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Jueves , 21.06.2018 / 00:29 Hoy

La casita de las drogas

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EL PEZ SOLUBLE
Jordi Soler

William Burroughs, en uno de sus famosos ensayos, de esos que escribía y después grababa en un disco con la base que le confeccionaba un DJ, establece su punto de vista sobre las drogas, un tema en el que el escritor era un verdadero experto. Luego de pasarse toda su vida adulta frecuentando drogas duras se pasó, cerca de los ochenta años, a la droga soft, al vodka con Coca-Cola combinado con generosas caladas de mariguana. Aquel famoso ensayo se titulaba Just say no to drug hysteria, un título que jugaba con el eslogan Just say no to drugs, di no a las drogas, y que podría traducirse al español, en un intento por respetar el gracejo, así: Dí no a (la histeria de) las drogas.

Burroughs sostenía, grosso modo, que la prohibición de las drogas, lejos de frenar el consumo, lo estimula y que la mayoría de los conflictos sangrientos que nacen alrededor de las drogas son producto de esa prohibición. La idea de Burroughs está hoy ampliamente difundida pero, en la época en que fue escrita, hace más de dos décadas, era bastante original, y además ofrecía unos datos que siguen siendo relevantes. Decía Burroughs, por ejemplo, que durante el siglo XIX y principios del veinte, los opiáceos, el cannabis y la cocaína se vendían en las farmacias de Estados Unidos y que, a pesar de que esas drogas estaban al alcance de cualquiera, no había gran demanda ni tampoco un gran número de drogadictos. Es decir, que cuando las drogas circulaban de manera legal, no generaban ningún conflicto y su precio era como el de cualquier medicamento que se compraba en las farmacias. También dice Burroughs que el derecho del drogadicto a la heroína estaba consignado, en Inglaterra, en el programa nacional de salud y que, en ese mismo país, en 1957, había 500 adictos y dos policías antinarcóticos para toda el área metropolitana de Londres. El problema comenzó con la prohibición, que dejó en manos de unos cuantos grupos clandestinos la fabricación, la distribución y el precio de las drogas.

El artículo de Burroughs, como digo, no presenta hoy muchas novedades sobre el tema, sin embargo el poder político y económico siguen encallados en el mismo sitio, exactamente en el mismo punto del que partía el escritor para escribir su ensayo. En el tema de la prohibición de las drogas no se ha modificado nada sustancial, al contrario, el conflicto se recrudece todos los días. Pensaba en el artículo de William hace unos días cuando leía la noticia de un edificio que hay en Madrid, y en la mayoría de las comunidades autónomas españolas, que tiene la oscura función de ser el punto en el que recalan todas las drogas decomisadas, sobre todo las del aeropuerto de Barajas, que es, al parecer, la entrada más tumultuosa, por ahí entran, cada día, un volumen importante de sustancias ilegales que luego, si logran sortear a la policía, se distribuyen por toda la península. El punto donde confluyen las drogas decomisadas es un edificio de varios pisos, sin ningún letrero que lo distinga, y sin dirección comprobable pues los ciudadanos, por obvias razones, no saben donde se encuentra. Dentro de ese edificio trabaja una plantilla que clasifica las drogas por su tipo y también por su fecha de caducidad porque, por ejemplo, la marig uana se pone mustia después de un mes y la cocaína y la heroína aguantan mejor el paso del tiempo. Los trabajadores van vestidos con un traje blanco como de astronauta, con guantes, botas y la cabeza cubierta con una suerte de casco al que va enchufada una manguera de, supongo, oxígeno. La idea es que no inhalen el material que ahí se acumula por toneladas, y además tienen prohibido trabajar solos, para que no vaya extraviarse una onza o medio kilo, y tienen que hacerlo obligatoriamente por parejas, para que uno vigile al otro (como si no pudiera robarse en equipo). Los trabajadores no dicen nunca donde trabajan, para evitar que los colegas, o los mafiosos, se aprovechen de su posición y cuando se junta mucho material, en esa desconcertante casita de la droga, se procede a quemarlo como se hace en México, con una gran humareda que pone vivarachos a los pastores y a los campesinos.

Como este edificio, según se reveló hace unos días en la prensa española, hay muchos en diversas regiones del país, en los que trabaja un verdadero ejército de empleados vestidos de astronauta que, supongo, evitarán contarle a sus familias, para ahorrarse líos, los detalles de su trabajo, y también procurarán no decirle nada a los amigos, que podrían pedirles un gramito, una onza o un discreto manojillo. Da vértigo pensar en esos edificios que, además, están permanentemente custodiados por la policía, y ese ejército de astronautas que operan dentro de las casitas de la droga, y desde luego da vértigo pensar en todo el dinero que podría ahorrarse el Estado si legalizara, de una vez por todas, las drogas, aunque éstas, como sugería William Burroughs en aquel artículo, son mejor negocio cuando están prohibidas.

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