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Lunes , 18.06.2018 / 16:26 Hoy

Los simios contraatacan

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EL ÁNGEL EXTERMINADOR

EL PEZ SOLUBLE

Jordi Soler


En la aldea de Xianfeng, que está en el suroeste de China, una rebelión de monos tiene sitiada a la población de humanos.

Los changos, puestos a invadir, son un auténtico peligro, comparten con nuestra especie esa propensión a irse adueñando de los espacios, a ir, como que no quiere la cosa, colonizando el territorio. Ya contamos, hace unos meses, en esta misma página, de la legión de macacos que pulula por el peñón de Gibraltar y que, de momento, es un problema que tiene que solucionar el gobierno inglés, pues el peñón, aunque está en España, es de su propiedad; pero si en la votación que harán los ingleses mañana jueves ganara el Brexit, Inglaterra abandonaría Europa y dejaría al peñón en una situación, que si se torciera suficientemente, podría redundar en el hecho de que España heredara esa tribu de macacos enloquecidos y altamente erotizados. Hace poco uno de esos macacos que pululan por las calles de Gibraltar se lanzó sobre una guapa turista, le quitó el sujetador y comenzó a ejecutarle un obsceno tocamiento de pechos. La turista fue a denunciar al mono y el policía que la atendió le pidió que identificara al agresor, obviando que a nuestros ojos los monos de una misma tribu son todos iguales. De manera que el agresor de Gibraltar no fue uno, sino todos los macacos del peñón.

La historia es que un día llegaron unos cuantos monitos y que poco a poco, a causa de esos gruesos niveles de lubricidad que gastan, han ido poblando el territorio.

Pues lo mismo que pasa en Gibraltar, pero a lo bestia, pasa en la otrora plácida aldea de Xianfeng. En el año 2003 a un funcionario de esta aldea se le ocurrió, para estimular el turismo, atrapar una buena cantidad de los changos que pululaban por las montañas y acercarlos a la zona urbana, en una especie de parque con vida salvaje que, efectivamente, empezó a atraer a los turistas. El proyecto empezó con 73 monos que atraparon, en un esfuerzo que se extendió durante varias semanas, los vecinos. No entiendo, la verdad, como un vecino puede salir a atrapar a un mono, por más que se lo pida el alcalde, ¿cómo se hace eso?, ¿lanzándoles una cuerda como en los rodeos?, ¿narcotizándolos?, ¿y luego cómo carga el vecino a ese mono narcotizado, que pesa más que él, de la montaña hasta la aldea? Las noticias de Xianfeng, por desgracia, no cuentan esos detalles porque prefieren contar el drama social ocasionado por esos 73 changos originales, que hoy se han convertido en una escandalosa tribu de 600.

El proyecto, al principio, fue un éxito, el hombre más rico de la aldea donó el terreno para hacer el parque donde los turistas convivirían con los changos y se ocupó de gestionar los detalles, nada menores, de su administración. Pero resulta que un día este hombre murió y que sus herederos no estaban por la labor de hacerse cargo del parque y simplemente lo cerraron, dejaron a los monos desatendidos y ellos decidieron dejarse atender por la gente de la aldea, que al principio vio con buenos ojos la presencia de los macacos en las calles de Xianfeng pues el nuevo formato, el del chango en completa libertad, redobló el número de turistas que se sentaban en un restorán y veían muy divertidos cómo un mono les robaba las croquetas o se bebía sus Coca-Colas. Pero eso que era tan divertido para los turistas, y tan lucrativo para los hoteles y los restoranes, comenzó a convertirse en una pesadilla para los aldeanos.

Como la turba era de 600 monos haciendo bulla por las calles de la pequeña aldea, los vecinos decidieron reducir la población aplicando el mismo método que se había usado para capturarlos, es decir, recapturándolos y regresándolos a las montañas. Si no queda claro cómo hicieron para capturar 75, mucho menos puede entenderse qué hicieron para recapturar a 300, que fueron los que al final regresaron, a regañadientes, a su hábitat natural. Los habitantes de Xianfeng se deshicieron de la mitad del problema, pero se quedaron con 300 monos en la aldea que, como fueron testigos de la maniobra, optaron por radicalizarse y ahora, envalentonados por el temor que ya han visto que producen, se han convertido en una pandilla de gamberros. Esta es la situación que nos cuentan hoy las noticias de China, la de una aldea tomada por 300 monos que han extendido su poder hacia la periferia, donde los aldeanos tienen sus huertos, y se han puesto a destruir las cosechas, en una maniobra suicida porque, hasta hace unos días, ellos también se alimentaban de esos huertos.

Parece que la situación en la aldea es insostenible, los turistas siguen yendo a contemplar ese fenómeno, pero los nativos están hartos de que los changos se metan a sus casas y abran el refrigerador en busca de viandas, o de que les arrebaten la comida del plato o de que, aprovechando la ausencia del marido que está recomponiendo el huerto, traten de refocilarse con la esposa que los espera, con un palo en la mano, para darles en la cabeza como vio que les daban en la película de El planeta de los simios.

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