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Viernes , 22.06.2018 / 10:55 Hoy

La marrana negra del marisco chilango

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EL ÁNGEL EXTERMINADOR
Carlos Velázquez

¿Qué comes cuando vas al DF, me preguntó un compa en el norte. Maricos, le respondí. Soltó una carcajada de condescendencia. Otro de los tantos prejuicios que el provinciano mantiene sobre la capital. Pero es un juicio erróneo. El marisco chilaca es chingón.

Como todo fan de la comida también me comporté con recelo la primera ocasión que me dispuse a probar los mariscos en la CdMx. Pero aquí va un dato duro: nunca me he enfermado en el chilango por atracarme de ostiones o camarones. En la playa o en tierra adentro sí. La desconfianza es la primera barrera que tiene que saltar el expedicionario de la tragazón. Una vez traspasado ese umbral el mundo le pertenece a tu estómago.

Los mariscos más que un alimento son una debilidad. En mis visitas al chilango siempre realizo un tour con pocas variaciones. Porque la comida, cuando es buena, jamás aburre. El sexo sí, no importa la calidad del coito, uno siempre tira la toalla. Con la tragadera nunca. Depende de la estancia. Pero si tienes tiempo suficiente tienes que probar todo lo que puedas. Y dedicar un día a explorar lo desconocido.

Una de mis asignaturas favoritas es el marisco de mercado. Los de la calle de Yacatas y los de la colonia Álamos son bastante populares. Pero los de San Pedro de los Pinos despiertan bastante devoción. Mis favoritos son los del mercado de Medellín. En particular los de la Morenita. Donde ostentan la habilidad de venderte la cerveza enfundada en una bolsa de papel. Ahí me he administrado dosis de ostiones en su concha para provocarle una sobredosis a un elefante. La ubicación del lugar es perfecta. Después de comer te puedes cruzar la calle y meterte a la cantina la Villa de Sarria a seguir cheleando. Existen dos reglas de oro para todo el tragón de mariscos: desparasitarte siempre después de comerlos y nunca consumir ostiones si no son frescos. Pero en la ruleta de la comida uno siempre tiene que arriesgar. Y comer ostiones en donde sea es uno de mis deportes extremos favoritos. Pero como dije antes, en el D.F. nunca me intoxicado ni contraído infección alguna.

Existen cuatro lugares en el D.F. que tienen sus fans pero no me cuentan entre sus huestes. El Contramar y La Docena. Considero que los mariscos son un artículo de primera necesidad, no un lujo. Y los precios de estos lugares me parecen exorbitantes. Nunca me tiento el bolsillo a la hora de pagar por comida. He regateado droga, pero alimento jamás. Pero cuando se te cobra de más por lo que se te ofrece tienes que huir. Run like hell. El Pesacadito, siento que el exceso de aceite le roba sabor. El producto de mar en tempura es un asunto delicado. Si te pasas lo arruinas. Y Mi gusto es, un lugar que me cacarearon mucho pero al que le falta sazón. Tiene varias sucursales, como los tres arriba mencionados. Y sépanlo, jamás pero jamás hay que comer mariscos en un negocio de cadena. Por el Fisher’s ni se paren. Los restaurantes de cadena abrevan, todos, de la filosofía de McDonalds, así que no hay que mantenerse alejado de ellos.

Cuando impero de mariscos en la capital mis tres animales de poder son:

1. La Romita. Ubicada en la calle de Coahuila, en la colonia Roma, tiene una clamato con camarones que te saca de cualquier cruda, por intensa que sea. La tostadeada está dura. La tostada de ceviche de sierra es muy sabrosa. Pero lo que no tiene madres son los tacos Ensenada. Una orden de tres, de camarón o de pez, en tortilla o maíz. Acompañados de col y aguacate. Y el complemento perfecto: la salsa. Los mariscos de mercado son lo más cercano a la forma de servirlos en el Pacífico. Soy proclive al marisco fresco. Comerlo crudo. Una de las cosas que más lamento es no haber profundizado en el marisco estilo veracruzano. Que en su mayoría se come caliente. Si alguien por ahí se ofrece a ser mi guía por tierras jarochas, se lo agradecería en el alma. La Romita no es gourmetosa, pero algo de fusión existe en su cocina. Y es un lugar barato. Lo que casa bien con mi filosofía de mantener el marisco al alcance de los mortales.

2. Los mariscos del Metro Sevilla. A sólo unos pasos de la estación, están incrustados en una vecindad. Por fuera uno ni lo sospecha, un local de comida corrida ocupa la fachada. Pero apenas lo traspones subes por una escalera y en la planta alta está el paraíso. Las aguas frescas rifan. Pero cuidado a la hora de ordenar. Las porciones más que generosas son monstruosas. A uno le conviene ir a este lugar, porque además de comer ahí siempre sales con un itacate. A los no iniciados los agarra con los calzones bajados. Un solo taco es suficiente para quedar satisfecho. Uno de mis perversiones más arraigadas es pedirme un taco de camarón y pulpo con queso y una orden chica de ostiones Rockefeller. Con la salsa de los ostiones remojo el taco y me lo chopeo como si fuera una semita. Les juro que pocos placeres se le comparan. Es un sitio diminuto. Una habitación habilitada como comedor donde unas cinco mesas se apretujan. Es sin duda uno de los secretos mejor guardados de la ciudad.

3. El peladito. Mi top. Cuenta con varias sucursales, pero siempre voy a la de Viaducto, en la colonia Del Valle. Tacos estilo Sinaloa y otros platillos. No tiene un menú extenso, pero es bastante ponedor. Lo mejor: el taco grandes ligas (marlín y camarones al ajillo) y el Si quieres no (marlín y camaron con chile poblano). Y los camarones cucaracha. Una copa de camarones para pelar rellena de una salsa negra de poca madre. Pelas los camarones y los remojas en el centro de la copa. La salsa también es un excelente acompañamiento para los tacos. Y para defenderte de la cruda nada como el Curadito. Un pequeño consomé de camarón con pepino. Es todo un viaje para el paladar una visita al Peladito. También venden un pulpo a la brasas bastante decente. Pero el fuerte son los tacos. Y el tratamiento que le administran al marlín. Pocos en DF le sacan tanto provecho.

He consumido mariscos en ciudades alejadas del mar. Donde el camarón y el pescado han sido criados en granjas. Y no ha sido memorable. Me podrán acusar de puritano, pero si no tiene el sabor del mar la experiencia no es la misma. Una de las cosas que más le agradezco al DF es que a pesar de ser le centro todo el pescado y el marisco que he consumido es traído del mar. Con seguridad hay pescado de granja en algún establecimiento, pero todavía no me he topado con alguno. Y es que el pescado de granja me resulta igual que una hamburguesa de soya.

Una cosa innegable, quien afirme que en DF no hay buen marisco no conoce la ciudad.

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