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La mala vida

Pez soluble
(Yorko)

EL PEZ SOLUBLE
Jordi Soler


Hace unos días leía en la playa los diarios del escritor catalán Josep Pla, un libro que el editor tituló, con mucho acierto, La vida lenta (Notas para tres diarios, 1956, 1957 y 1964). En esos años, hace más de cincuenta, la vida de un escritor en un pueblito del Mediterráneo se prestaba para ser lenta, tan lenta como la que yo experimentaba, en pleno siglo XXI, en una playa del Caribe mexicano, de arena blanca hasta lo inverosímil y agua de un color turquesa que, mirado con absoluta objetividad, es más bien cursi.

De manera que estaba leyendo La vida lenta, desde la vida lenta que iba matizando, es decir, acelerando, con largas caminatas por la arena, en las que me iba encontrando una gran variedad de bichos marinos, desde cangrejos, que son rápidos pero como se desplazan de lado terminan siendo lentos, hasta iguanas, que mientras no se sienten acosadas se desplazan con una  lentitud, digamos, prehistórica. Durante esas caminatas, en las que  trataba de sacudirme la vida lenta que me contagiaba el libro de Pla, hacía observaciones, notas mentales y físicas en una libretita, y también hacia un poco de ejercicio.

Voy a relatar la caminata que hice el primer día del año 2015, un día atípico por ser el primero de una larga serie, y por venir inmediatamente despues de esa noche en que el exceso de alegría, de fraternidad y de alcohol parece ser el único camino decente para cruzar ese umbral imaginario que hay entre un año y otro. Un umbral imaginario que se festeja desde la más dura y ruidosa  realidad. Con el ánimo de evitar engorrosas reflexiones sobre el tiempo, voy a recurrir a una idea total y lúcida de la escritora Susan Sontag: “El tiempo existe para que las cosas no sucedan todas al mismo tiempo. El espacio existe para que no me sucedan todas a mí”. Esta idea de Sontag cayó completa sobre un hombre que vi, o más bien tuve que brincar, durante ese paseo por la playa. El hombre en cuestión, que al parecer purgaba una cruda modélica, sesteaba, o mejor, yacía y era  movido, con cierta dulzura, por el vaivén del oleaje. Su vestimenta indicaba muy a las claras la intensidad, y la entrega, con la que había vivido ese umbral imaginario entre un año y otro, pues se reducía a un calzón azul y nada más. ¿Qué hacía este hombre en calzones, con la  espalda, los muslos, la frente y el mentón llenos de arena, entregado al vaivén del mar, el primer día del año?, ¿habría perdido, durante el  olgorio, el resto de sus prendas?, o quizá se había propuesto despedir y  recibir el año casi a pelo, sin más prenda que esos calzones azules que le abombaba el oleaje cada vez que lo alcanzaba. En ese hombre, que había festejado hasta la inconciencia, hasta la frontera misma de la extrema unción, encarnaba, a la inversa, la luminosa idea de Susan Sontag, pues en ese cuerpo todas las cosas sucedían al mismo tiempo, y todas le sucedían a él, y mientras lo veía ir y venir, seguro de que estaba vivo por el intermitente ronquido que emitía, mascullé una frase que acababa de leer en La vida lenta de Josep Pla: “La buena vida me sienta tan mal como la mala”. Este hombre, de tanta buena vida que se dio en el umbral entre los años, llegó a la mala vida, lo cual constituye una instructiva paradoja que, a la luz de ese hombre traspuesto de calzones azules, vendría a decirnos que la buena vida no puede ser demasiado buena porque, una vez rebasados los niveles razonables de bondad, el signo cambia y se vuelve mala; una idea que ya barajaban los filósofos presocráticos y que luego acabó concentrada en la virtud de la templanza. En la orilla opuesta de este hombre que comenzó 2015 al ritmo de las olas del mar Caribe, tenemos a Josep Pla, en el Mediterráneo, que celebró los tres años nuevos que consigna su diario, de formas distintas. De la llegada de 1957 escribe: “Tomamos  mucho vino. Cune imperial. Me cargo de una manera triste. Vamos al baile, me parece que está muy lleno pero no veo nada. Vuelvo a casa con dificultad, con la ayuda de Martinell y Milio”. Como puede verse Pla, autor de la frase de la buena y la mala vida, se entregaba al festejo con la misma efusión que el hombre del calzón azul, y es muy probable que, sin la ayuda de Martinell y Milio, el escritor catalán hubiera  comenzado 1957 desde la base, desde el mismo suelo, como el hombre del Caribe. En cambio el año 1958 lo recibe, presumiblemente, durante una travesía en barco, pues la última entrada de su diario en 1957 es del 28 de diciembre y dice: “En mar. Vida ordinaria. Comer, dormir, pasear, contemplación del mar”. Como puede leerse en esa temporada el escritor no incluía el “beber” dentro de sus actividades. El último día de 1964, el escritor tiene 67 años y celebra, de manera más que  apacible, la llegada de 1965: “En el fuego, botella de champán. En la cama a las ocho y media. Me duermo a primera hora. Despues, a las cuatro, insomnio. Estamos en 1965”.  


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