto ni verá nunca. También puede pensarse que no sirve para  nada, lo cual convertiría a esta película hipotética en una obra de  arte.  

Historia de Lisboa es una película caprichosa, arbitraria y deslumbrante, parece que el director se enamoró de la cantante portuguesa Teresa Salgueiro y que construyó una obra cinematográfica alrededor de su persona y de los estremecedores fados que canta. Por otra parte hay que reconocer que, en el caso de que sea cierto el enamoramiento que se percibe en la historia, es muy riesgoso y complicado hacer una película dejándose guiar por los efluvios de Venus. En todo caso de esta película me interesa la idea extraordinaria de ese filme que nadie ha visto ni verá nunca, porque se contrapone violentamente con el papel que juega hoy la imagen, en videos o en fotografías, en nuestro desconcertante mundo contemporáneo, en el que las películas, o fotos, que hace la gente con sus teléfonos, cobran sentido, existen, en el momento en que se comparten, frecuentemente con muchas personas  cuando se cuelgan en una red social. El camarógrafo de la película de Wenders llevaba un armatoste en la espalda para hacer eso que hoy, veinte años más tarde, podría haber ejecutado con un ligerísimo teléfono. Las películas no vistas que rodaba este hombre, iban a parar a un galerón en donde iba acumulando, lata sobre lata, toda su obra de filmes virginales.  

Las fotos y los videos son hoy parte de la conversación cotidiana, la gente se envía fotos en vez de decir, o de escribir ideas pero, sobre todo, el acto de hacer fotos, la persona mirando la realidad a través del ojo  fotográfico del teléfono, ha cambiado nuestra manera de enfrentar y de  percibir los acontecimientos. Por ejemplo, el pasado diciembre asistí al espectáculo de fin de año que ofrecía la escuela donde  estudian mis hijos. Era el típico espectáculo en el que los niños cantaban canciones de navidad para sus padres. La situación era idéntica a otras miles que se reproducían, al mismo tiempo, en cualquier ciudad del mundo occidental: un tumulto de niños cantando para un público adulto que atiende media docena de canciones mientras piensa, con un sosegado nerviosismo, en el caos que dejó en la oficina al salir corriendo al colegio de sus hijos, o en el coche que dejó mal estacionado porque ya iba tarde. La manera contemporánea de asistir al espectáculo que ofrecen los niños es a través del ojo electrónico del teléfono, todos los padres que tenía yo  alrededor grababan en video o hacían fotografías de lo que sucedía, todos, sin excepción, miraban la realidad filtrada por su prótesis telefónica, la realidad acotada por la ventanita del aparato, el panorama reducido a las tres o cuatro cabecitas que rodeaban al hijo de cada uno de los padres fotógrafos. En medio de aquel mar de teléfonos sostenidos en alto, con el brazo bien estirado para lograr un mejor ángulo, yo trataba de hacerme un hueco para lograr  ver, con los ojos desnudos, la actuación de los niños, era yo el único  que miraba la realidad sin prótesis, el único que a falta de gigabytes optaba por la memoria de toda la vida. Pero lo mismo pasa, con distintas intensidades, en un estadio de futbol, en el discurso de una figura pública o durante un vistoso atardecer, no memorable sino fotografiable, en el que todos sacan su teléfono para quedarse, por medio de ese ritual que raya en el animismo, con el pedacito de realidad que les corresponde. Parece que los acontecimientos y las vistas simples o esplendorosas comienzan a existir hasta que quedan capturadas por la cámara del  teléfono, y que la experiencia sin registro fotográfico carece de importancia.  

Pero centrémonos solo en esos espectáculos infantiles que tuvieron lugar a fin de año, en todas las ciudades de Occidente: ¿qué pasa con ese océano interminable de imágenes grabadas en teléfonos? Se antoja pensar que existe un galerón paralelo, de películas vistas, desmesuradamente más grande que el de películas no vistas nunca que proponía la historia de Wenders. El personaje de Wenders grababa una realidad que no veía, mientras que nosotros, para ver la  realidad, la grabamos, la registramos a través de nuestra prótesis ocular. 

Jordi Soler

@jsolerescritor  

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