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Martes , 18.09.2018 / 11:12 Hoy

Nacido bajo un mal signo

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EL ÁNGEL EXTERMINADOR
Carlos Velázquez

Dirty Works, editorial española nacida en 2014, ha surgido con el mandamiento de escarbar en las entrañas más sórdidas de la narrativa estadunidense. Su segundo título, Maldito desde la cuna (la vida corta e infeliz de William S. Burroughs Jr.) explota una generación poco traducida en nuestra lengua: la postbeat.

* * *

Una herencia maldita. Fue lo que recibieron Janet Kerouac y William Burroughs Jr. Ambos hijos biológicos de la generación beat. Decididos a seguir los pasos de sus padres. Experimentar con drogas y tomar la autorreferencialidad como materia prima literaria. “La heroína es para el dolor”, sentenció Jack Kerouac. Tanto sufrimiento debieron padecer Janet y William Jr. que desde temprana edad se empujaron a sí mismos hacia la aguja. Janet creció con la condena de no ser reconocida por su padre. Ni siquiera Bukowski renegó de su descendencia. Es autora de dos novelas: Baby driver (1981) y Trainsong (1988). Al momento de su muerte, en 1996, redactaba su tercera novela. Manuscrito que permanece inédito. William Jr. compartió la misma desgracia. No consiguió terminar su tercer obra. Después de Kentucky Ham y Speed, preparaba Prakriti junction, el manuscrito inconcluso fue ordenado por David Ohle y publicado como Cursed from birht (The short, unhappy life of William S. Burroughs Jr.).

Existe demasiada muerte dentro del movimiento Beat, a pesar de que siempre abogaron por la iluminación. Kerouac a través del satori, Allen Ginsberg vía el nirvana, y Burroughs por medio del “piquete definitivo”, la dosis perfecta que lo salvaría de la maldición de ser un adicto. La primera víctima que cobrara la Generación Beat fue David Kammerer, asesinado por Lucien Carr. Episodio relatado a cuatro manos por Kerouac y Burroughs en Y los hipopótamos se cocieron en sus tanques. La segunda fue Joan Burroughs (antes Vollmer). Liquidada por su propio esposo, Burroughs, el 6 de septiembre de 1951 en un departamento de la colonia Roma en la ciudad de México. Narrado en The naked lunch. Crimen sin pagar que originaría a la tercer víctima, William Jr. Quien siempre había vivido con la pareja. Hasta que a causa de la muerte de su madre lo obligaron a vivir con sus abuelos mientras su padre se convertía en un prófugo de la ley.

Esta obsesión de la cultura beat por documentar la muerte propició también Kaddish (el poema y el libro). Obra en la que Ginsberg cuenta el viaje hacia la muerte primero, y hacia la locura después, de Naomi, su madre. Fue precisamente por los nobles servicios de Ginsberg, quien atesoró los papeles de Billy Jr., que Maldito desde la cuna consiguió publicarse. El título del primer capítulo es una anti-declaración de principios incomparable. “Hijo de El almuerzo desnudo”. Billy Jr. no logró jamás escapar al estigma que le impuso la sangre Burroughs. Signatura que lo orilló a atravesar una existencia desgraciada. Marcada por el abandono, la adicción, el alcoholismo, un matrimonio fallido, los intentos de desintoxicación (al igual que su padre), la cárcel, los hospitales, los psiquiátricos y el trasplante de hígado, hasta su muerte, a los 33 años. Todo por emular a su padre. Todo por ser un beat. Por lo que John Giorno lo calificó como “el último beatnik”.

A las 70 páginas que dejó de Prakriti junction, David Ohle agregó extractos de sus primeras dos novelas para conformar un retrato autobiográfico cronológico. Maldito desde la cuna es una obra bastarda. Novela, non-fiction, life archivement y ensayo. Todo en uno. Cartas, cintas de audio, cuadernos de notas, poemas sueltos, bolsas de la basura garabateadas (se le adelantó a la bolsa para el mareo de Nick Cave) testimonios y entrevistas realizadas a varios miembros de la pandilla beat sobre el mismo Billy Jr., fueron su legado. Y el material que compone la póstuma Maldito desde la cuna. Una frase que él le espeta a su padre en base a su condición de hijo de un beat. Pero que no deja de recordarnos aquel blues de Albert King, “Born under a bad sign” (nacido bajo un mal signo).

En el apartado de la correspondencia entre Billy Jr. y Sénior revela a un padre amoroso. Sí, Burroughs asesinó a la madre de su hijo, pero concluye cada carta con un I love you. Lo ayuda a recabar información para su trabajo. Y se dirige hacia él con el ácido sentido del humor que lo caracteriza: “Conozco a dos personas que viven en Jenner, Calif., al norte de San Francisco, con casi nada. Creo que tienen una especie de subsidio por invalidez total a causa de los ácidos que se metieron”. Por su parte, Billy Jr. exhibe una voluntad por nunca desvincularse de su padre. Aunque lo inunde de recriminaciones, también se despide de él invariablemente con un te quiero. Burroughs no sólo es su padre, es su modelo y su héroe. Le arrebató la posibilidad de conocer a su madre. Murió cuando él tenía apenas cuatro años. Pero Billy Jr, siente que nació de verdad a raíz de un asesinato.

Marcado por la muerte, Billy Jr. emprendió un camino meteórico hacia la destrucción. Fue un alcohólico, drogadicto, escritor prometedor y también un cyborg. “Busco lo que cualquier fantasma, un cuerpo”, declaró alguna vez Burroughs. Pues el pronunciamiento se cumpliría en Billy Jr. Quien como cuerpo recibió el hígado de un fantasma, una mujer. En “Informe de un caso”, publicado en The American Journal de Psychiatry en 1979, e incluido en Maldito desde la cuna, Billy Jr. presumía ante las autoridades psiquiátricas de sufrir “el síndrome Frankenstein”, a propósito del “tejido extraño” que le habían insertado. Le tuvieron que reponer el órgano a causa de una cirrosis. Billy Jr. compartió con su padre demasiados aspectos. Pero no la longevidad ni la fortaleza. La negligencia, la falta de inteligencia para drogarse y el poco control sobre sí mismo precipitaron a Billy Jr. hacia el final. Pero que su muerte a tan temprana edad, siendo hijo de Burroughs (el escritor que más ha teorizado con la heroína) más que una injusticia parece una macabra broma genética.

Una página en la que se repite durante 34 líneas la palabra dolor, que concluye con la frase “y en los hospitales aprendes a Odiar, Odiar…”, es una muestra del estado físico por el que atravesó Billy Jr. Pero también de su estado mental. No podía escapar a la única manera en la que había aprendido a vivir. Replicando una y otra vez el tormento. De la pérdida de su madre, del desbaratamiento de su familia, del alejarse de su padre, del convertirse en novelista, y finalmente, de aniquilarse a sí mismo. Una lección, quizá la más importante, que no pudo asimilar de su padre. Mantenerse vivo. Billy Jr. dejó de tomar el medicamento anti-rechazo y murió en Florida. Estado donde también había fallecido Kerouac.

Burroughs siempre estuvo de lado de su hijo, aunque no asistió al funeral a despedirlo (el encargado de sepultar a Billy Jr. fue Ginsberg). En una carta a Brion Gisin le confiesa que le sorprendiera que hubiera vivido demasiado. Al final ninguno de los dos se supo decir adiós. La muerte de Billy Jr. puso fin a la estirpe Burroughs y a la generación beat.

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