QrR

Lo que el mp3 se llevó

mp3

Los audífonos, y el mp3 al que van enchufados, han transformado la experiencia de oír música. Han reducido el enorme espacio físico que ocupaba, cuando había que escucharla en discos, y también la han convertido en un arte de consumo estrictamente personal como, digamos, los libros. La soledad del individuo que escucha música con audífonos se parece a la del que está absorto frente a las páginas de un libro.

Pero la música ha perdido, cuando menos a nivel doméstico, la dimensión colectiva que tenía hace unos años cuando el padre de familia, una mañana de domingo, ponía un disco de Frank Sinatra o de sones cubanos, mientras hacía los huevos revueltos con chorizo que desayunaría su prole. O, por poner otro ejemplo, cuando la familia completa se subía al automóvil para viajar del DF a Mazatlán, y el largo trayecto en carretera iba siendo musicalizado con las piezas, casi siempre execrables, que proponía, o más bien imponía, el padre y que, sin embargo, a pesar de lo malas que eran, con todo y que los éxitos de la Rondalla de Saltillo producían depresiones de gran envergadura, no se puede negar que dentro de aquellos automóviles se vivía una experiencia musical colectiva, cada pieza tocaba el humor de la familia, que viajaba al son de los horrendos hits que producía el ingente aparato de los cartuchos de ocho tracks (antecedente directo del ligerísimo casete), y tampoco se podrá negar que aquella experiencia colectiva daba pie a comentarios, y a veces a conversaciones completas que giraban en torno a la voz de pito del solista, o a la ridiculez insoportable de la letra, “¡quita esa canción que es una mierda!”, gritaba un niño desde el asiento de atrás, “ya quiero ver qué música oirás tú cuando tengas mi edad, ¡mamarracho!”, replicaba muy digno el padre, apretando con fuerza el volante hasta ponerse blancos los nudillos, sin quitar los ojos de la carretera que iba de La Piedad a Silao.

En efecto, los audífonos han acabado para siempre con esa tiranía, pero a cambio han convertido a las familias que viajan en coche en un archipiélago de islas conectadas, cada una, a su mp3; las han convertido en un fotograma de película de Tim Burton, en el que dos o cuatro adolescentes murmuran cada uno su canción, van por la carretera abstraídos, incluso un poco desvaídos, concentrados en la música que les entra por los oídos y que una vez dentro de la bóveda craneana va regando distintas parcelas, microparcelas cerebrales desde luego, por ejemplo la de la nostalgia, la del sentimiento amoroso, la de la pulsión homicida, y todas estas parcelas, al ser regadas por la música que entra por los oídos, repercuten hacia el exterior, en el gesto que adopta el rostro, de manera que en el asiento trasero de un automóvil familiar estándar podemos tener un rostro exultante, un rostro belicoso y otro compungido, una variedad que no era concebible en aquella época de la música colectiva, de la rondalla y los ocho tracks que uniformaban los rostros en un gesto general de fuchi.

Las dos épocas, las dos orillas del acto de escuchar música, tienen sus virtudes y sus desgracias, el mp3 acabó con la tiranía musical paterna, pero también aniquiló la convivencia que había alrededor de una canción, en torno a la cual se reunía un grupo de personas, como si estuvieran alrededor del fuego. Además los audífonos acabaron con la distancia que necesita el que escucha para apreciar una pieza musical con todos sus matices: la música, al desplazarse por el aire desde el bafle hasta la oreja, produce una gama de armónicos, a lo largo de ese recorrido, que le añade sustancia, y en cambio, cuando esa misma pieza musical sale del audífono y entra directamente al oído, sin haber hecho ningún recorrido y, por tanto, sin haber engordado con los armónicos, llega a su destino con cierta desnutrición, con un sonido cristalino pero aséptico, estéril, sin esa vitalidad que da el contacto con la intemperie.

El mp3 nos permite ir con la música a todas partes, podemos llevar nuestras canciones predilectas en el autobús o en el avión, o llevar toda nuestra colección de discos a casa de un amigo, y también nos permite caminar por la calle sin dejar de oír música, una modalidad que ya existía en la época del Walkman, pero que hoy se ha extendido de forma exponencial. A la ventaja de oír música mientras caminas, se opone la desventaja de que las canciones vertidas directamente en el oído diluyen la información y los estímulos, los inputs que ofrece la calle y además también disminuyen, o dividen, la atención que necesita quién va caminando por la banqueta, expuesto a toda clase de eventualidades.

Yo el mp3 lo uso en situaciones muy puntuales, a bordo de un avión o un autobus o en la noche cuando todos duermen, para no molestar, pero en general prefiero que haya distancia entre la música y las orejas. Procuro no salir a caminar por la calle con audífonos, aprecio mucho los sonidos de la ciudad y, por otra parte, me concentro tanto en la música que, alguna vez que he salido enchufado al mp3, he terminado pisando a alguien o dándome en la cabeza contra una pared.  

Jordi Soler
@Jsolerescritor

< Anterior | Siguiente >