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El motel de los antojos prohibidos

El motel de los antojos prohibidos.
(Especial)

EL SEXÓDROMO
Verónica Maza Bustamante


Desde que era una niña de ocho años que, a la hora de dormir, se metía debajo de las cobijas con su lámpara en mano para leer todo tipo de libros, supe que algún día escribiría el que llevara mi nombre, y lo hice cuando tuve claro lo que quería decir en un medio que no fuera de comunicación, sino editorial. Eso sucedió el año pasado, y ahora tengo entre mis dedos El motel de los antojos prohibidos, ejemplar que escribí para el sello Grijalbo y que integra ilustraciones del caricaturista Antonio Helguera.

Aquí les comparto un fragmento del primer capítulo, mi check in en El Motel, esperando que se les antoje comprarlo. Ya lo pueden adquirir en eBook y a partir de la última semana de mayo estará disponible en todas las librerías y tiendas de autoservicio. ¡Los invito a que me acompañen en este viaje!

***

Estoy en la habitación 116 de un hotel de paso. Recintos del placer por excelencia, son un buen espacio para escribir, tal vez porque entre sus cuatro paredes uno se siente acogido —en todos los sentidos de la palabra—, resguardado, aislado, pero asimismo transgresor, al hacer algo prohibido o secreto. Allí está el combustible principal que enciende la llama del deseo en la mayoría de las personas y en las inflamables páginas de este libro, que habla justo de eso: de aquellas situaciones, objetos, ideas, tipos de personas que nos estimulan durante los encuentros eróticos, aunque sobre todo pretende acercar a la vastedad del mundo de la diversidad sexual y comprender qué es el erotismo, con todos sus destinos, intenciones, espacios, vivencias.

Si diseccionáramos este motel de tal manera que viéramos al mismo tiempo cada una de las alcobas, nos asombraríamos al notar las diferencias entre lo que sucede en cada una de las camas. No dudo que varias sean odas a la postura del misionero y el sanseacabó, pero también sospecho con el pecho que tendríamos un interesante manual de prácticas eróticas, de esas que muchos llaman "perversiones": actividades que se salen del corralito de lo eróticamente correcto, de las buenas costumbres en el coito decente, de lo "normal".

Resulta que el erotismo se relaciona, en realidad, con el gozo de vivir. Y si sabemos integrarlo a nuestra vida cotidiana nos puede generar momentos tan emocionantes como ganarnos la lotería, presenciar el triunfo de nuestro equipo de futbol favorito, mirar crecer a nuestros hijos o gozar de un trabajo estimulante. Forma parte intrínseca de nuestra vida, al ser uno de los numerosos elementos que conforman la sexualidad humana.

El filósofo chino Yang Chu, cuya idea de que sólo tenemos una vida y debemos disfrutarla cuanto podamos se plasmó de modo póstumo en El libro de Lieh-tzu, reflexionaba sobre lo siguiente: para mostrarnos optimistas, la edad máxima a la que podemos llegar son los cien años. En el supuesto de que vivamos tanto, perdemos la mitad del tiempo en la inconsciencia de la primera infancia y la senilidad. De los años restantes, la mitad se emplea para dormir. El dolor, la enfermedad, los disgustos y el miedo ocupan al menos la mitad del resto. Eso nos deja sólo diez años para disfrutar. "Aun así, la ansiedad nos acecha constantemente a causa de la presión social a la que estamos sometidos para ser aceptados y tener éxito. La ansiedad nos impide disfrutar y hace que nuestra situación no sea muy distinta a la de los presos encadenados", comenta el biólogo Paul Martin, autor de Sexo, drogas y chocolate.

Acercarse al erotismo de manera informada, protegida, bien reflexionada, es la mejor forma de disfrutar al máximo el placer y el deseo, al cual han pintado como una fuerza arrasadora y abrumadora que nos ciega, oscura, fugaz, fulminante. Tal vez sea todo eso, pero si entendemos su modus operandi, seremos capaces de emplearla a nuestro favor. Vayamos al acto carnal con alegría, con curiosidad, conociéndonos a nosotros mismos y con la total disponibilidad de explorar al o la otr@, asumiendo nuestras preferencias, nuestros antojos, dispuestos a encontrar a alguien para compartirlos.

Este Motel de los antojos prohibidos pretende convertirse en parte de ese mapa del Edén que varios estudiosos han ido conformando, al explicar qué son las manifestaciones de la diversidad erótica y por qué, en diferentes etapas de la historia de la humanidad, se les ha catalogado como pecados, perversiones, desviaciones, aberraciones, parafilias, con la intención de que se conozca el origen de esas etiquetas y se desmitifiquen ideas que impiden el flujo correcto en el mundo del gozo. Para muestra, ponemos algunos botones, y que tire la primera piedra aquel o aquella que no ubique al menos atisbos de su personalidad erótica en alguno de ellos.

Cuando Antonio Helguera y yo comenzamos a estructurar el proyecto, elegimos, entre las numerosas manifestaciones de la diversidad erótica y sexual que tenía registradas —cerca de 500—, aquéllas sanas, seguras y consensuadas, pues claro que en este mundo hay prácticas que no solo son negativas, sino también delitos: crímenes. Ésas hay que denunciarlas, luchar por erradicarlas y nunca ensalzarlas. Otras, aunque se ejercen bajo acuerdo, se vuelven compulsiones que nos amarran y deberían trabajarse con un experto en terapia sexológica. La línea entre unas y otras resulta muy delgada, si bien es sencillo establecerla con conocimiento de causa.

Tras obtener esa separación nos quedaron poco más de 200 parafilias, de entre las cuales elegimos apenas 21: aquellas que nos parecen más divertidas, estimulantes, curiosas o poco analizadas. Al comenzar la investigación me di cuenta de que abría una inesperada caja de Pandora. Acostumbrada a las listas donde en una sola línea se explica en qué consiste cada práctica y nada más, comencé a recorrer el día en 80 mundos, cual Julio Cortázar del periodismo erótico gonzo, y me topé con grupos, subgéneros, testimonios, referencias en películas, novelas, canciones, análisis filosóficos. Busqué anécdotas históricas, información en la Wikipedia, en foros, blogs, libros científicos, institutos, librerías de viejo. Leí esos trabajos y conversé con algunos sexólogos. Cuestioné a practicantes de las diversas manifestaciones y me sentí afortunada, porque la sabiduría sexual es infinita.

Ahora les entrego la llave de mi habitación 116 del hotel de paso. Los invito a que se arriesguen a abrir las otras puertas, al menos para espiar qué ocurre en su interior y tratar de entenderlo, porque ése sería un paso para evitar discriminar a los demás por sus apetencias. Les comparto mi bitácora de vuelo de la misma manera en que lo hice con Helguera, excelente copiloto que con su visión enriquece este trabajo y lo vuelve más ameno. Porque el ejercicio del erotismo debe ser así también: divertido. Si lo miramos con nuevos ojos, bajo un crisol diferente, nos daremos cuenta de que vivir satisfechos resulta sencillo.

Por eso les abro la puerta de mi cuarto de par en par. Pasen, por favor. Pónganse cómodos mientras yo, enfundada en mi bata china de seda azul rey, les canto suavecito mi versión de una canción de Jorge Drexler: "Antes, en aquel otro tiempo distante, lejos, lejos, con la mirada en otros espejos, sin darme cuenta un día eché a andar. Con el entusiasmo infantil que dura hasta hoy, el amor y el deseo me trajeron hasta aquí".

Bienvenidos sean.

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@draverotika

FB: La Doctora Verótika

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