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Su majestad, Amparo

Amparo
(Especial)

por Miguel Cane

Virgen de los Desamparados Rivelles Ladrón de Guevara.

En la pila bautismal le pusieron apelativo de reina, y, en cierta forma, en ambos lados del Atlántico lo fue por más de seis décadas y media. Al principio de su carrera, en su España natal fue “Amparito”, la niña prodigio que creció entre bambalinas, bajo la mirada de sus padres histriones, heredera de una tradición de abolengo que le venía de los abuelos y que incluiría a su hija, hermano (el hoy también extinto y bienquisto Carlos Larrañaga) y sobrinos; fue también esa sensación juvenil que con solo quince años saltó a la fama en las pantallas de cine con Mari Juana en 1940 y se convirtió en la noviecita que tantos muchachos adoraron por la belleza serena y sencilla de sus facciones, por sus enormes y expresivos ojos —era capaz de fulminar o redimir solo con una mirada— y esa dicción magistral que al llegar a la edad adulta la hiciera una primera figura que hacía temblar a los grandes, porque nadie, pero nadie, daba réplica como ella.

El grueso de su carrera no tuvo lugar en España, curiosamente  —aunque ahí se había dado el lujo de trabajar con el mismísimo Orson Welles y toda la cosa, en 1955 en Mr. Arkadin—, sino en México, adonde la llevó un compromiso de trabajo en 1957 y donde acabaría quedándose a vivir por casi veinticinco años: fue la titular en El esqueleto de la señora Morales, retorcida comedia negra escrita por Luis Alcoriza (discípulo de Luis Buñuel), en la que encarnó a una mujer mucho mayor, que martiriza a su marido —el enorme Arturo de Córdova— hasta la locura. También fue la absoluta soberana de la telenovela, por casi dos décadas; de la mano del exquisito Ernesto Alonso, que era un visionario de este mercado de lágrimas, fue la protagonista de decenas de melodramas de largo aliento, en los que lo mismo interpretaba a madres abnegadas, como Anita de Montemar o Marisa Cruces —que cargaba una pesada cruz—, que mujeres consternadas por amor, como en La leona o Lo imperdonable, o que a personajes estrambóticos (véase la increíble Doña Macabra, escrita para ella por Hugo Argüelles) o villanas perversas y de mal corazón (como fue el caso en La hiena, de 1973, donde como predecesora de Catalina Creel, hacía ver su suerte a Ofelia Medina, que era su pobre hijastra). Las amas de casa abandonaban sus quehaceres cotidianos para observarla, reina por un día, reclamar el desamor a tibios y pusilánimes galanes —las más de las veces más jóvenes y, por lo mismo, más maquillados que ella— que estaban confusos y no valoraban su afecto, esto siempre expresado con su voz modulada y exquisita, sin aspavientos, sin esa lágrima fácil que era el recurso de otras como la argentina Libertad Lamarque, que lloraba más sabroso, pero era menos actriz, por muy bonito que cantase.

En México no solo floreció en la pantalla chica, también hizo cine —son memorables sus apariciones en cintas como la comedia Los novios de mis hijas, el melodrama La viuda blanca (donde su hijo Julián Pastor le canta su precio por enredarse con Julio Alemán, el viudo de la amante del marido muerto), la cinta de Carlos Enrique Taboada ¿Quién mató al abuelo?, y Presagio, escrita por Gabriel García Márquez, y se dio el lujo de hacer teatro a lo grande, con el legendario Manolo Fábregas, llevando a las tablas infinidad de obras de Giraudoux, Casona, Oscar Wilde, Lope de Vega y hasta fue la incomparable Tía Mame, salida de la novela de Patrick Dennis, y fue tan buena en las tablas, como lo fuera Rosalind Russell en celuloide, años antes que Silvia Pinal triunfara con la versión musical de la misma historia.

Su vuelta en España, hacia 1981, fue para encabezar la versión televisiva de Los gozos y las sombras, de Gonzalo Torrente Ballester, que estuvo delirante de placer con su casting como Doña Mariana. A esto seguirían dos grandes momentos en Televisión Española: una versión magnífica de La voz humana de Cocteau (que aún hoy se puede apreciar, íntegra, en YouTube, así que le sugiero vivamente buscarla) y su aparición como la cruel Doña Paula en La regenta, donde hizo a Aitana Sánchez-Gijón ver su suerte. En 1986, por Hay que deshacer la casa, de José Luis García Sánchez, fue la primera actriz en obtener un (merecido, muy merecido) Goya.

Figura imponente, aún a los 81 años, cuando se despidió de los escenarios en Santander (ciudad donde hiciera su debut) en 2006 con La Duda de Shanley, en una interpretación que no le pedía nada a la de la Streep, la Rivelles vivió para la escena y para el público, más allá de las tragedias o sinsabores —que los hubo, y no fueron escasos— siempre como una imagen icónica. Como una soberana majestuosa de habla soberbia.


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