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30 años después, la reina sigue muerta

EL ÁNGEL EXTERMINADOR

Wenceslao Bruciaga

@wencesbay


El 16 de junio de 1986 salió al mercado "The Queen is dead", que sería el mejor álbum de los Smiths, aquel que asesinaba a la reina y catapultaba al cuarteto de Manchester como la banda que inventó el "indie", según arrogantes declaraciones del propio Johnny Marr.


Hace varios años, mi padre intentó leerme la mano: “Llegará el día en que los Smiths y el chillón de Morrissey ya no te perforen los huesos y ese día ya no habrá vuelta atrás: serás adulto”. Admito que fue devastador, como si un doctor me  dijera que después de los 40 años desarrollaría una infección en el tímpano, produciendo pus verde, dejándome hipoacústico de un lado y completamente sordo del otro. Curiosamente, experimenté también un profundo respiro, de esos que bufas cuando te quitas un costal de remordimientos y desilusiones de los hombros y empiezas a ver los días nublados sin tanto pinche melodrama.  

Los Smiths y, sobretodo Morrissey, son la encarnación musical del arrebato adolescente y tardío, la autocompasión y el autoflagelo según esto mordaz.

“Por salud mental, deja de escuchar a los Smiths, o al menos ya no obedezcas al pinche Morrissey, ese farsante que se hace millonario a costa de poner a sus fanáticos en un estado de tragedia insufrible y al borde del suicidio, ¡cómo lo odio!”, me dijo un ex novio que por poco me confisca todo el material de los Smiths y Moz para aislarlo en el fondo del ropero, tirando la llave al retrete, como una advertencia o condición para continuar el noviazgo.

¿Qué fue primero? ¿La depresión o los Smiths? ¿O porque estamos deprimidos escuchamos a los Smiths?

¿Qué se siente matar a la reina?

The queen is dead es el mejor álbum por la sencilla razón que fue el primer compacto de los Smiths que compré y porque incluye The boy with the thorn in his side, el track con el grito más berrinchudo, desesperado y honesto de la historia del rock alternativo: “How can they hear me say those words, and still they don't believe me…”. ¿Cómo pueden oírme decir esas palabras y ni siquiera creerme?

Su portada con una pátina monocromática en color alga sobre un fotograma extraído del filme neo-noir L’insoumis de Alain Cavalier (curiosamente en español se conoció bajo el título de Tengo derecho a matar y la ¿coincidencia? semántica en castellano con el nombre de La reina ha muerto, ya es una advertencia sobre el espíritu fatídico avivado por crímenes imaginarios y pasionales que pululan en el álbum) en la que aparece el galán Alain Delon tumbado a punto de morir bajo la tipografía literaria en rosa, fue mi pase de entrada al arte del cinismo ególatra, melancólicamente testaruda de Morrissey, musicalizado por el virtuosismo autista y callejero de la guitarra de Johhny Marr, el bajo de Andy Rourke y la batería de Mike Joyce.

En tan solo diez canciones que no rebasan los 38 minutos, herencia directa de la fugacidad punk (The queen is dead es probablemente el álbum más punk de los Smiths por su énfasis devastador y personalidad límite, que lleva al extremo los desplantes de sarcasmo, rabia y pesimismo) se concentra el ethos del cuarteto de Manchester: ambiciosa influencia literaria cuyas cínicas referencias apuntan a Oscar Wilde, John Keats y Virginia Woolf, poesía urbana, rockabilly estilizado y pop a secas, provocaciones eróticas afeminadas como armas para renegar de la virilidad impuesta  y muchas sobredosis de coqueteo con la tragedia amorosa y narcisista en este caso equilibrada, pues Marr permitió que Moz acaparara el protagonismo literario.

Aún recuerdo la histeria emocional que me provocaban las tres primeras canciones con las que abre el álbum: primero, el sampler cáustico de coros bélicos de "Take Me Back To Dear Old Blighty", una canción a lo music hall (género británico de ínfulas de espectáculo teatral-musical) que gozó de gran popularidad durante la Primera Guerra Mundial y que da pie a la canción homónima del álbum, una pieza de protesta antimonárquica que hacía ver a los Sex Pistols como aspirantes de la OTI, pues mientras los punketos se burlaban con la misma inocencia de una tira cómica en el periódico dominical, Morrissey parecía masturbase imaginando la decapitación de la reina; luego vendría la jocosa y socarrona "Frankly, Mr Shankly" que supuestamente es un ensayo de mentada de madre a Geoff Travis, fundador de la Rough Trade Records, el sello oficial de los Smiths en Inglaterra pero con quien nunca tuvieron una relación comercialmente sana, para rematar con esa desgarradora balada "I know its over", una evidente carta previa a la fantasía de suicidio por un amor no correspondido, que parecía musicalizada por un Bobby Vinton internado en el manicomio por crisis maniaco-depresivas, y que Moz canta con un sofocado aliento que se resiste a la esperanza. A veces pienso que por culpa de esa pincha rola mi cerebro sufrió una contusión sonora cuyas consecuencias son inconsolables depresiones.

Una especie de cruda emocional, como el despertar tras un suicidio fallido viene con el surco número cuatro, "Never had no one ever" para luego dar paso a un vandálico homenaje a los héroes literarios de Morrisey con "Cemetry Gates", seguido del primer sencillo oficial de The Queen is dead que se transmitió en mayo de 1986, "Bigmouth strikes again".

Y después, el himno bailable del ermitaño acaso involuntario y altanero: "The boy with the thorn in his side", con los falsetes de Moz al final de la melodía como un lamento buscando aprobación y apapacho.

"Vicar in a tutu" es una reflexión irónica sobre el ego desmedido que sirve como último aliento antes de saltar al abismo de una felicidad tan apabullante que solo puede terminar en tragedia .

"There is a light that never goes out" es la mejor rola de los Smiths por siempre. Un canto al amor que de tan real, penetrante y sublime solo puede terminar en una épica tragedia. Sabiendo que todo lo intenso tiene un final, como un muy pocas ocasiones, Morrissey se atreve a dibujar una luz al final del túnel.

El tiempo no ha pasado por The queen is dead, su destreza ha superado la prueba del tiempo a tal grado que es un disco atemporal, como sucede con la naturaleza y fragilidad de las relaciones humanas. La complejidad de su composición musical, tan discreta que pasa por accesible y producido por las mismas entrañas de los Smiths, con la colaboración de Stephen Street como ingeniero de sonido, lo hace uno de los episodios más importantes del rock.

Hasta hace poco pensé que mi padre tenía razón. Y sin intenciones deliberadas, le hice al caso al ex. De pronto ya no escuchaba al binomio Smiths/Morrissey y empecé a creer que el verdadero genio era Marr y su guitarra pues en sus colaboraciones con Matt Jonhnson de The The o Bernard Summer en su faceta de Electronic, había más talento que narcisismo lacrimógeno. 

Pero ahora que llevo un par de semanas atorado en un azote que solo nos pegan a los gays, esos que por alguna razón combinan el melodrama de Marga López con la desolación de Edmund White y con motivo de sus 30 años, le puse play al The Queen is dead. No llegaba al track siete cuando ya me hallaba tumbado en la lona, tal y como sucedió cuando lo escuché por primera vez, a los 17 años.

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