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Domingo , 17.06.2018 / 23:18 Hoy

Leonard Cohen y la mística femenina

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EL ÁNGEL EXTERMINADOR

Verónica Maza Bustamante


En su obra, el músico y poeta habló de muchos temas: la religión, la política, la búsqueda del ser, el amor, el caos urbano, el erotismo… pero las mujeres fueron siempre su constante, el misterio que, afirmaba, nunca logró develar, pero a quienes intuyó con precisión hasta el final de sus días.


Fueron varias las presencias femeninas y compañeras de vida de Leonard Cohen: la inolvidable Janis Joplin en el Chelsea Hotel de Nueva York; Marianne Ihlen, con el amor que comenzó en la isla griega de Hidra y conmovió hace unos meses, cuando ella murió; las cantantes Judy Collins y Joni Mitchell; Suzanne Elrod, la madre de sus dos hijos; Suzanne Verdal, su amor platónico; la actriz Rebecca De Mornay; Kelley Lynch, la representante que lo estafó; la cantautora y pianista Anjani Thomas, la última con quien compartió casa, talento y melodías.

A ellas se les ha enumerado en estos días en que se le guarda luto. Cada una le regaló algo y, a la vez, le quitó algo: lo mismo le dieron el calor de sus cuerpos, la paciencia de sus días, la intensidad de la paternidad, sus voces que, con sus letras, se convertían en gorriones, y que le arrebataron lo ganado con el sudor de su frente, la comprensión de su forma de ser, el gusto por sus vicios (duros y suaves).

Jamás se le escuchó hablar mal de ellas. Desde muy joven se arrojó a la alberca de lo femenino para tratar de bucear en sus aguas, de dilucidar —bajo el cobijo de unos ojos, de unos muslos y de sexos abiertos como flores— los misterios del amor y del deseo. Nadó como quien piensa que puede ganar la competencia. Murió de sed cuando le llegó la época de estío. Llenó las cantimploras con tinta para escribir los versos más hermosos y, al final, se declaró el ahogado más metafísico del mundo.

Sabía que era un tipo duro de entender. Un cúmulo de huesos y cerebro, de poemas que le brotaban al por mayor. Solía disculparse con ellas por no haber logrado ser el hombre que esperaban. Ya desde 1963, cuando tenía 29 años y escribió la novela El juego favorito, se preguntaba: “¿Por qué no había de quedarse con ella? ¿Por qué no había de ser un ciudadano con una mujer y un trabajo? ¿Por qué no debía unirse al mundo? La belleza que había planeado como reposo entre soledades ahora lo llevaba a plantearse viejas preguntas sobre el estar solo”. Pero el asunto era que Cohen también amaba su libertad, tanto como a las mujeres. Y cantaba: “Como un pájaro en un cable/ como un borracho en un coro de medianoche / he intentado a mi manera ser libre”.

Reconocía, en una entrevista que le dio al español Alberto Manzano y se convirtió en un libro titulado Palabras, poemas y recuerdos de Leonard Cohen: “Ha habido personas que me han dado un amor maravilloso, que me han amado muy profundamente y de un modo muy auténtico, pero yo no he sido capaz de responder a su amor, porque estaba obsesionado con una especie de sentido ficticio de la separación, lo cual me impedía coger lo que me ofrecían, desde el otro lado de la mesa, desde el otro lado de la cama, a través de la canción”.

En un mundo en donde el amor es compromiso malentendido que busca retener en lugar de soltar, Leonard era un bicho raro al que pocos entendían. “Mujeriego” era la palabra con la que lo describían luego de alabar sus composiciones. Él confesaba: “Me pusieron ese sambenito. Y, como digo en uno de mis poemas, ‘mi reputación de mujeriego fue un chiste que me hizo reír con amargura las diez mil noches que pasé solo”.

"I’m Your Man"

Con su sombrero pegado al pecho, sostenido por sus huesudas manos, el Cohen octogenario se miraba como un hombre mayor lleno de paciencia y sabiduría. El camino fue pedregoso pero pareciera que logró llegar a buen puerto. A cierta claridad o, quizá, resignación sobre lo que la vida, el amor y las mujeres podían darle.

Lawrence Breavman, el protagonista de la novela mencionada, escribía a sus enamoradas con franqueza. Era el perfecto álter ego veinteañero de Leonard, un poeta en busca de pertenencia. Y cuando se imaginaba a Tamara, una de sus chicas, explicando que para ella el amante debería ubicar cada huerto de vello, cada poro de la nariz, el mapa de las venitas de los ojos de su amada para conocerla “tan completamente como para convertirla, a los fines prácticos, en su propia creación” porque ésa era la única forma de amor sexual exitosa: el amor del creador por su creación, él refería: “Yo había dejado de acariciarla. Sus términos clínicos estaban a punto de hacerme vomitar”.

Y cuando cuarenta años después le preguntaron a Cohen qué era lo que quería de las mujeres al haber llegado a los setenta, pragmático respondía: “Lo que uno quiere es cenar con alguien. Dormir con alguien de vez en cuando. Telefonearse, escribirse de vez en cuando. Algo muy modesto. Y permitirte algún desliz. Estropearlo un poco. Tomar unas copas e irte a la cama con alguien. No tiene que ser el final del mundo”.

Vivió con Anjani (a quien le produjo Blue Alert, un disco precioso) a esa edad, en dormitorios separados, en pisos separados de su casa. Y confesó: “La gente siempre quiere poner nombre a las cosas. Y una mujer pregunta: ¿Cuál es exactamente nuestra relación? ¿Estamos comprometidos? ¿Somos novios? ¿Somos amantes? Pero, cuando te haces viejo, solo quieres acomodarte, y respondes: ‘Sí, vivimos juntos, Esto va en serio. Esto es de verdad. Cualesquiera que sean los términos de lo que signifique esta relación: un anillo, un acuerdo, un compromiso o simplemente tu conducta”.

“Bajo mis manos /tus pequeños pechos/ son los vientres, vueltos hacia arriba/ de golondrinas caídas que respiran”, escribió en The Spice Box of Earth. Y Breavman, contundente, vaticinaba: “Tú y yo tenemos nuestros cuerpos, por más que el tiempo y la memoria los hayan mutilado”, perdidos en un fuego donde persisten, enteros y perfectos. “Tras quemarse muchas veces devienen desvaídas constelaciones que lo controlan al darse vueltas en su cielo”.

Una nota póstuma afirma que Leonard Cohen murió, a los 82 años de edad, “solo y sin una compañera a la que coger de la mano en el final de sus días”. Quizá ese era el mejor final para este hombre que comprendió que la vida no se vive en blanco y negro, en bueno y malo, en soledad o en compañía. Porque la impecabilidad tiene más que ver con la búsqueda que con el destino. Con la libertad más que con la pertenencia. Con recordar los días de la niñez en que volaba sobre la nieve para dejar un adorable campo blanco de figuras semejantes a flores, con pisadas a modos de tallos. Y ahora que sigue lloviendo de vuelta en noviembre, cuando menos una mujer —quien esto escribe— le agradece su sinceridad y sus enseñanzas.

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