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Domingo , 27.05.2018 / 21:29 Hoy

La invención de lo anticuado

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EN EL TONO DEL TONA
Rafael Tonatiuh


Nada tan peligroso como ser demasiado moderno, corre uno el riesgo de quedarse súbitamente anticuado:
Oscar Wilde

Albert Einstein tuvo una superpuntada al relacionar el tiempo con la relatividad, pues aparentemente todos los terrícolas percibimos el mismo paso de tiempo, pero solo relativamente, pues cada quien percibe la duración de un segundo, una hora, un año, una década, un siglo, de manera personal.

Dentro de ocho días cumpliré 52 años y un día (mi mamá llevará cinco meses de fallecida y no faltará a quien se le ocurra nacer en esa fecha). Lapsos de tiempo que nunca termino de dilucidar si son cortos, largos, medianos o tres cuartos.

Me resulta imposible definir cuando una cosa es novedosa o anticuada porque cuando surge algo nuevo, siempre lo veo como una repetición de algo que ya existía (incluso el internet no me parece más que una mezcla de televisión por cable y teléfono, ¿cuál pinche novedad?).

Me confunde que en las facultades de la universidades, en las bibliografías siempre te pongan autores del siglo XX (e incluso del siglo XIX). Y lo más curioso es que, ya se trate de filosofía, física, psicología, literatura, antropología, etcétera, sí representan lo más avanzado en su área, por eso los incluyen.

Así como los daltónicos no distinguen los colores, yo no distingo lo reciente de lo pasado (y, a veces, el mismo lapso de tiempo que considero corto, en otras ocasiones lo considero largo; por ejemplo, sobre un mismo acontecimiento, digo: “Eso apenas pasó en el 2008”, y otras: “¡No mames, eso fue la otra década!”).

Mucho tiene que ver que mi percepción particular del acontecimiento reciente, que cuando aparece me digo: “¡Que bien! ¡Un acontecimiento reciente!” Y lo conservo como acontecimiento reciente permanente, sin ponerme a pensar que con el tiempo llegan nuevos acontecimientos y que “el acontecimiento reciente” ya ni es “tan reciente”. Lo atesoro en mi memoria como algo que ocurrió apenas, aunque ya pasó; por ejemplo, un primero de enero, en Tlaxcala, durante el recalentado de la cena de Año Nuevo, en la televisión vi escenas del subcomandante Marcos tomando una alcaldía y pensé que no tenía mucho tiempo que ocurrió ese hecho (ya que fue después de Salinas, personaje que para mí representa el crepúsculo de una época anticuada y el inicio de una era de sistemas que se caen), hasta que me di cuenta de que el levantamiento zapatista ocurrió hace 22 años y que realmente ya llovió. En aquel entonces yo tenía treinta años, pero cuando pienso en mí a esa edad no me veo muy diferente de la edad que tengo ahora (ni creo que sea muy distinto para cuando cumpla 64 años).

En 1998 publiqué mi novela El cielo de los gatos en Editorial Moho, y como muchos escritores se quitan la edad, yo de pura mamada me aumenté 24 años, poniendo en la solapa que “tenía 43 años y vivía con mis padres” (ambas cosas falsas). Originalmente la broma consistía en demostrar que la edad no importaba en relación al texto, pero ahora que yo paso del medio siglo, la releo y me doy cuenta de que a los 43 no pude escribir una novela mejor que a los 26.

Me resulta simpático que ahora se hable de millennials, geeks, cazadores de Pokémon Go y demás como grupos que pintan su raya con el pasado, cuando desde mi punto de vista, no hemos salido del Renacimiento, desde finales de 1400, cuando la humanidad abrió los ojos a la realidad a través de la experimentación, el arte y un pensamiento crítico, desbordando una gran creatividad que agarró vuelo en 1700, con la Revolución francesa y sus reformas sociales; en 1800, con la Revolución Industrial y todas sus subsiguientes vanguardias y en 1900 con la Revolución de Emiliano Zapata y su “Nasty Sex”.

Desde la Baja Edad Media hasta el siglo XX las modas sí fueron variadas, horribles, pomposas y pesadas, de peluquines, bigotitos, crinolinas, polainas, capas, bastones y mil madres que se ponía la gente. La imagen del ser humano contemporáneo estándar, en mi opinión, surge en los años cuarenta, cuando los hombres adoptaron el saco y corbata y las mujeres la blusa y la falda para verse cómodos y modernos (conservando todavía un resabio de otros siglos, con el anticuado sombrerito, que ahorita se usa por vintage).

En los cuarenta la moda inició un proceso de minimalización, desarrollando una industria textil masiva a bajo costo, que devino en la moda unisex: pantalones de mezclilla, playeras, zapatos tenis, chamarra y gorrita beisbolera, y que en los sesenta llegó a su culminación con los hippies, secta a la que orgullosamente pertenezco.

Los hippies no somos hipsters, somos buena onda; parecemos pordioseros porque no nos vestimos fashion ni queremos apantallar, pero en general creemos en la palabra de Jesús, cuya venida al mundo sí revolucionó el pensamiento: no importa cómo te veas, sino amar a tu prójimo, perdonar a tu enemigo, pasártela chido y, si se puede, un caballito de tequila. ¡Salud por el amor y paz, pendejos!

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