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La luz prendida

'Lampada annuale' (1966) de Alighiero Boetti.
'Lampada annuale' (1966) de Alighiero Boetti. (Especial)

EN EL TONO DEL TONA
Rafael Tonatiuh

"Cuántas luces dejaste
encendidas, yo no sé
cómo voy a apagarlas".
José Alfredo Jiménez

En 1987, deambulaba capulinamente por el desaparecido Centro Cultural Arte Contemporáneo, cuando llamó mi atención una pequeña caja de madera de la que salían sonidos de un serrucho. Me aproximé y leí en una etiqueta: Caja con el sonido de su propia elaboración. Autor: Robert Morris. Año: 1961. Material: Caja de nogal, altavoces y cinta con tres horas y media de audio grabado. Dimensiones: 22,82 cm. Técnica: Pieza escultórica con sonido. Estilo: Arte conceptual.

Me llegó al alma la narración de esa caja hablando de sí misma. Desde entonces le puse mayor atención al arte conceptual (no solo en museos y galerías de México, sino cuando he tenido la fortuna de viajar, he visitado el Guggenheim de Nueva York, el Centro Pompidou de París, el Tate de Londres, el Reina Sofía de Madrid, la Casa Museo Dalí de Port Lligat y la Fundación  Miró de Barcelona). Así di con otra pieza deslumbrante: La Lampada annuale (1966) de Alighiero Boetti. Solo se prende una vez al año por 11 segundos, para simbolizar los innumerables acontecimientos que tienen lugar sin nuestro conocimiento y sin nuestra participación.

Me llegó hasta el pirineo ese foco iluminando 11 segundos de paz, como un último cigarro que se consume antes de dormir.

De niños no podíamos dormir con la luz apagada. La oscuridad, cuando no es invocada ni consensuada, es incómoda, se asemeja a la asfixia. Las mentes infantiles, fértiles de imágenes poliformes, tienden a la paranoia y aguardan una aparición terrorífica de las sombras.

Nuestros padres nos dejaban dormir con la luz prendida (pero luego la apagaban para no gastar, si tampoco son pendejos), irradiando una transparencia más cabrona la que genera la resplandeciente Secretaría de la Función  Pública, tranquilizándonos al comprobar que lo que en penumbras parecía ser Javier Duarte, a la luz era solo un duende horripilante surgido de la Dimensión Desconocida.

Arrastramos prejuicios ancestrales prejudeocristianos que relacionan la oscuridad con el demonio, las brujas y los fantasmas, sin ponernos a pensar que el demonio, las brujas y los fantasmas son seres superpoderosos que traspasan las paredes y pueden estar en donde quieran a la hora que se les hinche la gana, con o sin luz prendida. Como faquires o diputados.

La claridad resalta la compañía de las cosas, la oscuridad te remite a ti mismo. Si no te has dormido, “la mente se vuelve un mono inquieto”, como dijera un maestro de meditación respecto a la dificultad que tiene el ser humano para concentrarse, distrayéndose con cualquier pendejada, tipo qué salsa le va mejor al suadero (y eso cuando los pensamientos son amables, porque si se trepan al tren del malviaje nocturno, conocerás Guerrero de noche).

El mono inquieto frikeado busca, invoca e implora tragedias. Uno se puede morir en cualquier momento (de hecho, es lo usual), pero a uno le entra un aterrador convencimiento de que se va a morir justo esa noche, en la oscuridad, y al encender la luz se va esparciendo el miedo y ya no se piensa en llamar una ambulancia.

Nunca entra un triste ladrón a la casa, mucho menos un violador u asesino serial, pero en la oscuridad germina la idea de que justo esa noche ocurrirá la masacre presagiada por los dioses del destino.

Se va la luz, uno se duerme con un crucifijo en una mano y un cuchillo cebollero en la otra. Es el miedo irracional que solo se calma con una vela y un tequila. Vuelve la luz, uno se sigue con otro tequila para el susto y comienza a prender foquitos: el estéreo, la tele, la lap, otro tequila, ¡vámonos a la calle! ¡A la vida nocturna! ¡Bajo marquesinas y anuncios multicolores y festivos!

Antes no se pagaba la luz por miedo a la oscuridad, ahora no se quiere apagar la luz porque deprime la oscuridad.

Yo no quiero apagar la luz. Nadie quiere apagar la luz, ¿tú quieres apagar la luz? En la actualidad hay demasiadas luces prendidas. El planeta no quiere dormirse. Las personas que tenemos personalidad insaciable (y somos la mayoría) nos negamos a apagar la luz porque eso equivale a aceptar la derrota: que se acabó la fiesta, se cerró la caja, ya van a bajar la cortina, kaput, c’est fini, a dormir.

Nadie quiere irse a dormir, ¿o tú quieres irte a dormir? por eso hay cajeros automáticos y tienditas las 24 horas. Ahora que si no hay dinero para el bar, salir a bailar, jugar en el casino, ahí en la casa está la tele, la compu, el celular, la luz prendida, intermitente, en forma de pantalla o de foquitos, enviando sutiles radiaciones electromagnéticas a los ojos, al cerebro, diciendo: “resiste campeón, no te duermas, todavía puedes bajar rolas de YouTube, comentar notas en Facebook, editar fotos en la lap, retwitear, ver porno, grabarte cantando ¡no cierres esos malditos ojos!”

Los terrícolas generamos tanta luz que seguramente otros planetas lejanos nos toman por un  nuevo Sol. Somos mutantes-vampiros-insomnes-zombies del espacio que podríamos ser felices si no fuera por culpa del trabajo, que nos obliga a apagar las luces, vestirnos y salirnos a la calle. ¡Un buuu para el trabajo! Bueno, me voy a echar una pestaña. Ai’ les dejo su Lampada annuale

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