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Miércoles , 18.07.2018 / 15:33 Hoy

La Cofradía de los Judokas Resentidos

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EN EL TONO DEL TONA
Rafael Tonatiuh


¿Qué gano con tomar? Lo importante no es ganar, sino convivir.
El profesor Sabelotona

Todo mundo se emociona con las Olimpiadas de Río 2016, celebrando las proezas de admirables atletas, disciplinados, sanos, sonrientes, chapeadotes, todo un ejemplo para los niños. Sabemos cuánto esfuerzo les costó llegar hasta allí, pero se han puesto a pensar ¿encima de cuántos infelices tuvieron que pasar para calificar su pase a las Olimpiada Río 2016?

Son muchos, quizá millones, las personas frustradas que se retiraron del deporte después de haber sido derrotados sin piedad por esos malditos ganadores. Muchas lágrimas costaron las victorias de quienes fueron seleccionados para viajar a Río 2016.

Yo también pude haber ido a Brasil, y estaría chupando caipiriñas con las garotas, en vez de estar aquí como un pendejo. Se frustró mi carrera deportiva por culpa de Carlos, el campeón de judo en mi categoría.

No hay nada más detestable que un deportista triunfador. Quien sabe de dónde les llegó ese maldito don para crear tácticas infalibles y ese músculo biónico para obtener medallas, que solo les sirven para engrandecer su agobiante vanidad, pues todas las personas que trabajan con su cuerpo (bailarines, actores, modelos, deportistas), son superficiales y presumidas. Los perdedores los vemos pasar, altivos, seguros, mamones, atravesando el campo de entrenamiento.

Mi mamá me inscribió a clases de judo en 1972, a la edad de ocho años, allá en mi natal Xalapa, Veracruz. Yo tenía problemas de coordinación (no podía caminar y masticar chicle al mismo tiempo) y una vecina le dijo que me inscribiera a judo, pues ese deporte le había funcionado a su hijo (en la actualidad mis problemas de coordinación están peor, y como utilizo un bastón de complicada manipulación, practico las artes marciales involuntarias, madreando a diez güeyes cuando me amarro un zapato).

En nuestra primera clase, mi hermano Toño y su servidor no teníamos uniforme y entrenamos vestidos de civil. Después de practicar llaves y caídas, los jóvenes judokas caminábamos por los prados cercanos al Estadio xalapeño, atrapando luciérnagas.

Un año después vendríamos al Distrito Federal, inscribiéndonos en el Gimnasio de Enrique Yañez Judo Club, en la colonia Narvarte (del afamado luchador, creador de la Cerrajera, cuyos hijos Javier y Alejandro eran los entrenadores), allí obtuve las cintas amarilla y naranja y comencé a ganar mis primeros trofeos en campeonatos de interclubs, delegacionales, nacionales (viajé a La Paz, Baja California) y un Panamericano (entrené en las instalaciones del Centro Deportivo Olímpico Mexicano y gané un tercer lugar).

Entonces ganaba competencias sin saber ni cómo, solo aplicaba tres llaves a lo pendejo y no tenía ninguna estrategia (como todo lo que hago en la vida), pero así “ganaba”, relativamente, pues siempre quedaba en tercer lugar, ya que Carlos siempre ganaba el primero, y Juan el segundo (ambos del equipo de la Unidad Independencia, donde salía puro invencible).

Cuando nos pasábamos de peso, los judokas corríamos por el deportivo, mascábamos chicle y escupíamos la saliva, antes de regresar a la báscula (o nos exponíamos a competir contra verdaderos mastodontes en la siguiente categoría). Una ocasión, mientras escupíamos saliva, conversamos el Sebas (de Unidad Azcapotzalco) y el Peluche (del Club Deportivo Israelita) y planeamos evitar que Carlos se presentara a la competencia (seguramente Juan quedaría en primer lugar, yo en segundo y uno de los otros en tercero. Quien no tuviera medalla recibiría un caluroso aplauso nuestro).

Usualmente, Carlos bebía un té de yerbas en un termo, el chiste era distraerlo y cambiarle el termo por uno con purga, para que se retirara de la gesta y nos diera paso a los perdedores de saborear las mieles de la victoria.

El Sebas fingiría que tosía por un Dorito atorado en la garganta, para que Carlos lo auxiliara con palmadas en la espalda, momento que aprovecharía el Peluche para cambiarle el termo, yo echaría aguas. El Sebas realmente se atoró con un Dorito y Carlos le pegó tan fuerte que se desmayó, el Peluche logró cambiar el termo, pero se equivocó y en vez de purga le dio damiana (que usaba como afrodisiaco para las ocasiones especiales). Carlos, excitado, nos puso una revolquiza a todos.

Lo único bueno es que fracturó a Juan y por una vez en la vida gané segundo lugar, que es lo más que un Godínez del deporte puede aspirar.

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