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Lady Kung Fu

Pero Lady Kung Fu nunca ha dejado que la enarbolen, ni que la mangoneen, ella está muy contenta regenteando sus negocios sin hablar ni una sola palabra de inglés.
Pero Lady Kung Fu nunca ha dejado que la enarbolen, ni que la mangoneen, ella está muy contenta regenteando sus negocios sin hablar ni una sola palabra de inglés. (Ilustración: Guadalupe Rosas)

EL ÁNGEL EXTERMINADOR

EL PEZ SOLUBLE

Jordi Soler


En los años setenta Angela Mao era una superestrella de las películas de karate, o más bien de karatazos, que alternaba con el Olimpo de este género que encabezaba el famoso, y muy llorado, Bruce Lee.

Angela Mao también era conocida como Lady Kung Fu, porque era especialista en esa disciplina y porque lo de “Lady” la colocaba como una pieza única, como una joya femenina de las artes marciales que aparecía siempre rodeada de karatecas machitos, de luchadores japoneses o chinos rebosantes de rabia y testosterona.

Queda claro que el género del karatazo tiene sus admiradores, y sus coleccionistas, pero reconozco que nunca he podido seguir durante más de media hora la trama de una película de estas, donde la acción comienza en el primer minuto y no se interrumpe hasta el momento en que cae el telón. ¿Cae el telón?, ¿por qué?, ¿estaban las ménsulas mal atornilladas al techo?, ¿se colgó alguien y las gruesas cortinas se vinieron abajo? No, “cae el telón” es una expresión que se utilizaba en el siglo XX para definir el momento en que terminaba la película y un espeso cortinaje bajaba, o caía, cubriendo la pantalla, o el escenario en el caso de las obras de teatro. En fin, la acción de las películas de karate se daba de forma ininterrumpida y la entonces muy célebre Angela Mao se batía durante hora y media con todo tipo de malechores, de malos y malotes del oriente cinematográfico.

En una de aquellas películas, con Bruce Lee de protagonista, una palomilla de karatecas chinos, muy bravucones y muy ufanos de ser lo que son (karatecas chinos) se mofan de Angela Mao, le dicen que el Kung Fu es un arte marcial caguengue, la inexplicable degeneración del combate cuerpo a cuerpo, le dicen que el arte que practica es una pura flatulencia, que la verdad es el karate y que el Kung Fu es para los debiluchos, para los timoratos o, y aquí es donde ya la pandilla de chinos se instala en el sexismo, para señoritas. Angela Mao recoge el guante, acepta el desafío, que es desigual porque ellos son como 15 y ella va sola con su hermano, que también sabe Kung Fu.

La señorita Mao combatía con una garra, y una elegancia, que puede usted comprobar ahora mismo en YouTube, incluso en esta misma película que estoy comentando, The Tournament (1974), o en la muy famosa Operación dragón (1973). Angela abría mucho los ojos cada vez que lanzaba un golpe, los abría tanto, y daba tantos golpes a lo largo de la película que, si le hacemos bien las cuentas, estaba más tiempo con los ojos abiertos al estilo occidental, que rasgados como se llevan en el oriente.

A aquella pandilla de chinos pretenciosos Lady Kung Fu les parte la crisma sin despeinarse, porque era una campeona de mucho cuidado que un día, de buenas a primeras, se aburrió de ser la estrella femenina del cine de karatazos, se casó, tuvo un hijo y emigró a Nueva York, ciudad donde hasta la fecha, a los 64 años de edad, regentea restaurantes de comida china en el barrio de Queens.

Angela Mao creció en Taiwán, era hija de una pareja de actores de la Ópera de Pekín; estudió actuación, canto operístico y Kung Fu, especialidad con la que, como puede suponerse, alcanzó la cinta negra. Un productor de cine la vio un día actuando en Taiwán y se la llevó a Hong Kong, donde Angela se convirtió en estrella. Entre sus actores secundarios figuraba uno de nombre Jackie Chan, que entonces no era más que uno del montón, un segundón hambriento de fama y un pedorro. Eso era Jackie Chan, y así lo dice textualmente Lady Kung Fu, en una entrevista, la única que le han hecho desde que abandonó el cine, que dio al diario The New York Times: “When I was somebody, Jackie Chan was nobody”, cuando yo era alguien, Jackie Chan no era nadie. Lo dicho, Jackie era un segundón y un pedorro.

Una vez en Queens, yendo hacia uno de sus restaurantes, le salió un neoyorquino a asaltarla con una navajita y Lady Kung Fu, sin soltar las bolsas donde llevaba el lomo de cerdo, la soya y el jengibre, le partió la mandíbula con una de sus patadas cinematográficas.

Quentin Tarantino ha dicho en más de una entrevista que Angela Mao fue la inspiración de Kill Bill, y a lo largo de los años la ex actriz se ha visto acosada por líderes feministas que quieren enarbolarla como lo que fue: una mujer que, a fuerza de talento (y de tremendos golpes de Kung Fu) se impuso en el mundo de los machitos chinos.

Pero Lady Kung Fu nunca ha dejado que la enarbolen, ni que la mangoneen, ella está muy contenta regenteando sus negocios sin hablar ni una sola palabra de inglés (la entrevista tuvo que hacerse con un intérprete). Una vez su hijo se encontró, en un videoclub del barrio, una vitrina dedicada a las películas de su madre y en el año 2007 la acompañó a un homenaje que le hicieron en Tokio. Pero después regresaron a su verdadera vida, que es la del restaurante en Queens, donde Lady Kung Fu controla el negocio y atiende de vez en cuando, sin darle mucha importancia a los fans de las artes marciales que quieren ver a su ídolo, aunque sea vestida con un delantal y sirviendo una sopa de wonton.

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