QrR

Las locas de mi casa

Los mismos primos y amigos se preguntaban si ese “don” que me atribuían no era anuncio de mi propia, inminente locura.
Los mismos primos y amigos se preguntaban si ese “don” que me atribuían no era anuncio de mi propia, inminente locura. (Especial)

EL ÁNGEL EXTERMINADOR

Ignacio Trejo Fuentes


Tlachichilco (Tierra Colorada, en náhuatl), Veracruz, está situado en lo alto de una porción de la Sierra Madre Occidental, en los límites con la Huasteca. Es hermoso, pues por los lados del cerro que divide el pueblo se miran paisajes de tarjeta postal, verdes; hacia abajo, en el fondo, un río serpentea literalmente: parece una víbora inacabable. Ahí vivieron mis padres y algunos de mis hermanos. Y mis tías locas.

Clarita, dicen, perdió la razón desde que era niña, posiblemente debido a un susto: los hombres desocupados solían disfrazarse de fantasmas o de lobos o de cualquier tipo de bestia para espantar a los niños. Interrumpían sus juegos a la luz de la luna y los inocentes se refugiaban, temblorosos, en sus casas. Quedó al cuidado de la tía Lola, pobre hasta las lágrimas. Habitaban una casucha de adobe y techo de paja en pleno centro del poblado: Clarita se asoleaba afuera por las mañanas y su idiotez le impedía siquiera responder los saludos de la gente. Mi madre las proveía de alimento. A mí las tías me daban miedo. Murió Lola y mamá llevó a la infeliz Clarita a casa, donde se mantuvo, a manera de fardo,  tirada en la cama de un cuartucho.

Una vez que estuve de visita en Tlachichilco pasé frente al cuarto y se me ocurrió entrar a saludar a la tía-bulto, y lo extraordinario fue que habló: “¿Tú eres Luis?”, preguntó. “No”, dije, “soy Nacho”. “Ay, Nachito”, dijo, “cuánto les agradezco que me cuiden. Dile a tu mamá que Dios la ha de bendecir”. Le dije que no tenía nada que agradecer y que se recuperaría de la pena por la muerte de tía Lola, su único asidero en el mundo. Y me fui a ver a mis amigos. Acaso media hora después fueron a urgirme para volver a casa, pues Clarita acababa de morir. La inminencia de su deceso le había permitido recuperar la cordura. (La casucha, más bien el terreno, que las tías habitaron fue comprada a mi madre por una familia de comerciantes, y se dice que cuando la derribaron para hacer una casa en forma encontraron ollas repletas de oro. Puede ser, porque los nuevos propietarios se convirtieron en los más ricos de Tlachichilo, si no contamos a los poderosos ganaderos.)

Celia era prima hermana de Clara, y hermosa; llevó una vida normal: se casó y tuvo tres hijos, hasta que la locura la sacudió de repente y para siempre. Dejó los quehaceres domésticos y se dedicó a visitar casas de parientes y amigas, mientras su marido se emborrachaba un día sí y otro también. Daban lástima. Chela alternaba momentos de lucidez con otros de absoluta insania. Durante los primeros me llegó a contar que, de repente, sentía que todo se volvía negro y se sentía caer en un abismo interminable. En la segunda etapa actuaba de manera incomprensible: exigía a mis hermanas que le devolvieran su libro; al principio, extrañadas, le preguntaban de qué libro hablaba, y ella contestaba: “Pues mi libro, ¿dónde está?”

Como descubrieron que el tal libro era un delirio, jugaban con ella; le decían que don Nacho, mi padre, lo tenía, y ella corría a pedírselo. Papá la remitía con alguien más, y así la traían de un lado a otro con el señuelo del libro. Chela murió loca pese a los múltiples intentos porque se recuperara en hospitales de Poza Rica, de Pachuca o de la Ciudad de México.

Lorena era una niña hermosísima, rubia, de ojos claros y divinos. Aprendió a cortar el pelo y a eso se dedicaba, hasta que, a sus quince años, cayó atrapada en el anzuelo de la insania. Vivía con Rolando, su padre, que era hermano de Chela, y de repente se descuidó y empezó a vagar por el pueblo, se negó a bañarse y olía a caca y a orines: repugnante. Su belleza fue escondida por espesas costras de mugre, y solo su padre podía obligarla a comer. Frecuentaba la casa de mis padres porque, decía, la trataban bien y le daban café con coffee mate, no como en otras casas donde le arrojaban mendrugos y le daban café aguado en pocillos abollados.

Empezó a exigir que le devolvieran su libro. “Otra Chela”, decía mi hermana Elvia. Y como ya sabían de qué se trataba la remitían con otros asegurándose que tenían el libro. Lorena tenía asimismo ráfagas de cordura, y cuando iba yo al pueblo se sentaba junto a mí y me preguntaba cosas y me contaba otras; la escuchaba con atención aunque sus aromas eran insoportables: no podía yo creer que esa criatura antes angelical llevara al demonio por dentro: empezó a agredir a quienes se cruzaban en su camino, hasta que su padre y algunas tías determinaron encerrarla en una casucha que rentaron ex profeso; ahí permaneció un par de años y era una bestia: defecaba y se embarraba la mierda en el cuerpo; solo comía cuando Rolando la obligaba. Pero éste, su padre, murió, y entonces Lorena quedó del todo abandonada porque quien pretendía asearla o alimentarla era rechazado de la forma más grotesca. Solo se dejaba atender por su tía Margarita, hermana de Chela y de Rolando, pero ésta la visitaba sólo cada semana, cuando venía de Poza Rica.

Mi hermano Luis, que es médico y trabajaba en la capital, hizo, como con Celia, mil intentos de que Lorena se aliviara, pero todo fue inútil.

Una vez pasé frente a la casucha y la vi asomada a la raquítica ventana; al verme dijo: “Nachito, a ver cuándo vienes a visitarme para platicar. Te quiero mucho”. Tal era su aspecto y su sonrisa de desquiciada que no me atreví a visitarla. Luego me arrepentí de no haberlo hecho, sobre todo cuando me enteré que había muerto. Mis hermanas le dieron cristiana sepultura, y de algún modo algo de paz se les metió en el alma.

Mis primos, que habían vivido en Pachuca, como yo, aseguraban que debía yo tener un don especial, una suerte de imán para tratar con desquiciadas, porque en la Bella Airosa era yo confidente de Carmela, la loca de la colonia Céspedes, la que se encargaba de tirar la basura y recibía a cambio comida que guardaba en botes de leche Nido y tragaba a mano limpia. Cuando estábamos solos recuperaba la cordura, cambiaba su voz de niña por una de adulta normal y me contaba de su familia y de su hija, y cuando alguien se acercaba a nosotros volvía a ser la pequeña idiota y se iba a continuar sus labores de tirar basura. Los mismos primos y amigos se preguntaban si ese “don” que me atribuían no era anuncio de mi propia, inminente locura.

< Anterior | Siguiente >