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Un mexicano se siente solo en Brasil

Un mexicano se siente solo en Brasil.
Un mexicano se siente solo en Brasil. (Pablo Pérez-Cano)

El semáforo se pone en rojo cerca de la Plaza del Farol da Barra, donde transmiten los partidos en pantalla gigante, la FIFA Fan Fest. Desde la ventana del autobús ves una escena que el mes pasado hubiera sido bastante exótica. Con sus celulares, dos tipos con sombrero de mariachi le toman fotografías a un grupo de edecanes de piel cobriza; los coquetos barrigones intentan retener a las garotas que se les escapan entre la multitud. Son las siete y media y en las pantallas Honduras le va ganando a Ecuador uno por cero.

“Putos”, te burlas tú de los de sombrero. Ellos responden con el codo “chinga tu madre”. Les pintas huevos, la luz se pone en verde, vas a llegar tarde al barrio de Rio Vermelho. Sientes satisfacción de no haber comprado la camiseta de tu selección, de no participar en aquella verbena de patriotismo ramplón.

La normalidad es que los mexicanos sean escasos en Brasil o en cualquier parte de Sudamérica. “Los pobres solo van para Los Ángeles a trabajar y los ricos a Disneylandia para gastar su dinero”, exageras al explicar cuando los mochileros argentinos o chilenos te preguntan por qué los mexicanos no tienen la cultura del viaje.

Perseguir mujeres no es cosa solo de latinoamericanos. Unos iraníes con pinta de entrenadores físicos llaman y gritan obscenidades en inglés a las muchachas y hasta madres de familia que esperan el autobús en las paradas. La copa de la Fédération Internationale de Football Association atrajo un montón de testosterona sin ley a las calles de esta ciudad, donde el cosmopolitismo significa que los indigentes piden “one dollar” y a veces reciben euros que rara vez se transforman en comida, porque terminan en los bolsos de traficantes.

Llegas al restaurante y te pones el delantal, estás listo para picar el quiabo y las cebollas, pero alguien te tapa los ojos. Tus compañeros de trabajo prepararon una sorpresa por tu cumpleaños. Cuando los abres, alguien ya te ha puesto sobre los hombros una bandera tricolor. Bruna trae un pastel con un Chavo del Ocho que dice “Parabéns para Você”.

De pronto te vuelves la atracción principal de los clientes. Los brasileños quieren tomarse una foto con el hombre del país de Rafael Márquez y una pareja croata que vio con angustia el partido del lunes te da un abrazo y te felicita.

No dura mucho porque tu jefe quiere que todos vuelvan al trabajo y que por favor alguien devuelva la bandera a “Acapulco”, el bar de la planta alta. Trabajas duro hasta la una de la mañana, sales a una parte oscura de la playa para fumar en tus 15 minutos libres. Se repite la escena del semáforo. Ahora son dos jóvenes con la camiseta del número 14, Chicharito. Tienen pinta de norteños, tal vez de Monterrey. Las chicas aceptan posar con ellos para una selfie. Dejas a los regios hacer su intentona en paz, parece que ellos tendrán más suerte, puede que ellos sí conocerán el tan anhelado beso brasileiro. Piensas que el amor es una posibilidad en la que hay que creer.

Es increíble hasta qué punto las banderas dependen del futbol. Hasta hace unos días, la mexicana era una nacionalidad un poco gris, sin mucho carisma en Brasil. Ahora, esos dos mexicas le deben una auténtica oportunidad romántica a la atajada de Guillermo Ochoa en Fortaleza; de otra forma, los “machos” de la afición verde seguirían armando sus fiestas tornillo por todo el litoral.

Estás muy cansado. Vivir en el barrio donde las cantinas están trabajando casi 24 horas con música a todo volumen ha acabado con tus horas de dormir desde que empezó el Mundial. Esperas que tu teléfono suene, pero nada. En Barcelona ya es de mañana y es claro que el ex amor de tu vida se olvidó de tu cumple. Tratas de pensar en que no la querías tanto, que solo dijiste que te casarías con ella porque era tu visa a Europa, pero el dolor lleva tu memoria al día en que te terminó por Skype. “Solo estuvimos juntos seis meses”, fue la explicación de la mujer que no entendía por qué querías que esperara casi un año antes de volverse a encontrar, todo porque tu sueño de niño era ver ganar a la selección de tu país en el Maracaná. En los últimos meses te dejó de gustar el futbol, pero te es imposible decidir adónde ir ahora que tu corazón carece de anhelos.

Regresas a trabajar a la cocina. En tu iPhone tienes la misma mierda que escuchan todos los viajeros “alternativos”: Manu Chao, Gogol Bordello, Emir Kusturica, Calle 13... Lo pones en modo shuffle y das play. Es Bob Marley quien canta: “I wanna love you every day and every night/ we’ll be together with a roof right over our heads/ we’ll share the shelter of my single bed”. Te limpias los ojos con el dorso de la mano, la cebolla siempre te hace llorar.

Tu turno termina cuando ya está amaneciendo. El servicio de limpia recoge los escombros de la Babilonia nocturna de la FIFA y una pipa con agua enjabonada lava a presión las banquetas miadas por los borrachos. El sol comienza a brillar y renueva el aroma del aire marino, las lanchas comienzan a llegar a la playa con los primeros pescados del día, tu ánimo mejora. Alguien le dejó un sombrero charro a la estatua de Jorge Amado que reposa sentado en una de las bancas de la plaza de Rio Vermelho. Te sientas a su lado y le tomas una foto a tu cara de desvelo, la mandas por mail con el mensaje: “Pero sigo siendo el rey”. En la parada encuentras a Bruna, que sonríe y te invita un café. Esta vez aceptarás.

Pablo Pérez-Cano/Salvador de Bahía

twitter.com/perezpablo212

 

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