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El loco de Cerdanyola

Los hermanos, retratados por su amigo Picasso.
Los hermanos, retratados por su amigo Picasso. (Especial)

EL ÁNGEL EXTERMINADOR

EL PEZ SOLUBLE

Jordi Soler


Los hermanos Junyer i Vidal eran dos pillos catalanes que, a mediados de la década de los años treinta del siglo pasado, montaron un boyante negocio de falsificación de pinturas medievales. Más que falsificar lo que hacían era repintar encima de retablos del siglo XIV, que estaban en pésimas condiciones, y que después de una cuidadosa intervención, que con frecuencia se metía con el trazo original, quedaban como piezas impecablemente conservadas, que vendían a precio de obra medieval. Estos eran sin duda unos pillos, pero pertenecían a la alta burguesía barcelonesa, eran tipos cultos que tenían mucha relación con el mundo artístico. Eran, por ejemplo, amigos de Picasso, y tenían en su atelier varias obras suyas, auténticas, para vender. También eran amigos de Josep de Togores, un pintor catalán que emigró a París y tuvo su momento de gloria con un cuadro que se titulaba El loco de Cerdanyola, que fue premiado, a principios del siglo XX, en la Exposición Universal que se celebraba en esa ciudad.

El autor de El loco de Cerdanyola luego tuvo un viraje hacia el expresionismo, salía al campo, montaba su caballete y pintaba a gran velocidad para terminar su lienzo antes de que se metiera el sol. En 1932 regresó a Barcelona y de inmediato entró en contacto con los hermanos Junyer i Vidal, que no eran conocidos todavía como hábiles falsificadores, sino como coleccionistas, críticos de arte y comensales asiduos del mítico restaurante Els quatre gats, Los cuatro gatos, un hermoso sitio modernista en el que recalaban pintores, escritores e intelectuales de la época. Aquel mítico restaurante desapareció y tiempo después fue reconstruido, con lujo de detalle y mucho mimo, y hoy es uno de los sitios favoritos del turista, latinoamericano o japonés, que visita Barcelona. No se trata del restaurante original, sino de una recreación o, para seguir con la órbita de los hermanos Junyer i Vidal, de una falsificación. Pero, si están bien hechas, ¿qué tienen de malo las falsificaciones?, ¿no sería estupendo que de las falsas paredes de Els quatre gats colgara algún falso cuadro, del siglo XVI, de los hermanos Junyer i Vidal?

Vayamos por orden: el restaurante falso tiene de malo que, si un comensal asiste con la ilusión de comer en la misma mesa que lo hacía Picasso, va a llevarse un chasco en cuanto se entere de su falsedad. Y no tiene nada de malo si al comensal le da igual esta falsedad. En cambio el falso retablo del siglo XIV tiene el delito de su precio, de que se vende como si fuera una obra medieval, cuando fue rehecha hace ochenta años.

La cosa no es tan cristalina en otros artículos como, por ejemplo, los relojes Rolex falsificados, que son exactamente iguales que los auténticos, con la misma precisión, la misma maquinaria, las mismas joyas, tanto que los expertos, los relojeros y los Vistas aduanales que controlan su paso por las fronteras, no son capaces, muchas veces, de distinguir el original de la imitación. Lo mismo sucede con los trajes de la marca Armani que fabrica un sastre japonés, que tiene una clientela de abogados españoles que vuelan a aquel país para comprarse unos impecables Armani a medida. Si son idénticas al original, ¿qué tienen de malo estas falsificaciones, que son lo mismo y cuestan la mitad de precio? Los dos artículos que he citado son indistinguibles de los originales, son falsificaciones impecables que ponen en entredicho lo que cuesta un objeto solo por la marca que lleva. Pero aquí ya estamos hablando de objetos que se producen de manera industrial, no de una obra única, y falsificada, como podrían ser los retablos del siglo XIV de los hermanos Junyer i Vidal, que fueron hechos bien entrado el siglo XX.

De estos retablos falsos se vendieron y revendieron, durante décadas, varias decenas, a instituciones tan importantes, y tan libres de sospecha, como el Metropolitan Museum de Nueva York. Aquí el delito es flagrante porque esos retablos valen mucho dinero. ¿Cómo es que los curadores de museos tan importantes se dejaban estafar de esa manera? Muy sencillo, los hermanos eran unos auténticos maestros, que repintaban retablos auténticos, sobre maderas que venían efectivamente del Siglo XIV y con unas tonalidades propias de la edad media. Como en la época de sus falsificaciones el atelier no daba abasto, los hermanos se vieron orillados a contratar pintores para que los ayudaran a sacar adelante la ingente producción. Los pintores asistían de buena gana porque los Junyer i Vidal pagaban estupendamente y, para los hermanos, que dependían de la confidencialidad de sus trabajadores, los pintores eran los aliados perfectos porque ninguno quería revelar que se ganaba la vida con ese trabajo chapucero. Entre sus trabajadores destacaba el pintor Josep de Togores, el autor del famoso El loco de Cerdanyola, que en esos años acababa de volver de París y andaba de capa caída. Hoy podemos detectar su huella porque en cada retablo que repintó, aparece la virgen, o el niño, o algún otro personaje que tiene la cara de su loco de Cerdanyola.


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