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A nivel de cancha

(EFE)
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Crónica desde el Mundial

¡Ganamos cero a cero!

por Luis Alfonso Escobedo

Llegaba uno de los días más soñados, con algo de pesadillas, del aficionado mexicano.

El equipo que dirige Miguel Herrera, se estaría enfrentando de nueva cuenta a Brasil en una Copa del Mundo. Y en su casa. Si cuando uno era un morrito le hubieran informado lo anterior, seguro lo asaltarían aterradoras ideas sobre una goleada. Pero hoy, por fortuna, la mentalidad ha cambiado y la mayoría de los aficionados mexicanos agrupados en Fortaleza, sabíamos que podríamos competir.

Un día antes miles de compatriotas nos habíamos juntado en el Fan Fest de esta ciudad y ahí pensábamos que si bien no seríamos mayoría, por lo menos ocuparíamos entre el 30 y 40% del estadio.

Pero no fue así. La Arena Castelaõ se pintó de amarillo y apenas algunas manchas verdirrojas se hacían presentes. ¿Llegaríamos al 15 si acaso al 20 por ciento del total de asistentes? Puede ser.

En las inmediaciones del estadio los brasileños, de forma muy amigable buscaban tomarse fotos con los mexicanos creando una atmósfera de alegría pambolera. Nuestra banda de cinco rufianes llegamos muy temprano previniendo manifestaciones o cualquier otro disturbio que se pudiera suscitar.

Estacionamos el coche a 3 km del estadio y para llegar lo más rápido posible tomamos bicitaxis. Dimos una vuelta de reconocimiento por fuera del Castelaõ y nos instalamos en unas mesitas fuera de una tienda de abarrotes a tomar unas cervezas Brahma de 10 reales (unos 60 pesos) y a comer brochetas de carne, típicas del lugar.

La zona se asemeja al mismísimo barrio de Santa Úrsula que rodea el Azteca. Ahí nos topamos con Octavio, de esos mexicanos víctimas del Síndrome del Jamaicón, que no pueden salir sin sus jalapeños y tequila. Con actitud de presidente municipal de pueblo chico nos compartió mezcal y chapulines mientras nos relataba anécdotas de otros mundiales a los que había asistido.

Estuvimos ahí un par de horas hasta que decidimos ingresar al juego. Salieron los equipos a la cancha, cantamos el “Himno Nacional”, otra vez a todo pulmón, pero esta vez sí nos abrumaron los brasileiros con el suyo.

El ambiente era excepcional y cada que el portero rival Julio César despejaba el balón retumbaba en sus centros la tierra con el afamado grito “¡Puuuto!”, que muy pronto nos copiaron los aficionados a la verdeamarela y se lo aplicaban a Ochoa cuando hacía lo propio. Ya la FIFA nos regañó a ambas tribus y dicen que nos investigaran por actos homofóbicos. Ah, el mundo de lo políticamente correcto, en el que ya ni jugar es bueno. 

Lo más relevante del partido, como todos saben ya, fueron las salvadas milagrosas de Paco Memo y la desesperación de los brasucas en las tribunas. Cada que empezábamos una porra nos intentaban callar cantando más fuerte pero ningún mexicano se echó para atrás. Primero afónicos que seriecitos.

Al final, luego de incontables angustias, el partido termino 0-0, ante la mirada atónita de la estrella Kobe Bryant, quien no sabía si reír o llorar aunque luego reconoció en Twitter el trabajo de #yosoy8a. Un empate amargo para ambas hinchadas pero que no apagó el jolgorio.

Salimos del estadio y fuimos hacia la Playa de Iracema dónde la fiesta se tornó inolvidable e interminable. Esta playita es un malecón con puestos de comida y bebidas y aquello parecía un carnaval con la innata inclinación del mexicano a la party animal. Tomamos en la calle algunas caipirinhas de 5 reales y estuvimos ahí hasta que las piernas renunciaron a seguir.

Sin duda una jornada que ninguno de los mexicanos presentes olvidará.

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