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Me conecto, luego existo

En el tono del Tona
(Karina Vargas)

EN EL TONO DEL TONA
Rafael Tonatiuh


“La velocidad de la luz no tiene ningún significado
si no existe una conciencia que la perciba”:
Albert Einstein

Se dice que las redes sociales representan un mundo virtual donde la gente no existe realmente y las relaciones sociales son ficticias. No creo en tal teoría. Quienes la sostienen dicen que en el ciberespacio la gente finge, que se inventa personajes, que le da likes a quien le conviene (aunque no estime de verdad), a fotos de bebés, parejas que se casan, paisajes de vacaciones, gente que sube a su perro haciendo pendejadas. Bueno, eso mismo hacen los usuarios cuando se desconectan y pululan por el mundo y se topan con alguien de carne y hueso; se disfrazan, fingen. La hipocresía no nació con el internet, viene en genes primigenios de los que ni tú no yo podemos escapar (salvo que hayas alcanzado la santidad, lo cual dudo, pues es un estado que no ha alcanzado ni su Santidad).

Lo divertido es que en las redes sociales la falsedad se amplifica. Se nota quien quiere quedar bien con todos (o con alguien), quien presume de lo que no tiene, quien se hace cirugía plástica con el maravilloso método del Photoshop.

El primer capítulo de la tercera temporada de la serie Black Mirror (que apenas se estrenó el 21 de octubre), titulado “Caída en picada”, sugiere una sociedad futurista en la cual rentar una vivienda o adquirir un pasaje depende de tus likes y tu popularidad, deliciosa ficción que no hace más que llevar a un extremo la habilidad que tiene cierta gente trepadora, quienes procuran informar a los demás que poseen amigos importantes y famosos (y si sube una foto con una celebridad, en una zona trendy, ¡uuufff!).

La gente siempre ha querido ser querida, significar para los demás y, a veces, con tal de ser queridas, adoptan ideologías, se hacen fans o se vuelven feligreses de un culto, yo no digo que esté mal, es normal, y si la hipocresía te hace mejor persona, bienvenida sea. Es preferible que quieres impresionar a la banda con fotos tuyas apoyando a la compañera candidata indígena del EZLN que violando jovencitas en Veracruz.

Una persona que vive pendiente de su número de seguidores es menos nociva que un político que despierta pensando cómo joder a México. No tiene tanto caso apoyar causas justas, presentar un libro, comerte un delicioso muffin de plátano con zarzamoras (¡acompañado del mejor capuchino de tu vida!), si no dejas una foto como testimonio (aunque sea producto del Photoshop).

Agrado, personaje transexual de Todo sobre mi madre (Pedro Almodóvar, 1999) dice: “Una es más auténtica cuando más se parece a lo que ha soñado de sí misma”. En las redes sociales tratamos de parecernos más a lo que soñamos de nosotros mismos, y para ser honestos, muchas personas son mil veces mejores en las redes sociales que fuera de la computadora; incluso preferimos tratarlas de forma digital que en persona.

La vida fuera del internet, ¿sí es la auténtica y la otra pura falsedad? Yo creo que depende de lo que entendamos por vida, pues si para ti la vida consiste en subirte a un cerro a meditar como ermitaño, probablemente no, pero si te consideras un ser social, que desde que se despierta hasta que se acuesta convive con un montón de seres vivos, entonces las redes sociales no son más que extensiones de los encuentros que tienes en la calle, donde todos chismeamos, grillamos, seducimos, aniquilamos, aprendemos y nos divertimos con esos sujetos que Dios trajo al mundo y puso junto a nosotros. Lo que aporta internet a nuestras relaciones, más allá de la charla de pasillo, el mensajero a caballo, el telégrafo, el teléfono, la tele-conferencia, es la inmediatez con la que comunicamos algo a muchísima gente y obtenemos respuesta, ya sea en forma de comentario, emoticón o reacción con íconos, y el mensaje que todos comunicamos lleva título de película de Rainer Wender Fassbinder: “Yo solo quiero que me quieras”.

Quienes vivimos más apegados a las redes sociales, de inmediato nos conectamos para saber qué dicen nuestros contactos y para dejar constancia de nuestra existencia. Todo nuestro cibermundo es el real, cuando nos conectamos sentimos que entra una droga a nuestro organismo, que nos despierta y llena de vitalidad.

Cuando se cae el sistema o nuestros dispositivos carecen de energía para funcionar, sentimos que morimos y vagamos por la tierra cual fantasmas, mirando la vida con nuestros propios ojos, percibiendo la información con una lentitud solo comparable a la de Gobernación para encontrar a los 43, esperando que llegue nuestro Día de Muertos con la batería llena para seguir chateando, viviendo, significando y existiendo, antes de que la parca nos quite el mouse para siempre.

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