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Domingo , 24.06.2018 / 06:13 Hoy

La sabiduría de Johan Cruyff

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EL ÁNGEL EXTERMINADOR

EL PEZ SOLUBLE

Jordi Soler


Johan Cruyff, ese mítico futbolista que se nos murió en marzo, hablaba un español peculiar que nunca mejoró a pesar de los muchos años que vivió en Barcelona. Será porque en Barcelona se habla catalán, dirán ustedes. Pues no, resulta que con el catalán, a pesar de que en sus últimos años fue entrenador de la selección catalana de futbol, ni siquiera lo intentó.

Cruyff iba por la vida como el astro que era. Un famoso otorrino barcelonés me contó una anécdota que ilustra esa condición de astro a la que acabo de referirme. Cruyff iba periódicamente a revisarse los oídos y mi amigo el otorrino lo diagnosticaba, le extendía una receta y a veces intervenía, con un gracioso aparatito que recuerda la trompa de un oso hormiguero, esos canales auditivos que tantísimas veces recorrió la palabra “goooool” gritada al unísono por todo el graderío del Camp Nou. Cuando mi amigo el otorrino me contaba de las revisiones periódicas de mi ídolo de la infancia, le pregunté si sería posible que, con ese aparatito de trompa de oso hormiguero, rastreara los gritos de “gooool” que debía tener Cruyff perdidos en su laberinto auditivo. El otorrino se me quedó mirando como si estuviera yo loco y después de un silencio, más bien tenso, me siguió contando: “Cuando terminaba la consulta, Cruyff se despedía de mí y salía muy campante del consultorio sin pagar”.

Desde que nos abandonó aquel futbolista excepcional, que además fue un entrenador fuera de serie, he ido formando una modesta antología de esas frases raras, de extraña sintaxis y sin embargo muy sabias y sobre todo insondables, que Cruyff iba soltando en entrevistas, en ruedas de prensa, en tertulias y en saraos futbolísticos.

“En el mundo de los ciegos el tuerto es el rey, pero sigue siendo tuerto”, soltó una vez el astro holandés, y completó ese refrán que, antes de la intervención de Cruyff, nos parecía muy redondo. De pronto decía aparentes obviedades que, bien vistas, no lo eran tanto: “Si no puedes ganar, asegúrate de no perder”, o esta: “Jugar al futbol es muy simple, pero jugar un futbol simple es la cosa más difícil que existe”.

Incluso a quien no le guste el futbol disfrutará de esta perla táctica, perfectamente extrapolable a otros ámbitos de la existencia: “Si el equipo contrario tiene un jugador inteligente que se desmarca muy bien, siempre optamos por la solución más sencilla: que no le marque nadie, no se desmarcará”.

A veces su sabiduría rayaba en la guasonería: “¿Por qué no podríamos ganar a un club más rico? Nunca he visto a un saco de billetes marcar un gol”. Y otras veces rozaba el vacilón: “Los italianos no pueden ganar, pero sí puedes perder frente a ellos”.

Para sus planteamientos técnicos partía de la misma base del deporte: “El mejor despacho es un balón. Solo te sientas y observas, analizas y piensas en nuevas ideas”.

Una vez, en una rueda de prensa, un periodista que le había hecho una pregunta se quejó de la nebulosidad de la respuesta que acababa de darle, a lo que Cruyff muy solemnemente reviró: “Si yo hubiera querido que me entendieras, me hubiera explicado mucho mejor”.

Sobre la aparente pereza de sus delanteros, que en su tiempo encarnaba Romario y hoy, años después pero con el mismo sistema, encarna Messi, declaró: “Mis delanteros solo deben correr 15 metros, a menos que sean estúpidos o estén durmiendo”.

Al referirse a la célebre posesión del balón, que ya desde entonces era uno de los distintivos de su equipo, dijo esta lúcida simpleza: “Si tu tienes el balón, el rival no lo tiene”. Pep Guardiola, el alumno más aventajado de Cruyff, generó un chiste, sobre la posesión de su equipo, que circuló por Barcelona cuando el Barça fue apeado de la Champions League: estás en un bar ligando con una chica, llevas dos horas haciéndole una esforzada conversación y en eso se llega tu primo, se va con ella al baño y ¡zaz!, le hace en un minuto lo que tú no has podido hacerle en dos horas; el resultado de este encuentro es que tú has ganado en posesión pero tu primo ha ganado el partido.

Sobre sus propios errores, Johan Cruyff echó dos declaraciones, una menos modesta que la otra (era un astro y los astros ni tienen por qué ser modestos, ni tampoco tienen que pagarle al otorrino):

“Nunca cometo errores porque me cuesta mucho equivocarme” o:

“Antes de equivocarme yo no cometo ese error”. Y sobre los errores recomendaba a sus futbolistas: “Juega como si nunca pudieses cometer un error, pero no te sorprendas cuando lo hagas”. Antes de llegar al final apuntó esta tercia variopinta de sentencias futbolísticas: “El dinero debe estar en el campo, no en el banco”; “Prefiero ganar 5-4 que 1-0” y “Para marcar debes chutar”.

Una de mis favoritas es esta hipótesis de sabiduría elemental que, como que no quiere la cosa, pone a temblar los cimientos de la religión católica, es: “No soy creyente. En España, todos los jugadores se santiguan antes de salir al campo. Si resultara, siempre sería empate”.

Y sus dos máximas más célebres; una vez, muy emocionado, dijo: “Se me pone la gallina de piel”. Y otra vez, con la intención de relativizar un triunfo, advirtió: “Un palomo no hace verano”.

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