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Una lección de vida

EL ÁNGEL EXTERMINADOR

Oscar Jiménez Manríquez


“Todo depende de la actitud con que enfrentemos las adversidades”, es el mensaje que desde los semáforos lanzan tres jóvenes amputados.


A cualquier persona que les pregunta en la calle: “¿Cómo están?”, ellos responden, divertidos: “¡Pues mochos!”

Y si por alguna razón se encuentran en medio de una bola de chiquillos, por ejemplo, a las afueras de una primaria, éstos, con los ojos más grandes de lo normal, dirán asombrados: “¡Les falta una pierna!”

A Rodrigo, Salvador y Víctor, tres jóvenes amputados, una pelota les cambió la vida. Un simple balón, como el que patean los futbolistas profesionales, les regala diariamente la oportunidad de sentirse ovacionados en las calles y, de paso, dejar de lado su discapacidad.

En lo que dura la luz roja del semáforo, ellos acarician el esférico con el empeine, el muslo, la pantorrilla, el pecho, la testa, sin permitir que la pelota toque el piso. Una lección de vida que los automovilistas agradecen al bajar sus ventanillas y ofrecer unas monedas.

“A veces tengo el sueño de que me veo completo y estoy corriendo con todas mis fuerzas”, dice Víctor Hugo Bonilla, de 33 años de edad, luego de una sesión matutina de trabajo, en la que ha ganado para pagarse un buen desayuno y también juntó para otros gastos de la casa.

Alguna vez, en la explanada del Zócalo de la Ciudad de México, apoyados sobre sus muletas, estos tres jóvenes no cabían de emoción al descubrir una insólita superficie de hielo. “Los encargados de la pista no querían prestarnos los patines. Decían: ‘Es que se van a caer…’. Y nosotros les respondíamos: ‘Si nos caemos, nos volvemos a levantar”. Tras la advertencia de que lo harían bajo su propio riesgo, finalmente lograron su objetivo.

“Nuestro siguiente reto es lanzarnos desde un paracaídas”, confiesa Rodrigo Fernández, de 27 años, quien perdió la pierna derecha al salvar a una chica de ser arrollada por un tren. “Para nosotros no hay límites. Con decirte que ya le anoté un gol a Polonia, casi desde media cancha, en una Copa Mundial de Futbol para Amputados”.

Rodrigo y Víctor han sabido aprovechar sus propias circunstancias. Como a uno le falta la pierna derecha y al otro la izquierda, y además calzan del mismo número, entonces se ponen de acuerdo para estrenar juntos idénticos zapatos deportivos.

Salvador Avendaño jura que no está loco, antes de confesar que ha llegado a tener comezón en el dedo gordo de la extremidad que no tiene. En esos momentos, solo se le ocurre bajar la mirada y mover el muñón. “Nosotros le llamamos ‘el dolor fantasma”.

Con un balón como herramienta de trabajo —por cierto, van ocho que les ponchan las llantas de los coches—, los tres jóvenes comienzan su jornada laboral desde las siete de la mañana. “Ya en un par de ocasiones recibimos un billete de 500”, cuentan.

Dicen que la pelota les permite tener el alma de un niño, que sus ídolos son Zague, Ronaldo y Shevchenko; que nada les ha frenado, ni siquiera cuando el Indepedi (Instituto para la Integración al Desarrollo de las Personas con Discapacidad), pese a que llenaron las formas de trabajo, nunca les llamó; y que algún día, en una cancha, anotarán un gol de chilena.

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