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“He nacido tres veces”

EL ÁNGEL EXTERMINADOR

Oscar Jiménez Manríquez


Arly sueña con una medalla en Pyeongchang 2018, pero le importa más ser portavoz de lo que ha comprobado: en la vida no hay imposibles.


Por los pasillos del aeropuerto, el único atleta paralímpico mexicano de esquí alpino se mueve con la misma habilidad y destreza con que lo hace en la montaña. Zigzaguea, empuja con decisión su silla de ruedas, avanza unos metros, frena, derrapa, gira a la izquierda, después a la derecha, y no deja de sonreír mientras arrastra numerosas maletas como si se tratara de un sherpa en el Himalaya.

Está a punto de abordar un avión que lo llevará a Santiago de Chile, donde ha conseguido el mejor precio para realizar un campamento de dos semanas. Sin embargo, por ahora, su mayor reto no consiste en realizar un vertiginoso descenso sobre la nieve, sino en seguir perfeccionando el arte de no pagar por exceso de equipaje.

Frente al mostrador de Aeroméxico, se cambia de calzado para guardar los zapatos más livianos en la enorme maleta que quiere documentar, acomoda entre los esquís las pequeñas bolsas que contienen proteína, cacao, espirulina y chía; revuelve, enrolla, saca y mete prendas y objetos personales de las distintas valijas, con objeto de no rebasar el límite de peso permitido.

Casi un cuarto de hora después, con la misma expresión de felicidad de aquellos escaladores que luego de un extenuante esfuerzo han logrado alcanzar la cima del Everest, Arly Velásquez alza los brazos en señal de triunfo tras haber conseguido ahorrarse el pago por exceso de equipaje.

Cada viaje para él es una odisea. Un ritual previo para abrir apetito y comerse la montaña a grandes bocados. Desafiante, satisfecho, convencido, se le oye decir: “La vida es para esquiarla, surfearla, exprimirla, vivirla, gozarla, no para quedarse dormido”.

Una jornada más de entrenamiento en solitario, en la que Arly tendrá que ejecutar el trabajo de siete personas para hacer lo que realmente le gusta: esquiar en el lugar donde él se siente libre y más vivo que nunca.

“¿Por qué no te gustó mejor el ajedrez o el dominó?”, dice en broma Lilia Peñaloza, su madre, una de sus primeras y permanentes patrocinadoras, consciente de la gran inversión y la complicada logística que se requiere para mantenerse en forma como un esquiador paralímpico de alto rendimiento.

Lilia ha acompañado Arly al aeropuerto, y dice que aún no sabe cómo le hace su hijo para llevar tanto equipaje de un lado para otro. Resignada, prefiere mirar las cosas con sentido del humor: “Hasta las pesas, creo, habría sido un deporte más sencillo”.

Pero Arly, desde el mismo día en que se propuso que la silla de ruedas no sería una limitación en su vida, comenzó también a perfeccionar el arte de hacer ver las cosas más sencillas: va a todos lados pedaleando con las manos su bicicleta, cumple religiosamente sus procesos de entrenamiento como corresponde a un competidor que participará en sus terceros Juegos Invernales en Pyeongchang 2018, y todavía se da tiempo para tomarle fotografías a su novia holandesa, en esos ratos en que pasea por la Ciudad de México.

En YouTube, se le puede observar sentado en su silla de ruedas, subiendo y bajando empinadas escaleras, con los puños en alto para tratar de sujetarse de un tubo instalado en el techo, o conduciendo una camioneta adaptada en la que carga su monosky y demás instrumentos deportivos mientras se dirige a las montañas nevadas en Utah.

En sus conferencias motivacionales, frente a decenas de jóvenes estudiantes, ha dicho que jamás buscó ser un ejemplo, que solo deseaba, tras romperse la espalda a los 13 años cuando realizaba un salto en bicicleta, seguir adelante con su vida.  

Él solo quería ser un respetado ciclista de montaña, al grado que en su adolescencia ya era campeón nacional. Pasó por hospitales y terapias de rehabilitación, siempre acompañado por su madre, una mujer que de inmediato comprendió que la capacidad de caminar no sería aquello que le daría un valor a su hijo.

“Las limitaciones son físicas, no mentales”, dice hoy Arly, varios lustros después de aquel accidente en bici ocurrido el 29 de septiembre de 2001. Todo cambió un día que se puso los esquís durante unas vacaciones en Canadá, esa experiencia lo sacudió. Retornó a México para decirle a su mamá que había descubierto otro deporte que le emocionaba.

Lilia Peñaloza escuchó a lo que iba a dedicarse su hijo, y respondió alarmada: “Es el mismo riesgo. ¡Estás loco! Hemos pasado por una experiencia dolorosa, y te advierto que ya no aguanto otra”.

Arly vendió su auto, echó mano de sus ahorros y partió de nuevo a Canadá. Aunque cumplió una década practicando un deporte sin ninguna tradición en México, no puede presumir de tener un entrenador, una persona que afile los esquís o alguien que suba y baje las cosas en la montaña, y mucho menos cuenta con un fisiólogo, nutriólogo, ni sicólogo, como lo tienen los competidores de otras nacionalidades.

Su aventura la empezó a costear con algunas pequeñas becas deportivas, y con eso se la iba llevando. Al paso del tiempo ha tenido otros apoyos, ofrece charlas para ayudarse económicamente, pero no sabe cómo le hará para pagar lo que le falta de la actual temporada.

Contra todo pronóstico, en febrero de 2018, podría convertirse en el primer latinoamericano en obtener una presea en unos Juegos Paralímpicos de Invierno.

“Una medalla no es el móvil de mi vida. Mi objetivo va más allá. Es poder transmitir el mensaje de que en la vida no hay imposibles”, dice por los pasillos del aeropuerto, con un entusiasmo desbordado y esa energía contagiosa.

Los prejuicios harían creer que se trata de un joven al que le sobra dinero para viajar a otros países (más o menos 110 mil dólares es lo que considera le cuesta una temporada), sin embargo, comenta divertido: “Algunos dirán: ‘¡Ay, qué bonito! Este cuate esquía, debe ser un júnior’. Nunca más lejos de eso. Soy una persona que se ha atrevido a vivir mi pasión: tengo una conexión con la montaña. Comencé a esquiar por primera vez en 2009. Antes, en verdad, ni siquiera conocía la nieve”.

Pase lo que pase, la única certeza que tiene Arly es que ha nacido tres veces. La primera ocasión que resucitó fue cuando tuvo el accidente en bici que le cambió la vida por completo; la segunda, al salir ileso de una aparatosa caída durante una competencia oficial; y la tercera ocurrió después de una cirugía que duró poco más de ocho horas, para remover de su espalda una pieza que le presionaba la médula espinal. El sangrado se convirtió en un problema y entró en shock. Quedó inconsciente por casi 72 horas, y finalmente despertó para darse cuenta que 35 personas donaron sangre en menos de medio día.

Lilia Peñaloza sonríe y resume en una sola frase la insaciable aventura que lleva de aquí para allá a su hijo: “Me salió bravo el muchacho”.

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