QrR

Los libros del año

(Especial)
(Especial)

EL ÁNGEL EXTERMINADOR
Iván Ríos Gascón


Para cerrar el calendario gregoriano proponemos un breve inventario de los mejores libros de 2015. Obras que pueden conservarse en la biblioteca personal sin mortificación alguna y que no terminarán en las librerías de viejo ni van a convertirse en obsequios rezagados (el típico roperazo que se suele hacer en estas fechas) porque en cuestión de los demasiados libros, diría el eximio Gabriel Zaid, a los estantes hay que depurarlos periódicamente, de lo contrario reventarán como ogros indigestos. He aquí seis títulos y un bonus track ampliamente recomendables.


"Sumisión", Michel Houellebecq. Anagrama

Después de El mapa y el territorio (en la que alucinó su propio asesinato), Le grand provocateur volvió a las mesas de novedades con esta novela en la que explora la hegemonía del islamismo en el Estado francés en el año 2022. Estamos ante una parábola politiquement incorrect en la que François, catedrático de La Sorbona y experto en Huysmans, observa impertérrito cómo su mundo se desploma ante un discurso político y un proyecto de nación más coherentes y menos zafios, y de los que al final se sirve de ciertas ventajas aunque en el fondo presienta que la devastación cultural es inminente. Pese a la publicidad involuntaria que los atentados de enero en contra del magazín Charlie Hebdo le acarrearon a Houellebecq y su novela, lo cierto es que el relato no es anti–Islam ni xenófobo ni segregacionista sino una mezcla irreverente de haute littérature y grand guignol. Las salvajadas perpetradas en noviembre en París (el Petit Cambodge, el Bataclan, el Estadio Nacional) no tienen nada que ver con este libro, pues aquí no hay atentados ni suicidas, solo unos leves conatos de violencia.



"La Zona de Interés", Martin Amis. Anagrama

He aquí otra novela incómoda, incomodísima para las almas puras y los corazones nobles, un tour de force que conduce al lector a la mirada, al ego y las emociones de los peores monstruos de la historia. El maestrísimo Martin Amis cuenta una trágica, poética e irónica historia de amor en un campo de exterminio, solo que sus personajes no son los judíos infortunados sino los nazis asesinos, criminales despiadados y sádicos irredentos que a pesar de todo se permiten amar y desear hasta la locura, aunque combinen las más altas pasiones con el oficio sanguinario. Como en su anterior novela, Lionel Asbo, Amis demuestra que, pese a lo que afirman ciertos pensadores, lo humano y lo animal son uno solo.



"Marienbad eléctrico", Enrique Vila–Matas. Almadía/ Literatura UNAM

Como Historia abreviada de la literatura portátil o como Bartebly y compañía, esta novela de Vila–Matas tributa al arte puro, o quizá sea mejor decir, a la creencia. A través de un intercambio epistolar entre la enigmática, fascinante artista Dominique Gonzalez–Foerster, instaladora sin taller ni planeación escrita sino provocadora irreflexiva, y un tal EVM, el relato discurre sobre la naturaleza y los efectos de la estética del mismo modo en que la veía Duchamp: como un auto de fe. Meditativa, filosófica hasta la iluminación, en su brevedad refulgen las presencias de Rimbaud, de Baudelaire, de La invención de Morel de Bioy Casares, de Resnais y Robbe–Grillet, de Robert Walser, pero, sobre todo, de Sherlock Holmes y Watson, como si estuviéramos leyendo a un Conan Doyle de la utopía.



"Pureza", Jonathan Franzen. Salamandra

Pip, como el del personaje de Charles Dickens, es el nombre de la nueva heroína del gran Franzen, que vuelve con este libro de la misma talla de Las correcciones y Libertad, solo que ahora se traviste de una chica que lleva a cuestas una pésima relación con su madre, otra deplorable relación con sus colegas del trabajo y una definitivamente atroz consigo misma. Pip encarna al espíritu estadunidense más sensato, sí, pero también a esa otra faz que se debate entre el bien y el mal, y en medio de todo esto, un negocio de espionaje de personas, corporaciones y gobiernos. Imprescindible para meditar en los claroscuros del American Dream.



"Diarios 1945–1985", Salvador Elizondo. Fondo de Cultura Económica

Paulina Lavista es la artífice de este libro–objeto total: una iconografía espléndida y textos monumentales del creador de Farabeuf y Narda o el verano, un grafómano brillante que colegía que los Diarios también pueden ser una forma de las bellas artes. Leer a Elizondo es un festín de la lucidez, una alabanza a la vocación literaria y el espíritu creador pero también a la voracidad estética que no deja fuera ni a la plástica ni al cine, ni al otro arte, el de la conversación. Aquí un pequeño ejemplo: A la poesía: “Yo troqué mi ansiedad y mi camino/ por seguir, en un sabio desvarío,/ el rumor de tus pasos en la noche/ y ese instante de suave desatino/ me condujo entre sombras/ a encontrar tu esplendor y mi destino.”



"Curiosidad. Una historia natural", Alberto Manguel. Almadía/ Conaculta

Célebre por Una historia de la lectura y La ciudad de las palabras, Manguel toma como punto de partida ciertos pasajes de la Divina  Comedia de Dante Alighieri para reflexionar sobre su educación sentimental y, de paso, esclarecer las cornisas del lenguaje, el pensamiento, la palabra, los placeres literarios, la teología, el orden de las cosas. Con esta obra, el lector de Borges (cuando era joven, Manguel conoció al autor de El Aleph en una librería en la que trabajaba y fue contratado para leerle al invidente) renueva al ensayo con una clarividencia superlativa en la que el hombre deja de ser el centro de gravedad para situarlo en la vida y la conciencia de finitud despojada por completo de cielo e infierno.



"Bonus track: La canción de la bolsa para el mareo", Nick Cave. Sexto piso

Rockero, actor, novelista. Escuchar o leer al líder de las bandas The Birthday Party, The Bad Seeds y Grinderman, es toda una experiencia. Sus novelas: And the Ass Saw the Angel y La muerte de Bunny Munro, sórdidas y extrañas pero impecables. La canción de la bolsa para el mareo, sus apuntes de tour, no solo consignan sus vacíos, ansiedades, inquietudes, recuerdos o epifanías, son como el presagio de su mayor tragedia: el 14 de julio de este año que termina, su hijo Arthur murió al caer de un acantilado en Brighton, Inglaterra, lugar de residencia de la familia Cave y, curiosamente, esto viene entre las notas: “Me acuerdo de las desgracias que pasaron en la ciudad de mi juventud. Del chico que sin querer mató a su hermano de un tiro en la calle de al lado de la nuestra. Del chico que tuvo una reacción alérgica letal cuando sufrió picaduras de abeja múltiples. Del anciano muerto que encontramos en un barranco camino del colegio. Pero sobre todo me acuerdo de lo que me dijeron mi madre y mi padre sobre el niño que había muerto saltando desde el puente del tren. Había caído contra el pilote de hormigón que sujetaba el puente por debajo del agua y se quedó inconsciente. Se ahogó. Lo encontraron un par de días después enganchado en las ramas de un árbol a medio talar. Sobre todo, me acuerdo de eso”. Esta canción es un libro inevitable.



< Anterior | Siguiente >