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Lunes , 20.08.2018 / 12:23 Hoy

Los cien años de Santa Ingrid

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Todo el mundo se enamoró de Ingrid Bergman, la actriz que era santa y pecadora, todo en un mismo y exquisito empaque. Pese a su temprana orfandad, siempre supo que lo suyo era el llamado de los escenarios. David O. Selznick la importó a Hollywood, con todo y familia, en 1938. Su intención era hacer de ella una nueva Garbo, pero ésta era infinitamente mejor actriz, y creó una serie de personajes icónicos en rápida sucesión: Ilsa Lund, que de todos los antros de vicio del mundo, tenía que entrar al de Rick, en Casablanca (y a quien se atribuye uno de los misquotes más célebres de la historia. Ilsa jamás dice: “Tócala de nuevo Sam”, lo que hace es sonsacar al mentado Sam diciéndole: “Toca, por los viejos tiempos”, antes de ponerse a tararear, coqueta, la tonada de “As Time Goes By”). En manos de Hitchcock, se convirtió en prototipo de la rubia glacial de chic innegable, que desde entonces aquél buscó replicar en sus leading ladies. Así, dio vida a la psiquiatra de Spellbound y la atormentada Alicia Huberman de Notorious, a quien Cary Grant dio el primer beso con lengua en la historia del cine.

Alcanzó estrellato indiscutible, pero su inquietud la llevó, en 1949, a pedir un papel a Roberto Rossellini, padre del neorrealismo italiano, quien la invitó a rodar Stromboli, donde acabaría enamorándose de él, para escándalo mayúsculo de Hollywood, más aún por quedar encinta (a la sazón procrearían tres hijos, Robertino y las mellizas Isotta Ingrid e Isabella, que replicaría el allure materno y es mitológica por derecho propio), estando aún casada con Petter Lindström. El público que la había ensalzado la condenó como adúltera, aún después de que Rossellini se casó con ella (para afrenta de Anna Magnani, que había sido su amasia por una década y la odió por esto hasta la muerte). Exiliada, aprovechó para hacer filmes como Europa ‘51, Ya no creo en el amor, Nosotras las mujeres y Viaje a Italia, que no tuvieron éxito, pero serían revalorizados por la crítica. En 1956 rompió con Rossellini, lo que la congració de nuevo con el studio system: protagonizó Anastasia, melodrama acerca de la presunta supervivencia de la archiduquesa Anastasia Romanov a la masacre de su familia (misterio muy disputado en la época, hoy desmentido del todo), por el que obtuvo su segundo Oscar, siendo Cary Grant quien recogiera el premio en su nombre; al poco rodarían para Stanley Donen la exquisita comedia de enredos de alcoba Indiscreta, en Londres, donde fijaría su residencia. En 1959 volvió a Hollywood después del escándalo para los Oscares y la sala la recibió con una ovación de pie, como si eso pudiera borrar años de oprobios.

Ella siguió aventurándose en proyectos que le satisfacían, sin pensar en lo económico: hacia fines de los sesenta hizo una temporada teatral con La voz humana, de Cocteau, y bailó à go gó con Walter Matthau en Flor de cactus (donde señala, con exquisita dicción: “Doctor, no seré una diosa del sexo, pero créame que tampoco he pasado mi vida trepada en un árbol”). En 1973, Sidney Lumet la invitó al elenco de Asesinato en el Expreso de Oriente, y ella insistió en interpretar el rol de la modesta misionera, que con su monólogo —en una sola toma— recorre todas las gamas emotivas: la recompensa a su esfuerzo fue una tercera estatuilla, como mejor actriz de soporte. Su última aparición en cine fue como la deliciosa y monstruosa madre de Liv Ullmann en Sonata de otoño, que por fin la reunió con Ingmar Bergman. El encuentro entre genio y estrella no fue idílico, y en más de una ocasión acabaron mentándose la madre, pero el filme —por el cual rechazó el ofrecimiento de Woody Allen de interpretar a la madre en Interiores, escrita con ella en mente y que interpretó Geraldine Page, siendo ambas nominadas al Oscar ese año— es de belleza turbadora y cruda.

El 29 de agosto de 1982, día de su cumpleaños 77, poco después de rodar una miniserie sobre la otrora primera ministra israelí, Golda Meir, ofreció una comida para sus hijos y al término, se retiró a descansar para siempre.

Es recordada como el más grande mito de su generación, literalmente inmortal.

MIGUEL CANE

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