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La libertad y el sexo

Sexodromo
(Sandoval)

EL SEXÓDROMO
Verónica Maza Bustamante

Sostengo entre mis manos un libro bellísimo. Hermoso por todo lo que dicen sus páginas, por las emociones que me ha generado, por las ilustraciones que contiene, por su doble portada: una de ellas es un forro de color amarillo con el dibujo de una mujer oriental de espaldas que se acaricia el cuello. La otra, de color rosado, luce un triángulo en la parte inferior. Ambas comparten título: Diosa. Autor: Juan Abreu. Colección: La sonrisa vertical. Editorial: Tusquets.

Lo terminé de leer la tarde del jueves, en la redacción. Tuve que disimular un poco mi agitado semblante. También esa lágrima que se escurría sobre mi mejilla contra mi voluntad y que aparece siempre que leo un libro que me conmueve, me obliga a reflexionar, me deja una lección. Es, como se puede deducir por la colección a la que pertenece, una novela erótica. Pero no cualquiera, sino una de las mejores que he leído en los últimos cinco años.

Confieso que la editorial la compartió conmigo hace meses, a petición mía —es un ejemplar de 2006 que me interesó al leer su ficha—, pero lo coloqué en mi librero esperando que llegara ese momento en que tuviera que leerlo (¿cómo sé cuándo es el turno de cada libro que no está en plena promoción? Mera intuición). El lunes eché un vistazo rápido a los anaqueles y lo tomé. Así, al azar. Así, entre mis manos. Así, como se toman los cuerpos deseados, los orgasmos ajenos, los besos lanzados al aire. El placer que me generó fue inesperado, muy estimulante.

Desde su primera página, Juan Abreu —escritor de origen cubano, residente en Barcelona— integra un misterio a su novela. Afirma que lo que va a contar no es ficción, sino la redacción de las experiencias que “la señora Laura Valero” le contó. Dicho eso, arranca su metanarración con una descripción en primera persona del pubis de la protagonista. “Yo estoy muy orgullosa de la exuberancia capilar de mi entrepierna. ¿Por qué no puedo usarla como carta de presentación?”.

Luego de mostrar ese membrete y describir su físico, Laura cuenta cómo se inició en la sumisión erótica: a lado de su esposo Rodrigo —con quien mantiene una serie de acuerdos particulares de fidelidad que poco tienen que ver con lo que tradicionalmente se entiende al usar esa palabra—, inició un viaje hacia el centro de su ser al descubrir que podía cambiar fácilmente su traje de ejecutiva por uno de mucama, que eso la excitaba; el hecho de obedecer las órdenes de su compañero, así se tratara de limpiar pisos, le generaba un gran placer, y visitar la mazmorra que armaron en su casa para sus actividades sadomasoquistas le regalaba orgasmos inigualables.      

Su marido se convierte en su Amo. Ella en su Sumisa. Y él le recomienda poner un anuncio clasificado en internet para encontrar un maestro que la inicie en el verdadero arte de la sumisión. Así conoce a Maestro Yuko, Amo de Amos, japonés radicado en Barcelona que acepta iniciarla a través de correos electrónicos con la expectativa de un encuentro real en el que emplee en ella el shibari, arte japonés de la atadura erótica.

Antes de que el recorrido inicie, Laura advierte: “Algunos pasajes de esta historia parecerán brutales. Lo son. Los rituales de sexo suelen serlo. El sexo es un territorio regido por la violencia y el abandono de las reglas. Pero en esa violencia suele habitar una indescifrable ternura. Muchos pensarán en términos de perversidad y depravación; yo respondo que donde hay amor, aprendizaje, superación y autenticidad, no hay suciedad ni pecado”.

Comienza la relación epistolar, que dura dos meses y medio. La apostura de la narración surge desde las primeras frases. Yuko habla con sabiduría. Sus palabras están llenas de la tranquilidad de una flor de loto flotando en el estanque, de la fuerza de una piedra, de la precisión con que se debe escalar una montaña. El maestro le pone retos suaves a su sumisa que le sirven para irse soltando, para aprender el arte de la obediencia consensuada y erótica. Laura le cuenta sus fantasías más secretas y complejas. Al hacerlo, el/la lector/a puede tener una sacudida al entender que todos tenemos deseos inconfesables, historias que se presentan en nuestra mente aunque no queramos y nos excitan a pesar de su complejidad, su extravagancia. Maestro Yuko explica: “En el país del sexo no todos los actos tienen explicación”, y pone retos en donde Rodrigo es también protagonista. A fin de cuentas, es su Amo… y su esposo.

Es fácil compartir la visión del japonés si uno como lector no tiene amarres mentales. En las tareas, en las reacciones de Laura, hay candor, inocencia. Más si pensamos en los verdaderos horrores del mundo, del ser humano, en aquellos que no están basados en acuerdos sino en el abuso. “Como un ave impoluta, como una sacerdotisa virginal, así te ve tu Maestro al mirar a su alrededor y constatar la inmundicia de la sociedad y la vida contemporánea”, le dice.

A la par, Yuko recupera capacidades que creía perdidas: ser Amo de Amos, su talento para pintar, su asombro, su fuerza, técnica y sapiencia para manejar las cuerdas de bondage. “Si descartamos el misterio, ¿qué queda de nuestras vidas?”, se pregunta. Así, entre recomendaciones literarias, recetas para cocinar insectos, reflexiones sobre el orgasmo, el abandono, las fantasías, sobre la pintura ritual japonesa, ejercicios entre Amo y Sumisa, llega el momento del encuentro, de que Laura se convierta en una diosa.

Lo que sigue después es la narración de un complejísimo ritual que integra deseo, dolor, admiración, fuerza, valor, orgasmos, lágrimas, una vivencia doble (lo que pasa en el exterior más aquello que sucede en el interior de Laura) y un intenso arribo a la liberación.

Mientras leía esta parte pensaba que las autoras de Cincuenta sombras de Grey y demás clones que han salido recientemente en el mismo tenor deberían arrodillarse con la cabeza gacha frente a Juan Abreu, el Maestro Yuko y la Sumisa Laura. Tendrían que aprender de la inteligencia, el amor, el dolor, el deseo, el sosiego y la lindura contenida en las 159 páginas que integran Diosa.

Eso no va a pasar jamás (aunque se ha vuelto una excitante fantasía en mi cabeza). Sin embargo, abogo porque haya lectores que se acerquen a este ejemplar y comprendan la reflexión final del personaje principal. “Quien haya llegado hasta aquí tiene un corazón fuerte, una mente libre y un espíritu curioso”, dice Valero. “¿Qué he aprendido? Que el conocimiento está íntimamente ligado al sexo… El cuerpo es libertad y la libertad conocimiento. He aprendido que las puertas que nos llevan a la paz con nosotros mismos, a la satisfacción de saber que nuestra vida ha valido la pena, ha tenido sentido, pasan a través del grado de curiosidad y de coraje a la hora de enfrentar nuestros demonios (aunque yo prefiero catalogarlos como ángeles) sexuales”.

No hay una respuesta a la pregunta “¿qué es la libertad?”, pero coincido con Juan Abreu en que nuestra visión del erotismo está íntimamente ligada al concepto. Y no necesariamente, para acceder a ella, hay que hacerlo a través de la tortura, de la sumisión o la dominación. No siempre pretendiendo llegar a los límites de la transgresión. Pero sí escuchando lo que nuestro ser desea, pues siempre que sea sano, seguro, consensuado, nos acercará a la belleza. Y, como diría Maestro Yuko, “al buscar la belleza nos acercamos sexualmente al cuerpo de la Sabiduría”.  

@draverotika

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