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Martes , 23.10.2018 / 16:09 Hoy

Luisito Rey se pone flamenco

Pepe el Toro es inocente

Los seres más aviesos suelen ser los que más saben divertirse y divertir al público que se entretienen con sus perradas y fechorías. Causarán estupor, pero también buen humor.
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Pocas cosas fueron tan divertidas como reconfortantes cuando un querido emisario del pasado ochentero, nos contó a un grupo de vivales que él y un grupo de camarógrafos de Televisa se habían organizado para jugarle una broma pesado al chocante chamaco mamilia que respondía al nombre de Luis Miguel, el Sol de México, Micky para su fanaticada y su círculo cercano que por lo que ahora sabemos, eran peor de vivales que todos nosotros juntos. Así, nos contó este muchacho tan loco que habían agarrado distraído al exitoso chamaquito que se sentía hecho a mano, le pusieron una sábana encima y lo metieron en un closet perdido en la laberíntica geografía de estudios y cabinas. Muertos de risa, veíamos su imitación de Luismi gritando como energúmeno, exigiendo que lo dejaran salir de aquel escondrijo oscuro y maloliente.

Por supuesto, corrieron a todo el personal del estudio por haberse atrevido a tocar al señoritingo que era insoportable y de sangre pesada. Un atorrante berrinchudo que todo el mundo aborrecía. Nada que ver con el pobre nene maltratado psicológicamente por su padre, el verdadero villano favorito de México, Luisito Rey, que ha desbancado en muy poco tiempo a grandes de la villanía nacional como los Salinas Brothers y Javidú & gobers preciosos.

Hay quienes sostienen que la serie sobre la vida del famoso cantante que se transmite por Netflix es sobre el famoso cantante que por años se ha sentido la última Lulú de grosella en la lonchería, pero no. De hecho, a juzgar por la manera en que Luismi sufre a lo largo de la historia, que es un repaso también por el muy desmejorado México de los ochenta, donde solo había Siempre en domingo, López Portillo se sentía el chozno de Nezahualcóyotl y La risa en vacaciones, uno podría creer que se trata en realidad de un spin off de La rosa de Guadalupe donde se sostiene una tesis fundamental: que los mirreyes también lloran.

Nada más equivocado. Esta exitosa serie televisiva que cada domingo ponía a México en vilo, es en realidad un homenaje a Luisito Rey, el peor padre de la historia que supera en materia de paternidad irresponsable a Thanos, Joe, el progenitor de Michael Jackson, Darth Vader y casi que al padre Maciel que solo le gana por su afición a la estimulación temprana. Por eso no vemos playeras de Luismi buscando a su madre sino distintas versiones de su padre caricaturizado con textos tipo: “Luisín Reyín cabroncín” o “Te odio Luisito Rey”. Te odio y sin embargo te amo, como dice la canción.

Aunque hay algunos defensores del señor Rey que era aficionado a todo lo ilegal, lo inmoral y el clembuterol (eso quizá ese explique ese peinado tan sofisticado a la desgreñé) debido a que en realidad, visto de otra manera, podría haber sido un padre ideal: te lleva de reventón, te presenta amigas buena onda, saca el pomo y los estupefacientes, es un party animal, te lleva a los antros y al degenere.

En el mundo de lo políticamente incorrecto, algo nada despreciable.

Pero parece que esa no es la intención de la producción, exaltar el espíritu de un hombre cuajado de defectos, pero que al final, como todo gran villano se convierte en fuente de inspiración: pensemos en JR Ewing que en toda su canalla vida fue resucitado por los adictos a la vieja serie ochentera-noventera, Dallas; o Catalina Creel, que con todo y su parche de pirata cojo y pata de palo, aún es el epítome de la perversión hecha mujer. Bueno, nadie quiere ser en realidad como el tuerto, el enemigo de Pepe el toro o como el mariguano que madreaba a Chachita y a su abuelita, o como Don Carmelo, el ciego que trabajaba de viejo cochino en Los olvidados, pero sus lecciones para malhechores nunca pasarán desapercibidas.

Y es que, debemos admitirlo, los seres más aviesos suelen ser los que más saben divertirse y divertir al público que se entretienen con sus perradas y fechorías. Causarán estupor, pero también buen humor. Los infames no tienen parangón, porque saben pasársela chingón. Por eso el Luisito Rey del excelso Oscar Jaenada opaca al señor Boneta que quiere trabajar de Luis Miguel el bueno, uy qué bueno, nieto de bueno también. Mientras los escritores, quizá orillado por El Sol que vive en el sueño guajiro de la biografía perfecto, hacen del muchacho chicho de las canciones gachas una especie de Simplemente María del yupismo azteca, Jaenada hace una hombrada al construir a un ser bajo y despreciable, abismo de porquería e inferioridad, que al mismo tiempo, por sus afanes flamencos y temperamento de gitano, conforma no un personaje sino un personajazo que nos ha heredado sus modos al ritmo de “¡Venga, niño, deja de joder!” o “¡Su puta madre!” y lindezas por el estilo.

A Jaenada lo recordamos apenas por su extraordinaria interpretación de Cantinflas que, tristemente, no alcanzó al sombrío y siniestro Mario Moreno que era como un Luisito Rey de hablar cantadito, porque los productores del filme se quedaron nada más a nivel de homenaje y se negaron a presentar al famoso mimo en toda su crueldad. Sin embargo no podía haber encarnado al papacito manos largas del Sole mio, si no hubiera tenido la oportunidad de meterse en el alma del dios del flamenco, Camarón de la isla, cuya influencia musical alcanza todos los géneros y trasciende tiempos y épocas con los pies en el tablao, las palmas siempre prestas y la guitarra de Paco de Lucía.

Mucho hay de Camarón en el Luisito de Jaenada.

El asunto es que después esta primera temporada uno voltee a ver a su respectivo jefecito, perdonarle las perradas amateurs, los leves traumas que te haya heredado y valorarlo de a de veras pensando en qué pudiste haber sido hijo de Luisito, ¡coño!

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