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Ya nadie se acuerda de la Movida Madrileña

La Movida Madrileña
(Ricardo Reyes)

EL ÁNGEL EXTERMINADOR
Alejandro Escalante

“La chica de ayer” del grupo Nacha Pop es considerada como una de las canciones sintomáticas del cambio que se vivió en España durante la década de los ochenta. Su letra es de gran candor y nostalgia, algo lógico si se considera que el líder del grupo, Antonio Vega, fallecido en el año de 2009, la escribió mientras hacía el servicio militar sin tener la más remota idea de la trascendencia que estos versos tendrían: “Me asomo a la ventana y eres la chica de ayer…”.

Cuando conocí a este monstruo del rock en español ya habían pasado más de ocho años del surgimiento de aquel sencillo, por entonces sonaban en la radio canciones suyas como “Relojes en la oscuridad” o la muy célebre “Lucha de Gigantes”.

Nevó en Madrid durante ese invierno de 1988 e hizo un frío de los mil demonios. En esa época ya se hablaba de la Movida Madrileña en pretérito pluscuamperfecto, se decía que era algo que había pasado como un meteoro que arrasó con las costumbres, la moral y la rutina de la dictadura franquista.

Es probable que, en efecto, a esas alturas la Movida ya hubiera franqueado el umbral de su breve existencia; sin embargo, no se puede negar que por aquel entonces en Madrid había mucha marcha, buena música y, en resumen, una gran diversión salpimentada con abundantes drogas de novísima invención, sin menospreciar el repertorio clásico del vademécum juvenil.

De las cañas de cerveza al mediodía se navegaba sin transición por ríos de bourbon hasta desembocar gradualmente en un océano de ginebra; y así los días se confundían con las noches hasta que surgía el amanecer, los churros con chocolate y, poco a poco, la realidad concreta.

Mucha música se publicó en toda España durante aquellos años y es preciso recordar que todavía se hacían los acoplados de vinilo. Una época en la que los géneros cohabitaban y no era extraña la armonía entre punks y posmodernos, o ver a chicas pop danzando entre los jipis: Nacha Pop, La Unión, Kortatu, Siniestro Total, Loquillo, Kaka de Luxe, Zombies, Parálisis Permanente, Alaska, Duncan Dhu, Burning, Gabinete Caligari, Comando 9mm, El último de la fila… en verdad es una lista que podría resultar infinita.

No recuerdo una teoría: había un ambiente de creación que no se tomaba en serio a la fama, un universo de artistas que se reconocían como parte de algo que crecía desde el asfalto, porque quizá lo más importante de todo era la gente, la marcha, en una palabra, ¡salir!

Sí, tengo el recuerdo de Antonio Vega escribiendo junto a un breve piano eléctrico en la madrugada, era un joven poeta en llamas, algo equivalente al despegue de un cohete intergaláctico, que podría callar durante horas y al hablar, no decir nada. Con esa gente se aprendía a gozar de los bares vacíos, a comer en sitios olvidados y una paciencia estoica. La Frontera: “Te esperaré, en el límite del bien y del mal…” hasta que llegara el “Hombre” y las rayas se peinaban con cinismo sobre una mesa y se aspiraban con escándalo.

¿Conciertos? Chicos, medianos, gigantes, tristes o eufóricos. La música era el eje en torno al que giraban las formas del arte: en el cine, Fernando Colomo estrenaba La vida alegre; Pedro Almódovar, Matador, y Fernando Trueba, Sé infiel y no mires con quién…

Salían atuendos complejos de los talleres de Ruiz de la Prada, Montesinos o Miró, pero también de las casas mucha ropa inventada, joyas de plástico y peinados asimétricos. Las artes visuales pretendían provocar escándalo, Joseph Beyus se exhibía, hubo una muestra de Rothko memorable por su museografía, pintores como Ceesepe o El Hortelano, eran omnipresentes, Gordillo, Alberto García-Alix, Ouka Leele, exposiciones, cocteles, eventos…

El cocinero Juan Mari Arzák aún no recibía tres estrellas y había una carrera por encontrar la tapa perfecta. Radio Futura: “En las piscinas privadas las chicas desnudan sus cuerpos al sol, no des un paso, no des un mal paso, esto es una escuela de calor…”

Arquitectura, diseño, muebles, dibujos o textos desaforados mientras el cómic se entendía como un diálogo en clave.

Existe el rumor de que si alguien recuerda algo de la Movida Madrileña, se debe a que nunca estuvo allí; pero eso ya era evidente desde el final de la década pues es verdad que la ola arrasó, dejando en la resaca una estela de jóvenes cadáveres y una mitología urbana de proporciones legendarias.

Quizá el elemento clave reside en que los actores de esa efervescencia eran personas insospechadas, un peluquero devenido en genio, el vecino transformado en estrella del rock: la libertad, tomada de los pelos por una panda de muchachos que se embriagan y la ultrajan.

Ya se lo cuestionaba el buen Antonio Vega en la letra de su canción “El sitio de mi recreo”: “¿Dónde nos llevó la imaginación? Donde con los ojos cerrados se divisan infinitos campos, donde se creó la primera luz, junto a la semilla del cielo azul…”

Sobreviven la poesía, la música, las imágenes, los despojos de la imaginación… ¡Los recuerdos qué!

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