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¿Por qué llora 'La princesa del Palacio de Hierro'?

Gustavo Sáinz
(Octavio Hoyos)

EL ÁNGEL EXTERMINADOR
Miguel Cane

Gustavo Sainz falleció la semana pasada a los 75 años de edad.

Era un hombre joven aún a 50 años de la aparición de Gazapo, su primera novela (escandalosa para la época por la franqueza brutal y humor socarrón de su narrativa), que fue, junto con La tumba, de José Agustín, piedra angular del relativamente efímero movimiento conocido como "La onda". Podría decirse que Gazapo (1965) y La princesa del Palacio de Hierro (1974) son el alfa y el omega de ese momento vibrante en la literatura mexicana, que a duras penas logró sobrevivir al golpe del 68 y abrió la puerta a una narrativa más fluida, de influencias cosmopolitas y una irreverencia exquisita, que le permitió experimentar con todas las formas posibles. Hasta al buen Charley Fountains le gustaba La Onda", y lo reconoció en público.

En su caso, opuesto a José Agustín, sus influencias eran ligeramente menos pop —donde Pepe hacía guiños a los Rolling Stones, Salinger, Twain y "Enrique Jaimes"—; era un lector de apetito omnívoro. De ahí que lo mismo Faulkner y Cortázar, que Pirandello, Pinter, E.E. Cummings, Iris Murdoch, Girondo, Rabelais, Nancy Mitford, Chéjov o Proust se filtrasen por su óptica, con buenas dosis de discos de Los Beatles, Duke Ellington y Françoise Hardy. Veía muchísimo cine y se notaba: véase la mano de Polanski, Malle, Truffaut, Resnais (naturalmente, como toda su camada, estuvo obsesionado con la nouvelle vague), Visconti o Peter Sellers entre líneas de sus obras, que son, por otra parte, algunos de los libros más entrañables que leí en mis años formativos.

Residente en Bloomington, donde era académico de la universidad de Indiana (antes había dado cursos y cátedras en diversas universidades estadunidenses, siguiendo la carrera académica que inició como profesor en la Facultad de Ciencias Políticas de la UNAM), Sainz siguió escribiendo y experimentando —véase La novela virtual o el libro con el que en 2003 obtuvo el premio Bellas Artes de Narrativa Colima para Obra Publicada, A troche y moche— y siguió como hombre generoso y de ingenio poco común.

Personalmente no solo tengo que agradecer su obra, especialmente sus libros de La Onda (que merecen ser redescubiertos por lectores de toda edad, ahora disponibles gracias a Ediciones del Ermitaño), sino también otro detalle más cercano: Sainz fue amigo de juventud de mi padre (ostensiblemente uno de los varios amigos que sirvieron de molde para los personajes de la "palomilla" de Menelao en Gazapo), y redactor en jefe de la revista Claudia, magazine de modas y temas de actualidad, que era la respuesta nacional a laVogue; antes que él, el puesto lo había ostentado Vicente Leñero. Mi madre, María, entonces una joven Peggy Olson, era su secretaria ejecutiva, ejerciendo ocasionalmente de voz de la serenidad en un ambiente a veces demasiado creativo. Sainz presentó a mis padres, sin advertir que esto tendría consecuencias permanentes: el flechazo fue instantáneo. Al casarse, mi madre dejó de trabajar con él, aunque la amistad continuó (de hecho aparecen como personajes muy menores en su incesante y proustiano monólogo à go-go, más conocido como La princesa del Palacio de Hierro, novela publicada el año que nací) hasta su partida a Estados Unidos. Años más tarde, en una presentación suya, me acerqué, no sin cierto pudor, para decirle quién era —él vivía fuera desde principios de los 80. Al oír los nombres de mis padres, me dio una gran sonrisa, y dijo que, hasta esa fecha, mi madre era la mejor asistente que jamás había tenido y que mi padre era un suertudo por haberse casado con ella.

Hay muchos detalles memorables en la obra de Sainz, autor que merece ser más leído de lo que ahora es; quizá la mejor frase para homenajearlo, sea el maravilloso y profético mantra con que concluye Obsesivos días circulares (1969), mismo que oral y tipográficamente se repite hasta el infinito: "De generación en generación las generaciones se degeneran con mayor degeneración."


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