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Martes , 16.10.2018 / 12:51 Hoy

No hubo dragones*

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Miles de scouts salimos a la calle la mañana del 19 de septiembre de 1985, dispuestos a llevar a la práctica los valores inculcados por el escultismo: a falta de armadura para enfrentar quiméricos dragones, corrimos a calarnos el uniforme en un gesto que hoy mucho encuentro de atávico. A diferencia de las correrías de campamento y otras fanfarronadas juveniles, nos cuesta trabajo evocar los recuerdos de aquellos aciagos días de septiembre. De ahí la importancia de los testimonios presentados a continuación: silbatazos sin respuesta perdidos entre las ruinas de la memoria. —Arturo Reyes Fragoso/compilador


Picaresca

Yo vivía en la azotea de un edificio en la calle Independencia, atrás de la Alameda Central, donde mis padres eran los porteros; cuando empezó el sismo nos quedamos en el patio de la azotea, esperando a que se cayera el edificio o el hotel de al lado; después que pasó, me puse mi camisola y pañoleta para empezar a sacar a todos los inquilinos del edificio.

Cuando ya todos estaban afuera, vi que la mitad de un edificio cercano se había venido abajo; me acerqué y, como unas personas me vieron con mi uniforme, me pidieron ayudarlos a sacar a dos personas adultas. Me dijeron el piso donde estaban, pero pues yo veía que ya no existía.

Total, subí.

Asomándome por una pared en ruinas les pedía a los de afuera que me dijeran por dónde estaban las personas atrapadas. Me dirigí hacia el lugar que me indicaron, donde ya no había paredes ni puertas, nada, solo escombros y muchas chispas de corto circuitos, como en las películas de submarinos.

Después de unos minutos, encontré a una señora lastimada de la espalda; la puse sobre una puerta que estaba ahí tirada, amarrándola para que no se me cayera.

Me dijo que su esposo estaba al lado.

—Mire, ahí solo hay un muro caído y no creo que haya sobrevivido —le respondí.

—Búscalo y baja su cuerpo.

Bajé a la señora y, antes de salir, varias personas me ayudaron con la puerta sobre la que la coloqué; regresé a buscar al señor a quien, por suerte, encontré entre dos camas y el muro encima, sin que le pasara nada.

Al bajarlo me ayudó un policía que, al salir del edificio y después de que al señor lo tomaron sus familiares, me dijo:

—Acompáñeme, joven.

—¿A dónde? —le pregunté.

—Está usted detenido.

—¿Por qué?

—Porque puso en riesgo su vida y, en lugar de dos muertos pudieron ser tres.

—Pero qué tal: fuimos tres vivos.

Me llevaron a la Octava Delegación donde, después de unos minutos, me dijo el que atendía:

—Vete, gente como tú necesitamos.

Me salí de ahí para regresarme al hotel Regis, donde sacábamos puros muertos; en el Hospital General no me dejaron entrar, tampoco en el edificio de Tlatelolco por orden de Plácido Domingo, así que solo me dediqué a ayudar a desalojar la zona donde vivía, hasta que me echaron los de la Marina.

•Juan Carlos Ruiz López, entonces dirigente del grupo 14, provincia Iztapalapa

Tertulias y siestas

Debido a que la mayor parte del tiempo estábamos en la noche y siempre había movimiento, algunos vecinos se fueron uniendo a las veladas; alguno llevó su guitarra y se armó la tertulia; incluso, algunos de los trabajadores que llegaron con nosotros se relajaban con la fiesta que traíamos.

Algunas ocasiones, cuando alguno de nosotros estaba muy cansado, tendía una de las “bolsas para muerto” de plástico negro, para dormirse sobre de ella: era eso o sobre el piso, pues las colchonetas desaparecieron.

•Sergio Pérez Delfín Landeros, entonces tropero del grupo 281, provincia Coyoacán


¿Muertos en servicio?

Mueren dos scouts en la réplica: se les cae una barda en la Roma, por una de las calles que dan a Álvaro Obregón. Una persona llegó a nuestro centro de acopio en Santa María la Ribera, a decírnoslo: se murieron dos chamaquitos como de 14 años, con unos uniformes como los que traen ustedes. Habían estado ayudando a sacar piedras para sacar gente en una casa y con la réplica les cayó encima el resto de la barda. Dimos el informe a la Asociación de Scouts, pero no sabíamos a quién más avisarle porque no sabíamos quiénes eran.

•Sergio Andrés Fernández Vázquez, entonces integrante del grupo VII, provincia Miguel Hidalgo


No recuerdo ningún scout muerto en servicio: de haber sido así, me habría enterado y se hubiera reconocido.

•Antonio Pozzi Pardo, entonces presidente y jefe scout nacional de la Asociación de Scouts de México


Baden-Powell, otro damnificado

En 1962 se colocó un busto de Baden-Powell en el multifamiliar Juárez, resguardado después del terremoto en las oficinas del Sindicato de Hacienda, en Tlatelolco; en enero de 1987, con la presencia de los presidentes de varias organizaciones escultistas y las autoridades de la delegación Benito Juárez, volvió a develarse luego de reubicarlo en el parque de las Arboledas, en la colonia Del Valle. Desde hace algunos años, los jóvenes scouts que lo desean se reúnen en el parque donde se encuentra el busto del fundador del movimiento scout, para celebrar su natalicio, el 22 de febrero, en un evento conocido como el Día de la Fraternidad.

•Felipe Salvador Mendiola y Martínez, entonces dirigente de Scout de América;

actual presidente de la Federación Mexicana de Escultismo


Cosas malas y cosas buenas

Vi cosas malas y cosas buenas en los derrumbes del 85.

Cosas malas como el gandallismo del Ejército; después de que los voluntarios franceses liberaran un cadáver y prepararan todo para rescatar a otra persona viva, llegaron los soldados a cortarles cartucho para retirarlos y sacarla ellos, con todo y cámaras de la Secretaría de Defensa, ante las protestas y mentadas de madre de los demás presentes.

Cosas malas como el oficial del escuadrón de grúas que se desmayó y, cuando fuimos a atenderlo, lo descubrimos con ambos brazos llenos de relojes.

Cosas buenas como ver la solidaridad voluntaria del pueblo de la Ciudad de México para ayudar a los desamparados y buscar gente entre los escombros.

Cosas buenas como los amaneceres desde el Hospital General y ver los volcanes en todo su esplendor, sin contaminación.

Cosas buenas como don Toño, quien humildemente iba a ayudar cada noche y durante el día se iba a trabajar.

Cosas buenas como que nos dejaran entrar libremente al Metro, hasta el vagón de adelante; las caras de todas las mujeres que iban a trabajar, al vernos sucios y llenos de polvo y, aun así, algunas ofrecernos algo de la comida que llevaban para desayunar. Cosas buenas como que nos dejaran dormir sentados en el piso hasta la terminal de Universidad, y los conductores nos despertaran al llegar.

•Arturo Enrique Mora Vázquez, entonces tropero del grupo 257, provincia Coyoacán


*Extractos del libro “No hubo dragones. Testimonios scouts del Terremoto de 1985” (Asociación de Scouts de México, 2015), el cual se presentará el próximo sábado 19 de septiembre, a las 18:00, en el auditorio del Centro Cultural Universitario Tlatelolco (Eje Central Lázaro Cárdenas, esq. Ricardo Flores Magón). Entrada libre. Los títulos de los apartados se redactaron especialmente para la ocasión.


ARTURO REYES FRAGOSO

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