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Lunes , 28.05.2018 / 05:02 Hoy

Las Jordanas

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EL SEXÓDROMO
Verónica Maza Bustamante

Recorrí durante diez días las fascinantes calles, carreteras, desiertos y valles de Jordania, pero me resultó complicado hacer un análisis sobre la situación de la mujer en el país árabe, porque se puede meter a todas las naciones del Islam en un mismo frasco y analizarlo bajo la misma lupa, pero eso siempre será un acto sesgado, incompleto, injusto.

La de Jordania es otra historia dentro del mundo musulmán. Si bien la discriminación existe, la situación es mejor que en otros países del rumbo. Desde que se constituyera como país independiente en 1946, se ha experimentado un cambio en la emancipación de la mujer.

Tras mi breve estadía por el reino de Abdalá II bin al-Hussein, en lo relacionado con las mujeres me quedo con la belleza inaudita de las jordanas, con sus ojos de colores inverosímiles y sus sonrisas amplias, su porte al andar vistiendo esas magnificas combinaciones monocromáticas que no enseñan ni tobillos ni muñecas ni pechos ni cinturas pero las hacen lucir como princesas en rebeldía tomándose selfies, colocándose a lado de los turistas para entrar en las suyas, caminando de la mano del marido o arreando niños, algunas escondidas incluso en hiyabs de color negro como el corazón de los camellos.

Recuerdo esa visión onírica de una de las mujeres más hermosas que he visto en mi vida, con rostro de muñeca y cuerpo de tentación, ataviada con un ajustado vestido largo de color rosa pálido, con velos ondeando alrededor de sus extremidades, el cabello escondido pero el fuego en la mirada, saliendo del elevador del hotel Four Seasons de Amán.

Me quedo con la inocencia de la joven vendedora de bisutería en Petra, que cambiaba una joya por cualquier producto cosmético. De sus labios carnosos coloreados con el brillo labial de color rojo que rescaté del fondo de mi mochila, de su hablar cristalino cuando, tras asegurarle que no quería nada a cambio, me dijo en inglés: "Es usted una señora muy buena".

Guardo en mi cajita de tesoros relacionados con mi género los ojos oscuros de esas esposas de beduinos polígamos que se asomaban tras las cortinas en las tiendas nómadas en el desierto de Feynan para contemplar a escondidas a las forasteras. De la tierna sonrisa de una de ellas cuando su hombre me dijo que le gustaba trabajar a la par de su mujer, juntos, en la tierra que les da su alimento.

Admiro a la distancia a la uruguaya que, enamorada de un beduino, dejó su hábitat para trasladarse a un lugar cerca del Monte Nebo y trabajar en una tienda de artesanías a la orilla de la carretera, poniendo en alto la labor de los artesanos pero rememorando los días pasados cerca del Río de la Plata.

Regreso en mi memoria a esa estampa de familia en la piscina del hotel Kempinski, de Áqaba, con vistas al Mar Rojo, en donde las madres de familia, portando bañadores a la moda musulmana que les cubrían todo el cuerpo salvo las manos y los pies (tienen integrada una capucha), iban y venían presumiendo los colores cítricos de la primavera-verano 2015, mientras sus chiquillas menores de diez años parecían querer aprovechar la última oportunidad de usar bikini en su vida.

Aún oigo mi conversación en la alberca del hotel Crown Plaza del Mar Muerto con Dina, una jordana que vive en Washington y estudia genética, quien escuchó con paciencia y entusiasmo mi interpretación de algunas escenas vividas, coincidiendo conmigo en que es imposible querer entender lo que pasa en Jordania —más aún a sus mujeres— con la mentalidad occidental.

Aguarda mi deseo de explorar más esa nación, de entender a sus habitantes, de saber con precisión cuáles son las batallas de los integrantes de cada sexo y sus motivos. De preguntar sobre sus usos y costumbres en la alcoba, su visión del divorcio, de las relaciones prematrimoniales.

Me quedo, por último, con los iris color miel, color árbol del desierto, de Suleiman, el beduino que me ofreció camellos y cabras si me casaba con él y terminó compartiendo conmigo las risas generadas por lo imposible. Él me enseñó un poquito del romanticismo árabe, de su visión de la vida, de la naturaleza, de los animales, de la comida, de la bondad y el desapego, de la arena terracota y la sabiduría escondida en las piedras que suenan cual maracas al andar.

Las negociaciones biculturales no llegaron a buen puerto porque ni en su país ni en el mío es legal la poligamia femenina, pero me regaló un cielo estrellado en donde ahora sé ubicar la constelación de Géminis, mi signo, partiendo de la Osa Mayor. Ansiando mirar esa bóveda celeste para, desde mi luna, escuchar la sunna del Corán que tengo guardada en el espíritu, pienso que lo erótico, lo sensual, se ubica siempre en la maravilla de acceder a lo desconocido. Y, sin sospecharlo, la tierra de Mahoma me regaló un gran tesoro sensorial.

elsexodromo@hotmail.com
@draverotika
FB: La Doctora Verótika

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